Prácticos y descreídos, nuestra sociedad tan sólo los valora ya por su importancia ecológica. En los tiempos que corren, con el pánico a la gripe aviar y a otras pandemias, su presencia es lo más parecido a un seguro de vida colectivo, pues se alimentan de animales muertos sin afectarles sus enfermedades. Pero seguimos manteniendo cierta animadversión hacia ellos, cuyo nombre es sinónimo de aprovechado y egoísta.
Pobres animales. Calvos prematuros, de andar desgarbado y olor nauseabundo, su vuelo es sin embargo uno de los más majestuosos de cuantos enseñorean nuestros cielos. Sobre todo ahora que están en plena época de celo, ajenos al frío y la cellisca, volando muy juntos el macho y la hembra durante horas en bello tándem, ensimismados en su instinto de procreación. Los pueden ver en buitreras espléndidas como la navarra de la Foz de Arbayún o la burgalesa de Arlanza. Descubrirán que en el fondo no son tan feos. Aunque qué les voy a decir yo. Como concluye Niall Binns en su poético Tratado sobre los buitres, es bonito sentarse, como buen carroñero, a escribir sobre todas estas cosas.


y... mira soy tan pero tan feo q mi vieja cuando naci me metio dentro d una bolsa d reciduos y me dejo abandonado en la ruta...... para q gane dpaso algo d gita...
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