Érase una vez... colorín, colorado

  • Son breves como un titular e intensos como una buena cópula.
  • Los microrrelatos, cultivados desde Borges hasta hoy, siguen sin gozar de la buena prensa que merecen.

"No he sido breve porque no tuve tiempo". En las aparentemente paradójicas palabras de Heine reside una de las más importantes llaves que abren la puerta al entendimiento que el microrrelato precisa. Es su concisión, elipsis, brevedad, sugerencia y misterio, su fundamento y también lo que lo desmarca de novela, cuento, ensayo y poema. Una brevedad repleta de contenido.

Desde Borges hasta hoy son muchos y suficientes los autores y los textos que dan fe de la existencia de un género que lleva ya casi más denominaciones que años: desde minificción hasta relatos hiperbreves pasando por microrrelato, acuñado en 1977 por el escritor J. Emilio Pacheco.

Sonrisa sin gato

Fue Anderson Imbert quien usó la expresión "sonrisa sin gato" para referirse a estas narraciones tan breves como intensas. Casi podríamos decir que ésa es su fórmula: brevedad inversamente proporcional a su intensidad y dificultad.

La fórmula: brevedad inversamente proporcional a su intensidad y dificultad

Minicuento, minificción, microcuento, cuento mínimo, en miniatura o brevísimo, relato microscópico, hiperbreve o mínimo, narración ultracorta, o incluso, así los llamaron Raymond Queneau y Alejandra Pizarnik: descuentos o textículos...

Ya lo avisábamos: son muchas las maneras, y de lo poético e ingenioso de casi todas se desprenden los rasgos fundamentales del género. En palabras de Fernando Valls (Soplando vidrio, Páginas de Espuma), "éste podría ser el género de los mil nombres".

Sea breve, por favor

¿Es menos poema el de ocho versos que el de trescientos? Pues ése parece ser uno de los argumentos favoritos de algunos de los que arremeten contra el microrrelato: su brevedad lo hace inaceptable, incluso inane.

Sus críticos señalan que su brevedad los hace inaceptables

Son algunos de estos críticos los mismos que se quejan de la pobreza literaria en la que, según ellos, andamos envueltos. ¿Cómo podríamos crecer si rechazamos y negamos lo que existe? ¿Es por su extensión indigno de ser literario? Para que luego nos vengan con aquello de que "el tamaño no importa".

En cuanto a la extensión del buen microrrelato resulta imposible precisar, por lo expuesto antes, la exacta medida. No sería justo. Ha de ser breve, extremadamente breve, todo lo breve que se pueda. Fernando Valls aboga porque quepa en una sola página "para que el lector pueda abarcarlo de un vistazo", pero esto no significa ni pretende ser dogma.

No tan joven

Aunque para muchos suene a recién nacido, éste es un género que cuenta con una tradición. Durante el paso del XIX al XX comenzaron en España a escribirse este tipo de textos breves. No sabían quienes los cultivaban que estaban fraguando un nuevo género. Ramón Gómez de la Serna los bautizó "caprichos y disparates".

Sólo a partir de los años setenta del siglo pasado se le permite al microrrelato conformar obra

Estos primeros textos tuvieron su espacio en periódicos y revistas, y, aunque tímidamente, también en algún libro, si bien en convivencia con relatos. Sólo a partir de los setenta del siglo pasado se le permite al microrrelato conformar obra.

Sólo para listos

Igual que la poesía sólo puede ser apreciada y disfrutada por una minoría, este género no pretende ser ni de masas ni best seller. Son sus autores conscientes de que los suyos han de ser lectores exigentes, inteligentes, amantes del símbolo y la interpretación, y activos.

Porque el microrrelato no puede leerse como páginas de una novela. Se requiere una actitud diferente, una disposición a la participación. El escritor no nos da siquiera la mitad de la historia, nos da una parte, un apunte, una mirada, la sonrisa del gato pero sin el gato. El resto es ya cosa del que lee. Es éste también su encanto. Si alguien cree que puede despachar un buen libro de microrrelatos como una novela quedará decepcionado. No leeríamos jamás un poemario de tal modo.

"Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta que, en el fondo, es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea: pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él" (Monterroso).

Sé que, a la luz del no siempre mejor empleo del género, muchos pensarán que no es precisamente un género para inteligentes. Pero si no juzgamos la novela mala como género porque haya unas cuantas (a veces demasiadas) que no den la talla, ¿por qué así se sigue juzgando al microrrelato?


Los más 'micro'

  • "Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". (Le regret d'Heraclite, Borges).
  • "Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son". (Amor 77, Cortázar).
  • "Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar". (Sin título, César Vallejo).
  • "En la oscuridad, un montón de ropa sobre una silla puede parecer, por ejemplo, un pequeño dinosaurio en celo. Imagínese, entonces, por deducción y analogía, lo que puede parecer en la oscuridad el pequeño dinosaurio en celo que duerme en mi habitación". (Imagínese, Ana María Shua).


Imprescindibles del género

Borges, Kafka, Beckett y Juan Ramón Jiménez son algunos de los grandes que cultivaron el microrrelato, aunque entonces recibieran otros nombres, como poemas en prosa, historias, viñetas o fábulas. Cortázar, Gómez de la Serna, Lorca, Max Aub y Ayala tampoco se resistieron al género. Si buscamos en nuestro presente, varios son los autores imprescindibles: José María Merino, Fernando Iwasaki, Ana María Shua, Luis Mateo Díez, Julia Otxoa, Pedro Ugarte y Rafael Pérez Estrada.

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