Pinocho fumando y besos sin consentimiento: los momentos clásicos de Disney que hoy serían inaceptables

'La bella y la bestia', 'La sirenita', 'Dumbo'... Los clásicos de la Casa del Ratón viven bajo el peso de la incorrección política
Imágenes de 'Pinocho' y 'La bella durmiente'
Imágenes de 'Pinocho' y 'La bella durmiente'
Cinemanía
Imágenes de 'Pinocho' y 'La bella durmiente'

¿Un inevitable cambio en las sensibilidades del público, o el triunfo de la dictadura woke? ¿Una cuestión de respeto y conciencia, o aplastante corrección política? Cualquiera sabe, pero una cosa es cierta: tal y como está el patio hoy en día, ni siquiera los clásicos de Disney se librarían de una buena ración de reproches online. O, como les gusta decir a algunos, "cancelaciones". 

Ahora que la Casa del Ratón se prepara para cumplir cien años, es el momento de volver la vista atrás y recordar escenas de sus películas más emblemáticas, y también de otras que el propio estudio ha tratado de barrer debajo de una alfombra. 

De esta manera, descubriremos que los contenidos que hace unas décadas se juzgaban como aptos para toda la familia (es decir, para niños) resultan inaceptables hoy en día, al transmitir mensajes y valores que la sociedad ha acabado rechazando. ¿Un cambio a mejor? Decirlo es muy difícil... pero en muchos de los casos no sentimos nostalgia alguna por el clima cultural que hizo posibles estas reliquias. 

Los besos no consensuales a princesas florero

Para abrir el relato, nada mejor que Blancanieves y los siete enanitos y La bella durmiente, dos clásicos indiscutibles de Disney. De enorme importancia para la historia del cine (hablamos del primer largo animado de la historia de Hollywood y de uno de los mayores logros estéticos de la compañía) ambos transmiten, sin embargo, ideas que ahora calificaríamos de tóxicas. Y de machistas a rabiar.   

Producidas en 1937 y 1959, respectivamente, ambas películas reservan para sus protagonistas femeninas un rol totalmente pasivo que tiene como guinda los besos que ambas reciben de labios del príncipe de turno (anónimo en Blancanieves, Felipe en La bella durmiente). Aunque dichos ósculos tengan por objeto sacar a las princesas de sus sueños embrujados, y aunque la carga erótica de sus representaciones tienda a cero, en ellos no media nada parecido al consenso o el deseo mutuo. 

Así pues, ninguna de estas películas parece muy adecuada para un rescate en tiempos posteriores al Me Too. Aunque todo podía ser peor: si Disney hubiera adaptado con fidelidad los cuentos populares en los que se basan, sus implicaciones serían aún más siniestras. 

Los malos humos de 'Pinocho'

Un mediano fracaso de taquilla en su momento, Pinocho (1939) ha pasado a la historia como uno de los filmes más atrevidos de la primera Disney. Y también uno de esos capaces de provocar pesadillas gracias a escenas como aquella en la que el muñeco de madera descubre el precio de acompañar al gamberro Polilla

Pese a los consejos de Pepito Grillo, Pinocho se deja convencer para jugar al billar, beber cerveza... y fumar un enorme puro que acaba consumiendo de una sola calada. Poco después vemos el efecto secundario de la mala vida cuando Polilla se convierte en asno en una escena sobrada de gritos de terror. Aunque el muñeco se libra de la metamorfosis total, acaba luciendo una cola y unas orejas que le acompañarán durante buena parte de la película.

Las intenciones de esta escena son tan moralizantes como las del cuento original de Carlo Collodi, pero si nos tomamos al pie de la letra lo de la pureza de los niños, todo resulta de lo más perturbador. Lo suficiente como para que muchos espectadores de hoy encuentren el momento objetable, ahora que el consumo de tabaco está muy mal visto (con razón, pero esa es otra).

Los cuervos de 'Dumbo', siempre polémicos

Producida en circunstancias muy duras (la huelga de animadores que sacudió al estudio en 1941) y con un guion casi tan traumático como el de Bambi, Dumbo es una de las películas más turbias de Disney. Menos mal que en la historia del elefantito orejón hay personajes positivos que le prestan ayuda... y que han pasado a la historia como caricaturas racistas.

Nos referimos a los cuervos, claro. El hecho de que estas aves se expresen con acento afroamericano, más el hecho de que su líder se llame "Jim" (una alusión al mote despectivo "Jim Crow") los ha convertido en carne de polémica durante décadas, sin importar lo graciosos que sean o que su número musical esté entre los mejores del filme. En buena parte, esto se debe a que evocan los minstrel shows, aquellos espectáculos en los que actores blancos bailaban y cantaban con los rostros pintados de negro.

Claro que aquí hay matices: en su momento, los cuervos de Dumbo estuvieron entre los poquísimos personajes Disney con las voces de actores afroamericanos. Sumado al hecho de que son majos y tienen gracia, esto les ha granjeado fans como Whoopi Goldberg y Frank Norman, el primer animador negro en nómina del estudio. Así pues, los intentos del estudio por barrerlos del mapa en nombre del control de daños resultan más bochornosos que cualquier posible controversia. 

La borrachera de 'Dumbo' y sus elefantes rosas

Ya que entramos en comparaciones entre Dumbo y Bambi, ¿sabías que ambas películas compiten por ver cuál tiene la escena en un filme Disney que más infancias ha destrozado? En el caso del cervatillo, claro, es la muerte de su madre... y en el del elefantito, esa borrachera alucinógena narrada mediante un número musical titulado en inglés Pink Elephants on Parade y en castellano (por si no quedaba claro) Las máscaras del terror. 

La intención de este momento es, a las claras, moralizante: tras pillar una enorme cogorza tras beber accidentalmente agua mezclada con whisky, Dumbo y el ratón Timoteo sufren visiones que les quitan las ganas de probar el licor en su vida. Pero ¿sería aceptable una escena así hoy en día? Ahora que el consumo de alcohol y drogas está peor vista que nunca en mucho tiempo, nosotros creemos que no.

La posibilidad de ver a un personaje menor de edad emborrachándose (y Dumbo, recordemos, es básicamente un bebé) en una película destinada al público infantil provocaría tremendo escándalo al que acudirían los buitres de siempre al grito de "¿Es que nadie va a pensar en los niños?". Y los únicos que ganaríamos con el tema seríamos los periodistas, viendo cómo las trifulcas online hacen subir el engagement de nuestros contenidos. 

'Los tres caballeros': Estereotipos y propaganda

Encanto no fue el primer filme Disney con los ojos puestos en el mercado latinoamericano: en 1944, el estudio se sumó a la política de buena vecindad del gobierno estadounidense con esta película donde el pato Donald celebraba su cumpleaños con un garbeo al sur de Río Grande. Sus acompañantes: el gallo mexicano Panchito y José Carioca, un loro brasileño. 

Tras su estreno en México DF, la cinta no se ganó muchos aplausos pese a la calidad de su producción y a números musicales con estrellas como el Trío Calavera. En parte esto se debió a que el guion tiraba de estereotipos facilones (aunque, conviene señalar, menos ofensivos de lo habitual en la época), y en parte a que algunas escenas tocaban aspectos bastante controvertidos. Por ejemplo, Donald viniéndose arriba con los encantos de la brasileña Aurora Miranda.

 Con el tiempo, el recuerdo de Los tres caballeros ha mejorado lo suficiente como para que Panchito y José reaparecieran en la nueva versión de la serie Patoaventuras. En cuanto al filme en sí, pues ha quedado como una reliquia de su época, cuyos orígenes, además, están vinculados a esas políticas tan sangrientas que la superpotencia ha llevado a cabo en América Latina. 

'Canción del Sur': El epicentro del escándalo

Sí, es ella: la película más polémica de la historia de Disney. Hablamos de un filme que triunfó en taquilla, con una integración pionera entre personajes animados y acción real, una canción ganadora del Oscar... y un aura negativa que lleva al estudio a considerarla como una vergüenza, tratando de borrar sus huellas a cualquier precio. 

¿A qué se debe esto? Pues a que Canción del Sur está demasiado cercana a temas incómodos por excelencia en EE UU: la esclavitud y la segregación racial que la sucedió. Basada en las historias populares recopiladas por Joel Chandler Harris (divertidísimas, todo sea dicho), la cinta propone un retrato idealizado de los años posteriores a la Guerra de Secesión, donde los esclavos manumitidos son felices sirviendo a sus antiguos amos. 

Si la película ya recibió duras críticas tras su estreno en 1944, traerla de nuevo a la luz en los años posteriores al Black Lives Matter resulta inimaginable. Sin embargo, barrerla del mapa por completo resultaría también una falta de respeto a quienes trabajaron en ella, tanto blancos (el trágico niño prodigio Bobby Driscoll) como afroamericanos (James Baskett, ganador de un premio honorífico de la Academia). Lo que se dice un vestigio complicado.

'Peter Pan' y la pipa de la paz

Estrenada en 1953, la adaptación de la novela de James M. Barrie es, a primera vista, una de las películas emblemáticas de Disney: su animación es extraordinaria, en ella encontramos When You Wish Upon A Star (el himno oficioso del estudio) y uno de sus personajes (Campanilla, cómo no) ha sido lo bastante popular como para tener su propia franquicia. ¿Dónde está el problema, entonces? 

Pues en que, siguiendo los pasos del original, Peter Pan ofrece un retrato muy poco favorecedor de esos nativos americanos que habitan un rincón del País de Nunca Jamás. Esos que, en el doblaje original en castellano neutro, dicen "hau" ("hola" en idioma lakota) porque es más fácil que decir "¿cómo has estau?" y que invitan a los niños a fumar su calumet de la paz pese a los esfuerzos de Wendy por conservar limpios sus pulmones. 

Sumando a esto la competición entre la joven Darling (una señorita británica de pura cepa) y la princesa Trigilla por los afectos de Peter, las escenas de los indios en la película han hecho que esta reciba una restricción de edad en Disney+. Y, si esto te parece exagerado, piensa en cómo te has sentido tú ante esas escenas de Hollywood que limitan el retrato de España a los toros, el flamenco y la fiesta popular. 

'La dama y el vagabundo'... y los gatos siameses

Tenemos negros, tenemos latinos, tenemos nativos... solo nos falta una pieza para completar el puzzle de ofensas étnicas de Disney: los estadounidenses de origen asiático. Un colectivo a algunos de cuyos miembros les hace bien poca gracia la aparición de Si y Am, los gatos que aparecen en esta película y que, además de ser más malos que la quina, resultan una caricatura bastante poco disimulada (y malintencionada). 

Con la voz en VO de la gran Peggy Lee, responsable de las canciones de la película, Si y Am llegan a tramar un plan para acusar a la pobre Dama de infanticidio y echarla de su casa. Ironía gorda, porque en las calles la heroína se encuentra con Peg, una perrita pekinesa, también doblada por la cantante y compositora... en la que no vemos ningún rasgo asiático. Será que los estereotipos solo afectan a los felinos. 

En 1970, Disney repitió esta metedura de pata en Los aristogatos presentándonos a Shu Gong, un miembro de la banda de los gatos jazz que también presenta exagerados rasgos asiáticos. En defensa de este último, debemos señalar que es mucho más majo que sus primos siameses, amén de talentoso: intenta tú tocar el piano con palillos, a ver cómo te sale. 

'El libro de la selva' y su 'Quiero ser como tú'

Ambientada en India, y adaptando las historias del siempre tormentoso Rudyard Kipling, esta película de 1967 era campo abonado para las acusaciones de racismo. Sin embargo, estas no llegaron muy lejos, salvo que uno se fijara en esos buitres peinados como los miembros de The Beatles... o en el Rey Lui, el líder de los simios que intenta atraer a Mowgli a su bando. 

En su momento, Disney supo ver los peligros de este personaje: la primera opción para ponerle voz fue nada menos que Louis Armstrong (que no había podido intervenir en Los aristogatos por problemas de salud) hasta que el compositor Richard M. Sherman señaló que poner al músico de jazz más ilustre de todos los tiempos como voz de un orangután tendría connotaciones muy desagradables. Así pues, su intérprete fue el italoamericano Louis Prima. 

Sin embargo, esto no ha librado de acusaciones tanto al personaje como a su número musical, ese Quiero ser como tú al que Baloo se suma llevando una falda de plátanos. Con el tiempo, esto ha llevado a la consabida restricción de edad en Disney+, así como a mensajes de advertencia que advierten de su contenido potencialmente ofensivo. 

'La sirenita': ¡Eric, quita las manos!

Uno de los clásicos por excelencia de Disney, y responsable del renacimiento del estudio en los 90, esta película de 1989 también se ha llevado su ración de controversia y acusaciones. Las cuales resurgieron este año con el estreno del remake en acción real protagonizado por Halle Bailey, y cuyo centro está en la relación entre Ariel y ese príncipe Eric que podría ser muy mayor para ella. 

Como señalan los fans más tiquismiquis, la hija del rey Tritón tiene 16 años en la película, mientras que su enamorado ronda los 21. Algo que no solo crea resonancias incómodas por la diferencia de edad, sino que convierten la interpretación de Bésala (una de las mejores canciones de la película) en un momento espinoso: habiendo perdido su voz, Ariel no puede consentir a los avances de un pretendiente cinco años mayor. 

El miedo a una reacción airada ante este detalle obligó al mismísimo Alan Menken (recordemos: ocho Oscar) a cambiar la letra de Bésala para el remake, evitando así acusaciones de machismo asociadas a tópicos tan tristes como ese "calladita estás más guapa". Acusaciones que, además, podrían verse estimuladas por el mal rollo que da las versiones CGI de Sebastián, Flounder y Scuttle.  

'Pocahontas' y el romance del genocidio

Llegado 1995, la primera princesa nativa americana de Disney con su propio filme debería haber borrado el recuerdo de Peter Pan y sus caricaturas, celebrando la inclusión a los sones de Colores en el viento. En parte, así fue, pero la cinta no se sustrajo a críticas debidas al contraste entre un guion más o menos edulcorado y una historia real que tiene poco o nada de romántica.  

Los hechos registrados sobre Pocahontas (cuyo verdadero nombre podría haber sido Amonute) hablan de una chica secuestrada por forasteros, obligada a convertirse al cristianismo y casada a la fuerza para asegurar un tratado de paz entre los colonos ingleses y los nativos. Su muerte a los 21 años se debió a las secuelas de un viaje a Inglaterra, donde fue presentada como un ejemplo de 'noble salvaje' ante la corte de la reina Ana. 

De esta manera, por muchos matices trágicos que se incluyeran en la película, esta nunca estaría a la altura de una historia real que sirvió como triste preludio a ese genocidio de los nativos americanos sobre el que se cimenta la creación de Estados Unidos. En cuanto a la voz en VO de Mel Gibson como interés romántico de la heroína, resulta, con el tiempo, un chiste malo capaz de exasperar incluso a la Abuela Sauce. 

'La bella y la bestia': ¿Alguien dijo "Estocolmo"?

En 1991, cuando esta película llegó a los cines, el análisis de los filmes Disney estaba ya del todo en manos de una posmodernidad dispuesta a analizar hasta su más mínimo detalle. Por más que Gabrielle Barbot de Villeneuve publicase la versión original de La bella y la bestia en 1740, su adaptación animada no iba a librarse de este escrutinio, el cual puede tomar giros bastante siniestros.  

Porque la historia de Bella y su peludo galán no deja de ser la de una joven que, a base de amor, paciencia y cuidados, consigue transformar a una fiera en un amante ejemplar. Algo que, a poco que uno conozca las dinámicas de una relación abusiva, se parece mucho a las esperanzas de esas mujeres que aguantan los malos tratos pensando que podrán cambiar a sus parejas.

Debido a esto, La bella y la bestia ha sido acusada sin ambages de justificar la violencia doméstica, un tema que hoy en día resulta necesario coger con pinzas. Y, si bien el espectador puede abordar este matiz de la historia con espíritu crítico, disfrutando pese a él de una cinta extraordinaria, el remake de 2017 no se libró de ataques por perpetuar dicha narrativa. 

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Redactor 'Cinemanía'

Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Sus textos se publican en la revista Cinemanía desde 2005. Ha sido miembro fundador de Canino, web dedicada a la cultura popular, y redactor en el diario ADN, además de colaborador en medios como Mondo Sonoro, Neo2 y On Madrid-El País.

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