Italo Calvino: fábulas minuciosas para un mundo impreciso

Italo Calvino
El escritor italiano Italo Calvino, 1923-1985. (ARCHIVO)
  • El autor de ‘Las ciudades invisibles’ cumpliría en octubre 85 años.
  • Su obra se caracteriza por el uso brillante de las metáforas, la experimentación formal y la exploración de la superficie de la realidad.
  • La Feria del Libro de Guadalajara (en México) le rendirá homenaje.

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Si a algún lector le resulta original esta forma de iniciar un artículo sobre este escritor italiano nacido en Cuba que, de seguir vivo, este 2008 cumpliría 85 años, es que aún no ha leído Si una noche de invierno un viajero. Quien por su parte haya advertido el plagio, que perdone a su autor: él sólo quiso ser una mano, "una mano trunca que empuña y que escribe".

Geométrica y vaporosa, Si una noche de invierno un viajero fue la penúltima novela de Calvino. "Una novela sobre el placer de leer novelas", precisó su autor; el equivalente "del mundo no escrito traducido a escritura". Poco le quedaba por decir después de ella (la minuciosa Palomar es el paseo de un observador que contempla con neutro desasosiego la inasible superficie del mundo). No así, en cambio, a los exegetas de su obra que, como carroñeros bibliófilos, se ensañaron sobre el autor (léase: el Autor) aplicándole una dosis casi letal de estructuralismo y semiología.

Fantasía y mermelada

Calvino, esa rara y feliz mezcla de fabulador y teórico de la literatura, de científico y tahúr, parecía condenado para siempre jamás a ser un escritor acribillado a notas a pie de página redactadas en oscuros seminarios. Y todo por una narración -o una serie interrumpida de narraciones- en las que certificó que “en el orden perfecto del Universo se había abierto una brecha, un desgarrón irreparable". El desgarrón bien podría ser la muerte de la novela; lo irreparable: la credulidad.

La continua reedición de sus libros demuestra que no ha sido así. Sus novelas y relatos son apreciados porque satisfacen al crítico, deseoso de experimentación y rigor formal, y al lector intrépido, atraído por la ternura, el humor y la ironía. Para Calvino, fábula y concepto eran dos ingredientes inseparables: “La fantasía es como la mermelada: hay que untarla en una sólida rebanada de pan”. Este fue su leitmotiv, y como su barón rampante, lo mantuvo hasta el final.

“Ardilla fabuladora”

La fantasía en Calvino se puede rastrear desde su juventud. Antes de ser el “implacable editor de Einaudi”, de renegar del comunismo (tras la invasión de Hungría por la URSS en 1956), antes de París, el OuLiPo y Barthes, cuando era sólo un estudiante de filosofía rebotado (había empezado agrónomos, la profesión del padre), Cesare Pavese le bautizó ya como la "ardilla fabuladora". No se equivocó el poeta, como tampoco Pasolini cuando le dedicó estos versos: “Su espléndido amor por el mundo / fermentado y enrevesado de la fábula”.

Pavese, además, fue el mentor literario de Calvino en Turín, ciudad donde ambos profundizaron la amistad sobre las tibias ascuas del compromiso partisano. Él fue quien percibió que El sendero de los nidos de araña, la primera novela de aquel joven de inteligencia provocadora y afilado sentido del humor, escondía debajo de su caparazón inconfundiblemente neorealista (faltaría más para la época, finales de la década de los cuarenta), el poder de la metáfora primordial y artesana.

Tras el suicidio de Pavese, a quien consideraba su “lector ideal”, Calvino fue dilatando, hasta abandonarlo definitivamente, su proyecto de una gran novela social. Este aparente distanciamiento de la realidad defraudó a sus antiguos compañeros de viaje del PCI, que no tardaron mucho en acusarle de falta de compromiso. Él indirectamente les respondía con sus cuentos, que los anquilosados, los alejados del mundo eran ellos.

Los orígenes, los lectores

El afán de describir la superficie de las cosas a través de lo mínimo, de definir sus contornos precisos y densos, es la raíz de su obra. Lo que en Nuestros antepasados es una radiografía amablemente certera del hombre contemporáneo (escindido, inseguro de su existencia y consciente de su trágica diferencia) y en Los amores difíciles es la captura del formol imposible de las sensaciones, en Las cosmicómicas es una parodia del origen de la vida, sutil y caleidoscópica.

Según se acercaba a la muerte, la obsesión de Calvino por alcanzar el sentido último que las palabras no tocan se fundió con otro anhelo, que sólo resulta estéril si no es él quien lo enuncia: el lector. El omnipotente y voraz de carne y hueso, capaz de adentrarse en la senda consciente de sus lecturas y arrinconar a esa presencia fantasmal y anónima que es el autor.

Calvino, consciente de la paradoja de que la propia lucidez te oscurece, y de que los otros sólo te reconocen en tu misma bruma, vivió sus últimos años vuelto sobre sí mismo, “solitario que no huía de la gente”, teorizando sobre la imposibilidad de la escritura, los retos del nuevo milenio y homenajeando amorosamente a sus lectores. Los lectores, sus vampiros.

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