Juanjo Sáez: no se lo pierdan, sin más

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Juanjo Sáez: no se lo pierdan, sin más

Juanjo Sáez
Juanjo Sáez (Inma Varandela)
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Sucede que hay muchos Juanjos. En función de cuándo y dónde lo hayas descubierto, será uno que criticaba a Jordi Labanda, el de la ‘Rockdelux’, ese que diseñó ‘flyers’ y carteles en los noventa o el autor de ‘Viviendo del cuento’. Ocurre también que, aunque publica nuevo libro y tiene una serie de televisión, mucha gente no sabe que existe.

Esta semana Juanjo es un artista de Barcelona que sale en Buenafuente. Con dos oros en Cannes por su campaña de publicidad para Nike y un libro, El arte: Conversaciones imaginarias con mi madre, ocupando las listas de los más vendidos, no parece algo excepcional. Pero resulta que sí lo es. Más aún cuando no tienes móvil y dependes del de tu chica. «La cosa se ha ido de madre. Vanessa no para de recibir llamadas. Yo me desbordó fácilmente porque no me va nada el famoseo. Creo en el trabajo casi más que en los propios autores. Y por otro lado no soy nada mitómano. Por eso me cuesta la popularidad, por muy pequeña que sea».

Le propongo fantasear con que esto será un hito en su carrera. Un acontecimiento que marcará un antes y un después. El de una primera etapa underground y otra masiva que está por llegar y de la que renegarán sus primeros seguidores. «¡Ostras! No lo sé. Espero que no. Me sigo sintiendo minoritario, francamente».La modestia regresa al mencionar sus chistes sobre ETA en El Periódico de Cataluña. «Lo hice queriendo, por supuesto. Aunque no digo que no fuera algo inconsciente, por eso de no pensarlo demasiado. De todas formas sólo es una tira. No es un artículo de opinión ni yo soy nadie importante».

Pero la política llegaría más tarde. Durante años Sáez se concentró por encima de todo en no dejar moderno con cabeza, retratando a esa generación obsesionada con ser cool que florece en los festivales de música. Lo muy muy, lo más más y lo tope de lo tope, que dirían La Polla Records. Eso le valió cierta notoriedad en una escena que le daba grima pero de la que formaba parte. «Todo el mundo me lo dice y será por algo. Pero la visión que tengo no es así del todo. Me considero un mirón y nunca perteneciente a un grupo. Y eso también me ha ocasionado cierto rechazo, por ejemplo, en el mundo del cómic. No me tienen muy en cuenta. O eso creo».

Hubo un tiempo en que se esforzaba por no ser enrollado. El mundo al revés. «El borreguismo irrita y acabas haciendo justo lo contrario. Pero ahora paso». ¿Quién alimenta esos supuestos ídolos con profesiones molonas mal remuneradas? ¿Quién se ha inventado la etiqueta de agitador cultural? «Pues no lo sé. Esa realidad existe y los medios se hacen eco, pero tampoco sé si tienen un interés. Hay un excesivo culto al triunfo. El éxito se relaciona con ciertas actividades y algunos aprovechan para explotar a la gente». Un postureo que ya es agua pasada. «Apenas salgo. Tampoco ha sido nunca mi fuerte».

De su trazo salen historietas que son compendios de vivencias. «Todas veraces, dentro de que son recuerdos narrados de forma lineal. Utilizo esos recursos, no para recrearme en el hecho, sino como escenarios o situaciones que me sirven. En todo proceso narrativo hay mucha ficción». En su último ejercicio autorreferencial para Reservoir Books Mondadori, Yo, otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez, afirma que cuando nos hacemos adultos debemos rectificar. «Creí una temporada que lo bueno para mí era vivir en un pueblo, y ahora ya no. También me había planteado soltarme todo lo posible y hace unos días he cambiado de opinión. Todo va en función del miedo».

A vueltas consigo mismo

Preocupación por la visión que los demás tienen de él y su obra. «Le doy muchas vueltas. Supongo que demasiadas. Por otra parte, mi trabajo se nutre de eso». Últimamente se enfrenta a un superyó que le vapulea. «Ambos hablan desde la sinceridad. El lector se da cuenta de que siempre soy yo el que habla y comparte mis contradicciones». De ahí, quizá, que Juanjo Sáez tenga tanta preocupación por reinventarse. Al menos en contenidos. «No me planteo pasarme a un estilo totalmente diferente. Prefiero la evolución para profundizar en las cosas. Hay que cambiar al ritmo de la vida. Nunca de una forma brusca. Si es así me parece falso».

Su reconocimiento le ha introducido ocasionalmente en el tinglado del arte y las galerías. «He hecho alguna exposición por insistencia. No creo en eso, pero son cosas que hay que hacer cuando hay interés. De todas formas mi trabajo está hecho para ser reproducido y no como obra original». Ante las concesiones que exige el depender de tu vocación para llegar a fin de mes, se muestra rotundo. «Lo prefiero antes que trabajar y nunca es tan malo si es creativo». Sus amigos y su pareja integran el estudio de diseño Familiares de Juanjo Sáez. «De momento no da problemas. Para mí es mucho mejor así».

Una de las técnicas que mejor maneja este antiguo estudiante de la Massana es la identificación. Refleja tu rostro en la incapacidad de manejar taladros o barbacoas. En el placer de quedarte en la cama enfermo cuando eres niño. Su disección de los machos ejecutivos del puente aéreo, esos hombres de traje que mi hermana llamaba de pequeña «señores iguales», es para mear y cerrar el grifo. «No me dan lástima. Algunos me dan rabia y de otros simplemente paso. A los más cercanos intento comprenderlos y darles temas de conversación». Viajeros de un trayecto, el de Barcelona-Madrid, que cada vez recorre con más frecuencia.

«Madrid me encanta. De hecho he pensado en irme a vivir allí. Me tira para atrás el clima y el ritmo, pero cuando voy en primavera lo paso muy bien». Con su ciudad tiene una relación de amor-odio. «Es el centro de nuestro mundo. Es raro visto desde fuera, pero ésa es nuestra realidad. Somos muy ombliguistas. Para nosotros Barcelona es muy importante y que te vaya bien en ella también, aunque a veces no te conozca nadie fuera de Cataluña». Se escapa a la playa siempre que puede. «Si es por Andalucía, mejor. En breve me voy a Vietnam a preparar un libro que me ha encargado la Embajada española en Hanói. Una cosa muy rara, la verdad».

Se le pasa el arroz

Su físico es engañoso, como afectado por el síndrome de Jorge Sanz. Nunca dirías que, al igual que a los piterpanes de su serie de televisión Arròs Covat, ya le queda poco para agotar la treintena. «Es una forma de hacer parodia y buscar la empatía. Ahí explico lo difícil que es hacerse mayor en esta nueva sociedad, donde tú decides más o menos qué hacer con tu vida y te puedes equivocar más. Antes estaba el caminito hecho y eras feliz en función de tu aguante, adaptación o resignación». Todo en un medio nuevo, el de la animación, del que ha terminado harto, pero en el que no descarta reincidir.

Habla con la misma franqueza que leemos en sus trabajos. Esa que le ha ido expulsando de casi todas las cabeceras por las que ha pasado. «La productora introdujo personajes que no van conmigo, finales en función de la audiencia y gags que yo nunca hubiera escrito. Pero me tengo que callar, porque todo eso funciona». Sus aportaciones también. La ausencia de ojos y bocas es un hallazgo; y el personaje DJ de Mierda, un esperpento tronchante. «Son bromas privadas entre amigos. A Marc [Piñol] lo adoro». Los episodios de TV3, que arrasaron en Youtube y llevan sintonía de Manos de Topo, negocian su emisión en una tele nacional y verán la luz en forma de viñetas (Arroz pasado).

Por si fuera poco, es un experto en guitarristas jevis. Y colaborador del grupo Los Carradine. La música ha rondado siempre su lápiz, y en la página Hit Emocional (que publica cada mes en la revista musical Rockdelux) desnuda una canción que le toca la fibra. «La letra y la música pueden ser como el texto y el dibujo». La última: Zebra, de Beach House, unos de sus favoritos junto a Animal Collective. «Es un camino nuevo por explorar» que recopilará en otro volumen de su Colección basura («la mayoría de material de prensa termina en la basura»).

Las 48 páginas de Principios básicos de astronomía confirman su prolífica relación con Los Planetas. Le provoco. «No me parecen nada memos. Todo lo contrario. Lo que pasa es que tienen actitud rockera y muchas veces se rebelan contra las cosas».

No reniega de su pésimo historial académico, es partidario de intentarlo «aunque creas que no estás a la altura» y no cabe duda de que su olfato no le falla. La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, es su último libro de cabecera, y Maus, de Art Spiegelman, su referente en la novela gráfica. Considera a Chris Ware «el artista más interesante en activo con mucha diferencia» y Save our souls, de Felipe Almendros, lo más sorprendente que ha leído en mucho tiempo. «Es una reinvención del lenguaje que no me esperaba. Naíf pero madura al mismo tiempo y con una capacidad narrativa muy original».

Alguien debería crear de una vez por todas en Facebook un club de fans de las cintas de promo que envuelven los libros de Juanjo Sáez. Recuerdo aquella que decía: «No sabe escribir. No sabe dibujar. No se lo pierdan». Sin más.

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