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Por qué ‘Animales fantásticos’ ha sido una saga fallida desde el principio

La taquilla de ‘Los secretos de Dumbledore’ apunta a darle un final prematuro al proyecto de J.K. Rowling.
Jude Law y Dan Fogler en 'Los secretos de Dumbledore'
Jude Law y Dan Fogler en 'Los secretos de Dumbledore'
Warner Bros.

Puede que todo se viera venir desde Harry Potter y la orden del fénix. En 2007. Hace 15 años. Esta película, peor recibida por la crítica que las entregas anteriores de la saga, es clave en la trayectoria audiovisual de Harry Potter por debutar en ella unas dinámicas que se han mantenido casi sin excepción, finalizando la saga del niño mago y ampliándose a Animales fantásticos. Una era el desempeño de David Yates como director, presencia constante en The Wizarding World desde entonces. Otra era, hasta cierto punto, inevitable: La orden del fénix era la novela más larga de Harry Potter, con una afluencia de tramas y abundancia de personajes que a su salto al cine tenía que conducir por fuerza al embrollo y al desastre expositivo. Y de ahí Harry Potter ya no saldría nunca.

Este fin de semana se ha estrenado Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore en EE.UU. La apertura la ha convertido en el peor estreno de una película relacionada con Harry Potter en toda su historia, lo que complica las opciones de dar pie a más entregas en consonancia a la cantidad de frentes abiertos que tiene Warner Bros. Su reciente fusión con Discovery, que llevará a grandes cambios en las prioridades del modelo productivo, es lo de menos. Están los problemas de Ezra Miller con la justicia. Está la sustitución de Johnny Depp por Mads Mikkelsen. Está, por supuesto y por encima de todo, su autora. J.K. Rowling, cuya actitud beligerante hacia el colectivo trans (y el rechazo mediático derivado) ha conducido a que su figura sea defendida… por Vladimir Putin.

Los problemas que circundan Animales fantásticos están sobradamente documentados, así que quizá sea más interesante analizar el devenir de la saga en sí mismo, y achacar a él la recepción decadente tanto desde la crítica como desde el público (sorprendentemente alineados). La inaugural Animales fantásticos y dónde encontrarlos recibió elogios y consiguió una recaudación estupenda: logros que no han vuelto a repetirse, y que deberíamos entender desde la transición de Harry Potter a ese libro ficticio que acabó convirtiéndose en una ambiciosa saga con proyección a cinco películas. En esa transición, y sus consecuencias, quizá descubramos por qué quizá nunca tengamos esas cinco películas.

Último tráiler de 'Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore'

El toque Yates

Volvamos a La orden del fénix. Muchos achacaron la debilidad de esta propuesta, en comparación a las películas previas, más al cambio de guionista que al de director: Steve Kloves, presente desde La piedra filosofal, fue sustituido por Michael Goldenberg. Puestos a buscar culpables era lo fácil, pues si algo fallaba de forma transparente en la quinta aventura de Potter era el libreto: absolutamente congestionado, atropellado, donde ningún diálogo podía respirar ante la urgencia de la siguiente revelación. Goldenberg quiso sintetizarlo todo, además, en el film más breve de la saga hasta ese momento, con lo que la riqueza conceptual y política de La orden del fénix quedaba diluida por completo.

El fiasco de Goldenberg apenas dejaba espacio para apreciar qué aportaba David Yates frente a los cineastas previos: Mike Newell, Alfonso Cuarón y Chris Columbus. A diferencia de ellos, Yates venía del ámbito televisivo, y visto en retrospectiva parece claro lo que Warner Bros. (y la todopoderosa Rowling) pretendía con su fichaje: inyectarle uniformidad a la saga, un ánimo serializado, que relajara las cosas tras los desiguales arrebatos de autoría que le habían precedido. Mientras Cuarón y Columbus se habían preocupado (desde sensibilidades opuestas) por la visualización de la magia en oposición al mundo aprehensible, Newell había ensayado un chillón drama de personajes con El cáliz de fuego. Lo que a Yates le tocaba hacer era, vaya, poner orden. Armonizar los ingredientes.

David Yates durante el rodaje de 'Los crímenes de Grindelwald'
David Yates durante el rodaje de 'Los crímenes de Grindelwald'
Warner Bros.

Visto está que lo consiguió, o que al menos en Warner quedaron contentos. Esto no implica que la etapa Yates haya sido 100% alérgica a los arrebatos experimentales, pues en la primera Reliquias de la muerte nos hallábamos con un proyecto tan difícil que fueron inevitables ciertas fugas, bastante interesantes como el énfasis en la amistad de Harry y Hermione. Pero fueron, en fin, fugas. Harry Potter se había estandarizado, había consolidado una maquinaria que Yates se ocupaba disciplinadamente de engrasar, cómodo en su rol de mandao. Las películas de Harry Potter nunca volvieron, entretanto, a las críticas frías de La orden del fénix, pero vista la única película que Yates ha dirigido desde entonces al margen de Rowling (La leyenda de Tarzán) es razonable achacarlo al regreso de Kloves antes que a un progreso significativo.

Hete aquí que, de cara a Animales fantásticos, Kloves iba a limitarse a ser productor. Rowling ascendía a guionista principal, sin resistirse a la oportunidad de construir otra gran saga ambientada en su mundo, pero volcada eminentemente hacia lo cinematográfico. Las carencias de las películas de Yates, todas marcadas por la sobreexposición y la impotencia para retratar en toda su amplitud los detalles argumentales de los libros, no debían replicarse al no haber fuente previa. Rowling escribía pensando directamente en la adaptación, por así decirlo. Animales fantásticos debía bastarse por sí misma, y estaba claro que podía lograrlo porque Rowling sabe perfectamente cómo construir buenas historias y personajes, y Yates se comprometería con representarlo todo sin disonancias.

Entonces, ¿qué demonios ha pasado?

Regreso al mundo mágico

Propongamos, tímidamente, que Rowling tiene unos problemas como escritora que, si bien se rastrean desde La piedra filosofal, nunca han quedado tan claros como cuando completó los siete libros y se ocupó de gestionar las derivas de la saga. Una obra como Harry Potter y el legado maldito, si bien llena de buenas ideas, ya trasluce una arquitectura de lo más enrevesada, así como una genuina dificultad para lograr que las revelaciones tengan un calado emotivo, más allá de la incontinencia verbal. La complejidad del mundo de Harry Potter se había ido construyendo de forma escalonada y siempre guiada por unos personajes bien definidos, y a priori se podía esperar algo así en Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Es más o menos lo que tuvimos, de hecho.

El planteamiento de esta primera entrega nos presentaba a un magizoólogo llamado Newt Scamander cuyo principal objetivo era recuperar las criaturas mágicas que se habían escapado de su maletín para campar libremente por Nueva York. Esto nos llevaba a los momentos más disfrutables de Animales fantásticos y dónde encontrarlos, cuando como en una suerte de Pokémon Go seguíamos a Eddie Redmayne y sus amigos al encuentro con bichos adorables o excéntricos, acompañados de una sugestiva explicación de sus particularidades. El mundo de Rowling se expandía desde su faceta más juguetona y frívola, acaso siendo una película más infantil de lo que nunca había llegado a ser Harry Potter.

Eddie Redmayne como Newt Scamander
Eddie Redmayne como Newt Scamander
Warner Bros.

Algo irónico puesto que los protagonistas de Animales fantásticos eran adultos. Pero no se comportaban como tal. Newt, Jacob (Dan Fogler), Tina (Katherine Waterston) y Queenie (Alison Sudol) eran definidos por rasgos como la timidez, el entusiasmo, la curiosidad o la incompetencia para expresar sentimientos. Eran personajes aún más aniñados, en fin, que los Harry, Ron y Hermione de La piedra filosofal. Con el paso de las películas ha quedado claro que este comportamiento se debía, antes que a algo premeditado, a una absoluta indefinición en sus caracteres, pero en Animales fantásticos y dónde encontrarlos funcionaba de lo lindo.

¿Por qué? Porque su mirada inmadura, acompañada de los citados bichitos o de una banda sonora espléndida a manos de James Newton Howard, despertaba la complicidad del espectador. Y en este aspecto suponía un acierto táctico el personaje de Jacob, como muggle que descubría (a la vez que nosotros redescubríamos) ese mundo mágico con unos ojos eternamente maravillados. Animales fantásticos y dónde encontrarlos presentaba tan trabajada y convincente una noción dificilísima como es el encanto, que este se sobreponía a los defectos retomados de las películas de Harry Potter, como era una puesta en escena grisácea, la espectacularidad decreciente en el intercambio de hechizos o, en general, la “burocratización” del Wizarding World.

Parte del personal de una movida llamada MACUSA
Parte del personal de una movida llamada MACUSA
Warner Bros.

Esto último tiene su miga, por cómo podría remitirnos a lo que hizo George Lucas en otras precuelas famosas, las de Star Wars. En efecto, la galaxia muy, muy lejana experimentó entonces un ordenamiento desde la política, pero si el afán de Lucas obedecía a enriquecer el background de los planetas mediante las relaciones entre ellos, en Animales fantásticos solo se atinaba a constreñir el mundo mágico. A hacerlo más corpóreo, tan alérgico a la complacencia nostálgica como Lucas (al menos en esta primera entrega) pero a cambio también a los arrebatos de embrujo. Algo que quedaba redondeado por la solemnidad de la propuesta más allá de la caza de Pokémon, y el plan de saga a largo plazo.

Vaya, que en Animales fantásticos y dónde encontrarlos ya se percibía, como trama secundaria que terminaba imponiéndose a las travesuras del escarbato, la anemia narrativa de Rowling en lo que respecta a diseñar un nuevo gran conflicto para el mundo mágico. Hubo quien, cuando Percival Graves resultó ser Grindelwald disfrazado y Colin Farrell se convirtió en Johnny Depp, ahogó un gruñido decepcionado. Fue el comienzo del fin.

Johnny Depp como Grindelwald
Johnny Depp como Grindelwald
Warner Bros.

¿Hora de cerrar el chiringuito?

Animales fantásticos y dónde encontrarlos era, en líneas generales, una buena película. Partía de una idea sólida, de un entendimiento de qué atractivos podían seguir encontrando los espectadores en el Wizarding World, y por ello en 2016 no se percibió un gran esfuerzo por cuestionar la pertinencia de una saga así. Cuando, en sí mismo, ya debía haber sorprendido que gustara tanto. El mundo de Harry Potter nunca ha sido tan potente en cuanto al mero lore como el de Star Wars o El señor de los anillos. El mundo de Harry Potter, mucho más que estas cabeceras, ha fundamentado su éxito en unos personajes y una historia potente que había sido cocinada cuidadosamente desde el principio.

Si Animales fantásticos quería prolongar este éxito, debía contar con unos personajes y una historia así, y tampoco podemos negar que parta de una preparación semejante. Al fin y al cabo, como precuela que es, Animales fantásticos ya tiene un final preparado, y un conflicto troncal del que los espectadores han tenido noticia previa. Uno incluso bastante potente, por cómo es una creación tan genial como Albus Dumbledore su acicate. Y hay que decirlo, el retrato que ha hecho Jude Law de dicho personaje se cuenta entre los escasísimos aciertos de Los crímenes de Grindelwald y Los secretos de Dumbledore. Ningún problema por ahí. Incluso podemos celebrar hasta cierto punto la llegada de Mads Mikkelsen.

La cuestión es que las dos últimas entregas de Animales fantásticos han descartado los aciertos de su primera entrega para seguir la senda ominosa que dejaba entrever la aparición de Johnny Depp: una senda que además ayudaba a visibilizar las debilidades que el encanto no nos permitió captar en dicha película. Los nuevos protagonistas de Animales fantásticos siempre han sido insulsos e infraescritos, como terminan de demostrar el imposible arco dramático de Queenie, la amistad de Jacob y Newt en la que tanto se insiste sin ningún apego a su intimidad, o el hecho de que Tina haya sido eliminada sin mediar explicación de Los secretos de Dumbledore, y sin que nada se resienta.

Los guiones que ha escrito Rowling son malos. Lo han seguido siendo incluso cuando Kloves ha acudido al rescate en Los secretos de Dumbledore, por cómo nunca han importado en ellos ni la temática (una lucha contra la intolerancia y los totalitarismos reciclada de la cruzada de Voldemort, y deslegitimada por la transfobia de su autora) ni los personajes. Con sus agotadores diálogos, Animales fantásticos parece mostrar más interés por los árboles genealógicos de los protagonistas que por los protagonistas en sí, de modo que no es posible que hablemos siquiera de un fanfiction salido de madre: al menos en los fanfictions se percibe una pasión, un deseo de ver a los personajes hacer y sentir. Nada de eso hay en Animales fantásticos, solo permitiéndose invocar una mínima emoción a través de guiños a Hogwarts y a la saga previa. Guiños que, no por casualidad, solo han ido a más en los últimos compases.

Reparto de 'Los secretos de Dumbledore'
Reparto de 'Los secretos de Dumbledore'
Warner Bros.

Animales fantásticos es una saga tan infernalmente escrita que la magia, claro, ha dejado de importar hace mucho. Y, por si quedaba espacio para una mísera brizna, Yates se ha encargado de pisotearla del todo con una realización no ya televisiva, sino fantasmal. Si tanto Los crímenes de Grindelwald como Los secretos de Dumbledore parecen tan sombrías no se debe a la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, a la pesadumbre de Dumbledore o al salvoconducto narrativo que prefiramos: es porque son blockbusters sin personalidad alguna, feos, irrelevantes, incapaces de generar ni una comunicación ni un entusiasmo, ni mucho menos de aprovechar las posibilidades del CGI para crear mundos.

No se trata de recordar con más cariño del que merecen las películas de Harry Potter (aunque un artefacto tan desastroso como el reciente especial Regreso a Hogwarts nos anime a reexaminar nuestras opiniones sobre ellas), sino de asumir que, fuera de ellas y a nivel puramente cinematográfico, el Wizarding World es un fracaso sin paliativos. Quizá sea mejor, en efecto, que la saga se quede en Los secretos de Dumbledore, y no volver a someter al público a la dolorosa asunción de haber pasado página. De que Harry Potter ya no importa.

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