Lo probé y ahora no puedo vivir sin él: este accesorio es fundamental para la higiene bucal

Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas.
Además de cepillado e hilo dental, usar un irrigador es altamente recomendable como parte de tu rutina diaria.
Hay algunas compras que, en cuanto las pruebas, sabes que ya no hay vuelta atrás, y en mi caso una de las que clarísimamente ha provocado eso ha sido el irrigador bucal. Hace años que lo uso, y voy ya por el segundo, que me compré nada más averiarse el primero porque literalmente no puedo vivir sin uno.
Son perfectos como complemento al cepillado y al hilo dental, ya que con chorro de agua a presión terminan de eliminar cualquier suciedad entre los dientes, y además son increíblemente fáciles de usar. Muy recomendables, y además no son nada caros porque hay bastantes modelos a la venta.
Yo tengo uno "fijo", es decir, que necesita ir conectado al enchufe, aunque también los hay portátiles, perfectos por ejemplo para llevarlos si vas de viaje o incluso al trabajo, algo que mucha gente hace. Por apenas 30 euros puedes tener uno que te dé el apaño, y por algo más, uno mucho más potente.
La principal diferencia entre ellos suele ser la potencia y la capacidad del depósito, además de la cantidad de accesorios y cabezales que traen, ya que no solo puedes usarlo para el espacio interdental, sino también para la lengua, entre otras cosas.
En cuanto lo pruebes, vas a comprobar por qué digo que no podrás pasar sin él, porque puede desincrustar restos de comida que ni el cepillo ni el hilo han podido eliminar.
Por muy a fondo que utilices el cepillo eléctrico, siempre hay hueco entre los dientes y en la línea de las encías donde la placa aguanta todo y más. Aquí es donde entran en juego los irrigadores bucales, que hasta hace no mucho parecían reservados solo para la consulta del dentista pero que ahora es uno de los mejores aparatos que puedes comprar.
Básicamente, un irrigador bucal es una máquina que dispara un chorro de agua a presión. Al apuntar esa cánula hacia los espacios interdentales y los bordes de la encía, el agua a presión arrastra la placa bacteriana, los restos de comida y las bacterias que se esconden en esos sitios inaccesibles para las cerdas del cepillo. Lo mejor de todo no es solo la sensación inmediata de limpieza extrema, sino que reduce notablemente el nivel de bacterias subgingivales y frena en seco el sangrado y la inflamación de las encías.
Si usas ortodoncia, llevas coronas o te han puesto un implante, este trasto te cambia la vida porque limpia los aparatos en segundos sin riesgo de enganchones.
El funcionamiento es muy simple. Llenas el depósito con agua templada —nada de enjuague bucal, que puede atascar el motor a la larga—, seleccionas la boquilla que más te convenga y empiezas siempre con la presión al mínimo para no llevarte un susto.



