No obstante, el parque temático de marras ha tenido también sus problemas, porque tras un comienzo agradable, su carácter de ratonera afloró sin querer provocando las temidas aglomeraciones para todo que soportaron miles de asistentes ávidos de jaleo. Eso sí, el tiempo pasa mejor luciendo una sonrisa colgate o con preservativos gratis en la mochila. Fácil fue pasarse hasta una hora el viernes esperando a una triste cerveza o intentando coger con desesperación un autobús. Lo de hacer el guiri es todo un deporte.Gran parte de la culpa la tuvo Amy Winehouse, el bicho raro del soul. Con los ojos muy abiertos y un escote peleón entonó –y no lo hizo nada mal- esas canciones que le han elevado a la categoría de reina. Parecía una marioneta teledirigida a la que sus atléticos bailarines –vaya papelón- cubrían con bailes y florituras. Ella se limitó a existir durante una hora escasa, pero mereció la pena disfrutar de sus tímidos murmullos regados con vino, marca de la casa. Ni caso al respetable, al que probablemente ni distinguía.
"¿Por qué grita?", la pregunta del millón
Antes, Orishas y Delinqüentes se llevaron lo suyo con el potente sol de la tarde. Y Stereophonics también, si es que alguien llegó a verlos. Después, el gran Jamiroquai materializó sus tradicionales brincos ante una ristra de fans entregados. "Está mayor", decía uno de ellos tras la actuación. El sonido, impecable. Pero fue Shakira a golpe de cadera quien ganó la partida al cartel. Jugaba con ventaja, porque todo el mundo se sabía sus letras, y algunos sorprendentemente hasta la extenuación. Así es la vida.
El sábado hubo record de asistencia. Medido y calculado a base de mezclar churras con merinas. Aprendida la lección, nadie quiso perderse a los madrugadores Suzanne Vega –deliciosa- y Zucchero –arrebatador-. Hasta los VIPS bajaron a la tierra para marcarse un Luka o una Senza una donna –“¿De verdad esta canción es suya?”, inquiría una incauta con sombrero vaquero rosa-. Mientras, los Flamenco All Stars sabían a poco, sobre todo Pintingo. A Rosario mejor no prestarle atención, aunque lo peor estaba por llegar.Los hermanos Muñoz de Estopa salvaron un espectáculo dedicado a su gente, que les sigue a donde quiera que vayan. Su franqueza siempre convence, a pesar de que quizá no sean plato de gusto para todos. Mucho mejor que el pretencioso de Alejandro Sanz, cuyos alaridos inconmensurables consiguieron despertar un dolor de cabeza a más de uno. Dio un concierto francamente prescindible quisiendo ser otra persona, puede que algún ídolo de allende los mares. “¿Por qué grita?”, la pregunta del millón de dólares.
Apoteósicos, fantásticos, irrepetibles
Pero llegó The Police y arrasó con una actuación memorable de esas que hay que ver en primera fila. "Soy Sting", dijo Gordon Sumner con ingenuidad, y regaló, para empezar, un Message in a bottle. Le siguieron todos los clásicos, incluida una Roxanne de seis minutos. La espinita clavada de muchos, que aún no habían disfrutado de su vuelta, desapareció –"Bravísimo", gritaba una señora. Los que repetían, quedaron encantados. Los que lo vieron por la tele, se arrepintieron. Apoteósicos, fantásticos, irrepetibles.
La resaca no impidió el domingo terminar la fiesta en condiciones. De nuevo con grandes expectativas. De aperitivo, Jet Lag y Buika, que gustaron. De entrante, Café Tacuba, diversión. El solomillo fue para un inaudito Bob Dylan. Se dejó ver, hizo bises y ¡sonrió varias veces! Entró tanto en el juego que se fumó su tiempo y parte del de los chicos de Franz Ferdinand. Tocó hora y tres cuartos de puro rock and roll y blues de la calle con la tranquilidad de un maestro. Hasta los agnósticos se convirtieron.Los escoceses estuvieron a la altura ante un foro preparado para los fuegos artificiales, que llegaron algo tarde de la mano de Lenny Kravitz, divino –y divo- de la muerte. Casi sin despeinarse se metió en el bolsillo a la audiencia, tocando la guitarra y dándose un chapuzón popular. El holandés Tiësto echó el cierre en el mismo escenario. Suponemos que la organización sabía lo que hacía. Hoy, la vida sigue igual, con una camiseta más y unos euros menos. Quedamos todos emplazados para la próxima gran locura melómana, sobre todo los que nos quedamos sin el viaje de la tirolina.


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