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Qué nos lleva a hacernos daño a nosotros mismos: lo que hay detrás de algunos trastornos psiquiátricos

Una mujer estresada.
Una mujer estresada.
Andrea Piacquadio de Pexels / Montaje: 20minutos.

Para quienes no padecen un trastorno psicológico o psiquiátrico, las conductas que derivan de ellos pueden ser difíciles de comprender. El ejemplo paradigmático son aquellas que llevan a las personas a dañarse a sí mismas o incluso a acabar con su vida, contraviniendo el que se nos enseña que es el instinto último más básico que rige el comportamiento humano.

Y, sin embargo, a día de hoy el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. En 2019 fueron 3.671 las víctimas de esta tragedia, y la pandemia no ha hecho más que multiplicar los intentos que se registran. Por su parte, las autolesiones, cuando no tienen detrás la intención de acabar con la propia vida, son tremendamente difíciles de cuantificar, pero el Colegio de Psicólogos de Madrid estima que han crecido cerca de un 250% desde el fin del confinamiento.

"Tanto las cifras de suicidio como de conductas autolesivas sin intención de muerte constituyen un importante problema de salud pública", expone a 20Minutos Rubén Sanz Blasco, profesor de psicología de la Universidad Complutense de Madrid y director del Centro Cuarzo de Psicología Científica, que reconoce también que la naturaleza de estos comportamientos es compleja. 

"Hay un gran número de variables tras estos comportamientos"

Sanz explica que es difícil explicar por qué las personas recurren a dañarse a sí mismas sin ser simplistas. "Hay un gran número de variables que operan en su manifestación", argumenta, "algunas no modificables (por ejemplo, es más frecuente en mujeres), otras tienen más que ver con algunos rasgos de la personalidad (como la impulsividad), el consumo de sustancias,  el ánimo deprimido, una desregulación emocional general, ciertos estilos cognitivos negativos basados en la culpa y en la responsabilidad interna, una pobre autoimagen...".

"Lo que podríamos decir es que, a mayor complejidad e intensidad afectiva negativa, sería más probable que aparezcan algunas de estas conductas", concluye.

Sanz detalla que estos dos tipos de comportamientos no son homogéneos y tienen algunas diferencias de raíz: "Aunque en la realidad clínica puede existir una cierta ambivalencia y solapamientos entre ambos y la evidencia suficiente indica que las conductas de autolesión son un predictor importante de suicidio", señala, "hay tres parámetros importantes para diferenciar ambos conceptos: la repetición, el nivel de letalidad de las conductas asociadas y la intención o el objetivo. Un intento suicida tendría el objetivo de terminar con la vida, en la autolesión donde los fines pueden ser muy particulares y diversos".

Algunos de estos objetivos, añade, son "regular los estados emocionales negativos, influir sobre los afectos o comportamientos de otros, como autocastigo o  la búsqueda de sensaciones", frente al de las conductas suicidas "en las que la persona, indefensa y desesperanzada, considera la muerte como una opción viable para dejar de sufrir".

"La tristeza y la depresión son constantes en los dos"

En cualquier caso, "la tristeza y el estado de ánimo depresivo serían constantes de ambas", afirma este experto, lo que no significa que no se puedan establecer algunas diferencias a nivel general entre ellas.

"En cuanto a otros factores de riesgo que interactúan en la conducta suicida, conocemos un buen número de ellos como son los intentos anteriores, un bajo apoyo social, el consumo de sustancias y alcohol, un historial familiar de suicidio, haber vivido situaciones de acoso, encontrarse barreras para acceder a recursos de ayuda o el haber pasado por una importante pérdida recientemente", enumera Sanz.

En cambio, "ciertas conductas de autolesión como cortes en los brazos o quemaduras sin intención de muerte muy frecuentemente se encuentran asociados a ciertos cuadros psicopatológicos como el trastorno límite de la personalidad (que se caracteriza fundamentalmente por una importante inestabilidad afectiva e interpersonal, episodios micro-psicóticos, impulsividad y dificultad para regular las emociones). También se puede dar en otros problemas caracterizados por una alta reactividad emocional o en patologías neurodegenerativas, pero con menor frecuencia", concluye.

"La adolescencia es especialmente vulnerable"

A menudo, cuando se ha abordado públicamente este problema se ha hecho hincapié en la incidencia creciente que ambas conductas tienen entre los más jóvenes. "La adolescencia es una etapa de transición entre la niñez y la vida adulta, de aprendizajes y de cambios", comenta al respecto Sanz. 

"Es especialmente vulnerable, ya que las personas no tenemos la suficiente madurez ni las habilidades suficientes para lidiar con nuestros estados emocionales negativos de un modo satisfactorio y esto hace que, bajo ciertas condiciones, puedan aparecer algunas conductas disfuncionales. Si se suma un entorno disfuncional o negligente con bajo apoyo socio-emocional, la presencia de una patología sin un tratamiento adecuado, problemas en las relacionales sociales o cualquier otro factor, el riesgo se multiplica", prosigue.

En conclusión, "La suma de factores de riesgo, más psicopatología, ausencia de recursos o tratamientos adecuados y la falta de una red de apoyo o que este sea desorganizado aumentan la probabilidad de comportamientos suicidas o parasuicidas", apostilla.

"Hablarlo minimiza la posibilidad de que la idea se convierta en acto"

En esta línea, incluso para los profesionales cada uno de los casos que llegan a la clínica suponen un gran reto. "Las conductas de autolesión con o sin intención suicida son una realidad compleja y, por tanto, su abordaje también lo es", desarrolla Sanz.

"Realizar una evaluación minuciosa de que está sucediendo resulta esencial, ya que no será igual la manera de afrontar una conducta de autolesión con intención de muerte que con un fin de regulación emocional o de otro tipo. Si estamos hablando de una persona en la que detectamos ideación suicida, lo más importante es crear un clima de escucha y seguridad", añade este experto.

A propósito de esto, Sanz desmonta un mito muy extendido: "Pese a lo que muchas veces se piensa, hablar de ello permite que le persona ventile sus emociones y se sienta aliviada, y que podamos ofrecerle planes de acción alternativos, minimizando la probabilidad de que la idea se transforme en acto".

"Nunca hay que minusvalorar lo que nos estén contando"

Sin embargo, esto no significa que en un momento dado no pueda ser necesario emplear otras estrategias: "Hay que priorizar la seguridad de la persona. Si es preciso, llegando incluso a medidas más restrictivas como el ingreso hospitalario hasta que se consiga la superación de la fase más aguda del cuadro clínico".

En cualquier caso, resume, "lo que nunca habrá que hacer será minusvalorar lo que una persona nos esté contando en relación a las ideas de suicidio, siempre habrá que tomarlas muy en serio y valorarlas con detenimiento. Ante la duda, mucho mejor dar soporte actuando con prudencia y cautela".

"El primer paso es comunicar que se está sufriendo"

Para todas aquellas personas que en un momento dado puedan sentir el impulso de hacerse daño o incluso acabar con su vida, Sanz argumenta que lo que deben hacer depende de la red de ayuda con la que cuenten: "Si se encuentra ya en el circuito de un servicio terapéutico, lo mejor es comunicar sus sentimientos a las personas que le están ayudando. Los profesionales tendrán que dar el soporte y la ayuda más oportuna en cada momento, dependiendo de las características particulares del problema y de la urgencia requerida, generando planes de acción para cada situación que pueda sucederse y facilitando recursos a los que recurrir en caso necesario".

"Si por el contrario es una persona que aún no se encuentra bajo supervisión de ningún profesional le recomendaría pedir ayuda, expresar lo que le sucede, no guardárselo para si mismo. Si no sabe donde recurrir, contárselo a los familiares y amigos más cercanos con los que más arropado y comprendido se sienta puede ser una buena opción. El primer paso es comunicar que se está sufriendo, abrirse, aunque sea difícil, y decir “no puedo, necesito ayuda”", continúa.

"Quedarse solo ante estos problemas puede ser contraproducente"

En este último supuesto, también es importante saber cómo actuar cuando observamos que una persona cercana se encuentra en esta situación o incluso nos pide ayuda. "Saber que una persona puede tener intenciones suicidas puede resultar muy angustioso y lo más habitual es no saber qué hacer ni dónde dirigirse en caso necesario", reconoce Sanz.

"Aunque habría muchas consideraciones a tener en cuenta, de modo resumido nunca habrá que minimizar el sufrimiento de quien está comunicando que desearía no estar vivo, es un error enorme pensar que quien lo dice no lo va a hacer", explica. "Una gran proporción de las personas que se suicidan, lo habían comunicado de un modo más o menos explícito previamente".

"Es un error enorme pensar que quien lo dice no lo va a hacer"

"Lo ideal es darle apoyo, escucharle y favorecer que se desahogue con el fin de fomentar la cercanía emocional suficiente para tratar de conducirle a la ayuda de profesionales", prosigue, aunque resaltando que "ante la sospecha (algunas señales podrían ser cambios bruscos de humor con mejorías súbitas, conductas de cierre o de resolución, abandono del cuidado personal, problemas severos de sueño, conductas de riesgo...) o la constancia a de que algún familiar o amigo pudiera estar pensando en el suicidio, no es recomendable tratar de hacernos cargo de la situación por nuestra cuenta".

"Quedarse solo ante este tipo de problemáticas sin un soporte profesional o hacer “tratamientos caseros” puede resultar no sólo agotador sino peligroso y tremendamente contraproducente".

"Lo más recomendable es darle apoyo y alentarle a buscar soporte profesional", desarrolla Sanz. "En los primeros pasos podría ser bueno acompañarle a la primera consulta o a un servicio de emergencias. "Si estamos ante una situación límite donde la persona está desarrollando un comportamiento que claramente puede ocasionarle un daño importante o amenazar su vida, lo más recomendable es ponerlo en conocimiento de los servicios de emergencia tratando de no dejar sola a la persona".

"Sin recursos en la sanidad pública, todo se queda en la teoría"

Sea como sea, Sanz defiende que no se trata de un problema que concierna sólo a quien el sufrimiento empuja a dañarse o a desear poner fin a su vida, ni tampoco solo a sus personas cercanas: "Como sociedad, debemos generar un mayor número de recursos que atiendan como es debido los problemas de salud mental en general y al fenómeno del suicidio en particular".

"Sin dinero, recursos y más psicólogos en la sanidad pública que puedan ofrecer tratamientos de calidad, casi todo lo que sabemos que hay que hacer ante este tipo de problemáticas se quedará en mera teoría y las estadísticas lamentablemente seguirán aumentando", sentencia.

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