También recuerdo el sabor del gazapo que horneaba mi abuela unas horas más tarde e incluso el tacto primitivo en las muelas de los perdigones clavados en el sabroso zanco por la escopeta de mi tío. Cuando tuve edad para sostener la Sarasqueta –santa vigilante, apoyada, como en un altar, en el vértice más sombrío del dormitorio–, mi tío la cargó para mí. «Toma, dispara», dijo, escueto y económico como todo cazador.
Con el único disparo de mi vida, aquel día maté, aún hoy no sé por qué, a un flamante mirlo negro. Hoy, tras la masacre, pienso en un país que adora la sequedad mustia de Delibes, la hidalga tortura de los galgos ahorcados en las encinas, la artera sensibilidad del hurón, el sabor perfumado del gazapo recién desollado, la precisión de las yuxtapuestas. Un país de tíos bravos, cazadores...




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