Con el medio ambiente como objeto filantrópico, el parque temático no deja sin opción al visitante. Uno puede salir de allí maquillado, casado, comido, con la boda enjuagada, cenado, habiendo montado en una noria, en una tirolina, habiendo cantado una canción, escuchado al dj de turno, disfrutado de una velada chill out, etc. O con el bolsillo repleto de merchandising para todos los gustos mientras levita entre fuentes de colores y se tira despreocupado en un césped artificial, tras seguir el camino de baldosas amarillas.Rock in Rio es un lugar abierto y democrático al que, de momento, se han acercado familias enteras con niños de todas las edades, algo inusual en una cita de este tipo. Los artistas son la excusa del tinglado, aunque hay reconocer que la organización se lo ha montado bastante bien, consiguiendo componer uno de los carteles más completos –a nivel general- pocas veces vistos. Sólo ha cerrado la fase 1 y el éxito ha sido relativo, aunque este ensayo general ha sido un buen comienzo de cara al gran estreno.
No hay queja del transporte público para llegar al lugar, y sí alguna sobre la producción ejecutiva, aunque en voz baja. Precios medios y espacio donde sentarse a descansar sin nadar en basura son también puntos a favor del certamen, con más voluntarios que la ONU -¿qué hacen exactamente?-. Los coches eléctricos para moverse de un lado a otro triunfan a medias, y la zona VIP no lo ha sido tanto por masificada. Ah, y nada de alcohol fuerte, debe usted ir bebido de casa. El efecto rebote, todos a por la única cerveza existente.
Buen sonido, buena sensación
El viernes, la mitad del respetable estaba invitada por algún sponsor. Era la premiere y nadie debía perdérsela. Triunfó Loquillo, con el peine en la mano y poniendo posturitas a plena luz del día. La pública retransmite los conciertos, y cuando la cámara oficial enfocaba, la bulla crecía. Coincidió con Alanis Morissette, así que muchos tuvieron que elegir a cara o cruz. El surfero Jack Johnson puso la nota de serena calidad y el público se lo agradecía bailando sonriente entre corrillos de gente. Paz y amor.
Después, Manolo García, a su aire. Tenía su público, así que en teoría no le hacía falta emplearse a fondo, pero se bajó del escenario y se dio baños de masas disfrutando de lo lindo. Era el entrante, todos esperaban al plato fuerte. Neil Young congregó al grueso del auditorio en una noche en la que a muchos les hubiera gustado acompañarle con la guitarra. Se deleitó y deleitó, durante más de dos horas, con riffs interminables y mucho sentimiento. Eso hay que verlo una vez en la vida. La leyenda se hizo carne.El segundo día uno iba ya sobre seguro, escogiendo qué ver y a dónde ir. Desechando colas inmundas y paseando para hacerse una idea. Entrada la tarde, Mando Diao hacía lo que podía en el escenario pequeño mientras Ivete Sangalo, en la otra punta, se llevaba de calle a la gente, a la que hizo saltar y cantar. Cogió el testigo Carlinhos Brown. Los dos lo tuvieron fácil, puesto que los brasileños rebosaban. Jugaban en casa. La histeria vendría después, con dos grupos de rompe y rasga y fans desatadas.
Los chavales imberbes de Tokio Hotel hicieron alarde de su pirotecnia gótica. Las niñas lloraban en primera fila. Se les escuchó con más expectación que disfrute. El Canto del Loco fueron palabras mayores, todos en pie. ¿Quién dijo que los madrileños son un grupo de adolescentes? Allí recitaba hasta el novio más tatuado. Fin de fiesta. El sonido es bueno, y la sensación también. Queda una semana para el resto, vayan mentalizándose, les aguardan hasta fuegos artificiales y puede que una juerga electrónica eterna.


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