Escritoras en el país de las maravillas

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Escritoras en el país de las maravillas

Aloma Rodríguez
Aloma Rodríguez (Rebeca Saray)
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Los tiempos cambian, la literatura también: las mujeres abandonan el centro de la página y dejan de protagonizar la acción, o continúan haciéndolo, para ahora escribir y desarrollar sus propias historias. ¿Princesas de cuento, antes? ¿Cuentos de príncipes, ahora? Te presentamos a cuatro autoras con libros recientes que cuentan, también, y mucho.

Érase una vez. Completarán: una princesa. Reina, bruja, hada. Perrault, Andersen, los Grimm: cuentos. Y enlazarán con la dama del perrito, con Emma Zunz, e identificarán a Chéjov o Borges, y cerrarán el círculo: mujeres contadas por hombres. Pero érase una vez, pese a todo, la mesa de novedades de una librería. Allí encontrarán títulos firmados por Nuria Labari o Elvira Navarro. O por Pepa Merlo, María Zaragoza, Cristina Gálvez, Eider Rodríguez... Todas con un rasgo común: sí, son mujeres. Y, más allá, otro nexo de género: escriben cuentos.

Si las disciplinas literarias aceptan hermanas pobres, ahí el cuento: ninguneado por sellos todopoderosos, críticos de renombre y lectores de sofá. Sin embargo, la crisis no afecta a la casa del cuento, reformada a todo lujo: debutantes con querencias breves, editoriales kamikazes (Cuadernos del Vigía, Menoscuarto, Salto de Página, Traspiés o Tropo), y antologías, y blogs de referencia. Un auge que coincide con otra revolución interior: cada vez más cuentos, cada vez más cuentistas, en femenino y por derecho. Con autoras coetáneas en algún caso, pero con bibliografía más antigua y extensa —Cristina Cerrada, Esther García Llovet, Cristina Grande o Care Santos—, hoy se asoman narradoras que debutan —o se asientan— en el cuento.

En la enumeración editorial faltaba Páginas de Espuma. A Juan Casamayor, su director, debemos parte de este renacimiento: su catálogo incluye a Pilar Adón, Patricia Esteban Erlés e Irene Jiménez. De nuestro recuento, Casamayor —que se declara «enemigo de todas las listas, incluso a principios de año»— ratifica el largo recorrido de Grande o Santos, y añade a Berta Marsé. Inventemos un eslogan: mujeres cuentistas, ¿casualidad o causalidad? «No creo que se trate de azar o impulso promocional de varias editoriales. El género vive, desde finales de los noventa, un crecimiento sostenido en distintos frentes, a partir de un momento creativo magnífico en el que tienen mucho que ver las escritoras actuales».

Tiempos magníficos

En estas circunstancias se estrena en el relato Aloma Rodríguez, cuyo Jóvenes y guapos ve la luz en estos días. ¿Por qué cuentos? «No los había escrito hasta este libro... Intento escribir cuentos porque es un género que me gusta como lectora. Permite —y exige— elementos, estructuras muy distintas a las de la novela. Es siempre tan importante lo que no se ve como lo que se ve, y equilibrar esa balanza es muy difícil y a la vez apasionante».

Amor al arte breve: escribir cuentos porque se leen cuentos. Mercedes Cebrián comparte su opinión: «Soy mejor lectora de cuentos que de novela. Obviamente, las preferencias al leer influyen después al escribir». Por su parte, Silvia Nanclares apela a la capacidad nuclear: escribe cuentos «por necesidad de síntesis. Me van los fogonazos y las estructuras esqueléticas. Disfruto con la parquedad». Magnífica época para el cuento, sí, pero justo esa misma época se convierte en distinta, y Gema Fernández Esteban define el cuento como «un formato muy contemporáneo. No hay tiempo para todo: la brevedad te obliga a destilar, a ser muy eficaz. Y, además, ¿quién no tiene un rato parar leer un cuento?».

Otro signo de los tiempos: los talleres literarios. Fernández Esteban, ex alumna de uno, cree que «el escritor nace», y los define como «la versión actual de las tertulias de los cafés». Ha debutado con Despeinadas, que «no es una condición necesariamente de mujeres». No cree en la literatura femenina, «a la hora de escribir te define lo que eres. Te define ser mujer, pero tanto como ser madrileña o haber nacido en el último franquismo». Rodríguez coincide: «No depende del sexo del autor. Ser mujer te marca, igual que disfrutar con unas películas o unos grupos de música. Escribir es un acto de libertad y sinceridad, individual».

Cebrián opta por una segunda vía, pues «más que la existencia de una literatura femenina, me es más fácil detectar rasgos de cierta masculina: hombres que viven de noche, trapicheos y tráfico de drogas por medio, canallas y crápulas de extrema frialdad que al conocer a una bella mulata pierden la cabeza por ella y descubren su lado sensible...».

Y Silvia Nanclares se desmarca: «Se nos entrena para mantener el caldo del cariño mundial. Para las mujeres, el afecto y hablar sobre él es nuestra lengua madre; no es casual que sepamos cifrarlo mejor. Y sí reconozco coincidencias: autoficción, personajes definidos por sus relaciones, rastros habituales de lo sensitivo. Y mala hostia: es lo que hace falta».

Tiempos híbridos

Los escritores con obra inédita debieran estudiar el caso de Nanclares y El sur: instrucciones de uso; ópera prima, respaldada por un sello sin distribuidora, ha logrado gustar y —lo más complicado— vender. «Lo nuestro ha sido muy low profile, tentando a la precariedad y a la deriva. Prefiero empezar así: distribución vía Internet, perfil del libro en Facebook, blog, autodistribución... Creo en la Red como en el pan nuestro de cada día, y en las editoriales recoletas como único futuro». Internet y los sellos indies no resultan ajenos a Aloma, cuya novela París Tres (en la admirable Xordica) nació de su blog como Erasmus. «La realidad es lo que pasa y la ficción empieza cuando intentas contarla: le das forma, te detienes en algunos aspectos, exageras cosas. Siempre he tenido cierta tendencia al bovarysmo y al quijotismo».

Ingredientes: vida, literatura, más

A estos cuentos de unas y de otras los precedieron novelas, poemarios, incursiones en la literatura infantil: eclecticismo, ¿hibridez? En este aspecto incide Ana S. Pareja, editora de Alpha Decay, que aporta antologías y una colección de relatos exentos, Alpha Mini. «No pienso todavía en una nueva generación claramente marcada de cuentistas españolas. Cuando nombras a estas escritoras, pienso más en narradoras magníficas que en cuentistas avant la lettre». Para abril prepara a Llucia Ramis —reciente ganadora del Josep Pla de prosa en catalán— con Hombres supuestamente divertidos con los que nunca me volveré a acostar, y en Alpha Mini apareció en septiembre Cul-de-sac, en el que Mercedes Cebrián coquetea con el ensayo.

Cebrián ya nos zarandeó con El malestar al alcance de todos, sutil y mordaz, y entre él y Cul-de-sac median un poemario, un libro de falsos viajes y otro de estampas observadoras. «En España, a cierto sector de la crítica y de los lectores les cuesta menos aceptar temáticas con referencias a asuntos muy técnicos y sofisticados que la presencia de dos géneros en una misma obra. Sí que abogo por lo híbrido». Nanclares, dramaturga a tiempo parcial, apoya la moción: la literatura del XXI«será híbrida o no será. El teatro es un medio sin límites de lenguaje, pero donde toda palabra que suene a falsa hace perder la atención del espectador. Te curte en no abusar de la disponibilidad de la gente».

Tiempos pasados

Entre sus influencias, muchos hombres, alguna mujer (A. M. Homes, Lorrie Moore, Dorothy Parker, Amy Hempel, Grace Paley, Natalia Ginzburg), música, cómic y cine, poca literatura de aquí. «En España —interviene Fernández Esteban— nos estamos poniendo al día». ¿Y qué hay de las cuentistas españolas? Empezando porque «desconocemos la propia tradición del cuento español», Juan Casamayor alude a «razones sociales y culturales» para que no nos suenen nombres «de contrastada calidad» como el de «Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos, Carmen Blanco, Blanca de los Ríos o Caterina Albert».

En alguna ocasión, el plural se desliza en sus declaraciones: ¿generación sí, generación no? Más nombres: Txani Rodríguez, Cristina García Morales, Lara Moreno, Marina Sanmartín, Eva Puyó, Silvia Sánchez Rog. Retomando, repitiendo: ¿casualidad, causalidad? «Habría que indagar —considera Cebrián— si ya estaban ahí, pero no recibían atención mediática suficiente, o si han brotado de la nada». Para Rodríguez, una casualidad «que en Occidente es posible, pero impensable en países donde la mujer se ve privada de derechos y libertades fundamentales». «No tengo ni idea», remata Nanclares. Sólo sabe que al leer a sus compañeras «me dan ganas de sentarme a escribir. Buena literatura breve: ése sí que es un buen género».


GEMA FERNÁNDEZ ESTEBAN
(Madrid, 1968). No encajar, ya sea en el zapato o en la vida que esperan —o que otros esperan para ellos—, se alza como problemática de sus relatos. Las soluciones las ofrece en Despeinadas (Gens, 2009), a base de metáforas brillantes, como los tacones perdidos en las fiestas.

MERCEDES CEBRIÁN (Madrid, 1971). Nos zampamos sus relatos igual que manzanas envenenadas: El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004) y Cul-de-sac (Alpha Decay, 2009) saben fresquísimos, calman nuestras ganas de imágenes, y luego no nos abandona su visión irónica de nuestro hoy, cual runrún.

ALOMA RODRÍGUEZ (Zaragoza, 1983). Sus personajes obedecen al título del libro: Jóvenes y guapos (Xordica, 2010). Uno de ellos concluye que aspiran a ser felices, y una reunión de amigos o un viaje o el beso del príncipe mismísimo les rompe el sueño. Que despertar les venga mal o bien es otro asunto...

SILVIA NANCLARES (Madrid, 1975). Un mix entre Adelaida García Morales y Georges Perec es posible. Lo demuestra El Sur: instrucciones de uso (Ecobuk, 2009), y sus once historias de andar por casa y por la calle, de cesta de la compra y paseos en bici, en las que un hecho inesperado quiebra la rutina.

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