El niño luminoso

En ella atesoraba todos los conocimientos de los sabios mesopotámicos sobre el cultivo de gramíneas, el calendario de todos los eclipses hasta la desaparición del sol y la luna, los horarios de los trenes de cercanías de las principales capitales de Asia, el mapa de Villarrubia de los Ojos, el secreto de los huevos de Lucio, el número de pecas del culo de Julianne Moore, el abecedario de una tribu gangosa del Amazonas, la clave para descifrar los jeroglíficos escritos en los campos de heno, el decodificador para entender el mugido de la vaca, el importe de todos los peajes, el paradero de todos los paraguas olvidados en grandes almacenes, la fórmula mágica que convierte el agua en vino de mesa en tetrabrick , el abracadabra que recicla un tetrabrick en un restaurante de lujo; y , además, el niño se hacía la comida, se la zampaba y se limpiaba los morros con la servilleta sin mancharse e iba al baño y tiraba de la cadena él solito con dos semanas.

 Sus padres, cómo no, estaban muy angustiados. Todas las noches se preguntaban: «¿Qué va a ser de nuestro bebé?».