El poder de las espinacas ante el cáncer de colon: así interactúan en el intestino para reducir el riesgo de tumores

También es posible congelar las espinacas, aunque antes de hacerlo es importante lavarlas bien, escaldarlas en agua hirviendo y dejarlas secar antes de introducirlas en un recipiente hermético.
Comer espinacas es un hábito saludable.
Pixabay/ThiloBecker

El cáncer de colon es una de las enfermedades tumorales más comunes y en algunos casos, sobre todo si se detecta tardíamente, puede llegar a ser mortal. Afortunadamente, hay determinados hábitos saludables que podrían reducir el riesgo de sufrirlo.

Uno de ellos es el consumo abundante de espinacas, ya que según algunas investigaciones previas (entre ellas una de la Universidad del Estado de Oregón, publicada en el Journal of Cellular and Mollecular Medicine) se relaciona con menores incidencias de cáncer colorrectal. Hasta el momento se desconocía la causa, pero un nuevo trabajo del TAMU Health Science Center, publicado en la revista especializada Gut Microbes, ha arrojado luz al tema.

Las espinacas retrasan la necesidad de tratamiento intensivo

Concretamente, los investigadores han explorado los efectos de las espinacas en ratones con una forma hereditaria de cáncer colorrectal que también afecta a las personas, llamada poliposis adenomatosa familiar.

Esta forma de cáncer se caracteriza por la aparición de numerosos pólipos no cancerosos en el colon. A menudo, termina por requerir la extirpación del colon y la administración de medicamentos antiinflamatorios no esteroideos, de efectos tóxicos, para evitar el crecimiento de los pólipos en el duodeno.

El resultado es que, con la administración de espinacas durante seis meses, el crecimiento de los pólipos se retrasaba considerablemente.

Los ácidos grasos y el ácido linoleico, responsables de los beneficios

Sin embargo, la novedad de este estudio está en que investiga el mecanismo por el que esto sucede empleando un sistema llamado multi-omics, consistente en cruzar datos de distintos sistemas del cuerpo en la búsqueda de áreas de investigación potencial.

Más específicamente, los autores investigaron el microbioma (el conjunto de microorganismos dañinos y beneficiosos en los intestinos), el transcriptoma (el RNA y mRNA que las células y los tejidos expresan, incluyendo los responsables de la poliposis adenomatosa familiar) y el metaboloma (los metabolitos que las células producen durante la actividad metabólica).

En contra de lo que esperaban, la clorofila no fue la sustancia responsable de los efectos anticancerígenos, sino que este papel lo cumplían algunos ácidos grasos y el ácido linoleico, que las espinacas contienen en abundancia.

Esto sucedió principalmente por dos vías: por una parte, estas sustancias ayudaban a minimizar la pérdida de diversidad en el microbioma (y concretamente la reducción en la población de determinadas bacterias) asociada a los tumores colorrectales y, por otro, tuvieron un impacto modesto pero observable en la expresión genómica del cáncer. Ambos efectos pudieron ser corroborados examinando el metaboloma.

Los autores finalizan recomendando el consumo regular de espinacas, no ya únicamente por esta propiedad sino, también, porque contiene abundantes componentes beneficiosos para diversos sistemas de nuestro cuerpo como la vitamina k1, el folato o diversos antioxidantes.

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