Un globo, dos globos...

¡Lechugas, vaya globo más enrollao! –pensé– y, ni corto ni perezoso, me puse a inflarlo hasta que llegó mi Jose que a su vez me infló a mi, pero a guantazos. «¿Pero tú sabes lo que es esto, niño?», me dijo muy cabreado. «Un globito», le respondí mientras me cubría las orejas con los brazos. «Pues eso, un globito». Dicen que la madurez no se adquiere gradualmente, sino a empujones que te va dando la vida. Pues yo aquel día, y en apenas un instante, aprendí varias cosas: que la verdad duele (yo dije que era un globito y a pesar de que él me lo confirmó me puso tibio) y que mi hermano era capaz de insultarme y cascarme al mismo tiempo (principio de simultaneidad), mientras que yo nunca aprendí a hacer dos cosas a la vez. Pero para qué servía realmente aquello tardé en enterarme unos cuantos años, aunque no tantos como la Conferencia Episcopal. Fue el día en que un aventajado compañero de instituto me proporcionó uno, porque alguien nos iba a hacer no se qué de un francés. Será por mi trauma de la niñez, pero aún lo conservo impoluto. Y lo peor de todo es que de idiomas sigo estando fatal.