Comedor escolar
Comedor escolar del colegio concertado Hipatia, en Rivas Vaciamadrid. JORGE PARÍS

Nueve de la mañana. Empiezan las clases. Recreo. Clases. Nuevo parón: comedor. Se reanudan las clases. A casa. Este es el día a día en la mayoría de colegios, pero empieza a crecer una corriente que apuesta por convertir el comedor en un aula más del centro, un espacio donde la educación continúe y los alumnos adopten un rol activo.

En el caso de la escuela infantil pública La Jara, en el barrio de Usera (Madrid), donde el equipo docente comenzó hace tres años a introducir fruta y verdura ecológica, de proximidad y de temporada en el menú del comedor escolar. Actualmente han sumado el pan pero siguen sin poder permitirse la carne y el pescado porque "se nos va el presupuesto", explica la educadora Almudena Abellán.

Entendiendo la alimentación como una "herramienta educativa", cada día un grupo de alumnos de este centro de 0 a 6 años cuenta los alumnos que hay en cada clase, los anota y lo comunica en cocina, donde a su vez les informan del menú del día, que también apuntan y trasladan a sus compañeros. "Es una forma de contar, escribir y adoptar una responsabilidad", cuenta Abellán, que asegura que la transcición agroecológica del comedor —para la que han contado con el asesoramiento "fundamental" de la cooperativa Garúa, responsable del proyecto Alimentar el cambio— requiere una "gran organización de los pedidos" para que al final no salga más caro.

Este cambio, al que los niños (unos 100) se han adaptado sin complicación, implica comer lo que la tierra ofrece en cada estación del año para reducir también la huella ecológica de lo consumido y seguir las recomendaciones de reducir la ingesta de carne. Un aspecto al que, en cambio, los padres sí ponen pegas por "la cultura de comer carne", expone Isabel Fernández, de la plataforma Ecocomedores. "Para mí fue un punto a favor para elegir la escuela. Además, en casa estoy totalmente despreocupada porque sé que en el cole come verdura", comenta una madre de La Jara.

El colegio concertado Hipatia de la Fundación Fuhem, en Rivas Vaciamadrid, es otro de los pioneros en la Comunidad de Madrid en apostar por alimentos ecológicos, de temporada y proximidad, y por la reducción de proteína animal y el desperdicio. El coordinador del comedor, Carlos Carricoba, explica que hace cuatro años y por el compromiso ecosocial del centro se decidió iniciar la transición hacia productos ecológicos, de proximidad y de temporada. "El cambio ha costado bastante", reconoce, pero actualmente "lo más lejano que comen son los plátanos de Canarias" e incluso los alumnos han acostumbrado su paladar al pan integral, que se sirve dos veces a la semana y a los dos días al mes de menú vegano. "Queremos enseñar que también te puedes alimentar sin proteína animal y no es algo tan radical como se piensa", señala.

Los niños se lo comen, pero prefieren los fritos

De los 1.100 menús que se sirven a diario, 64 están adaptados por alergias, enfermedades, religión o motivos éticos. Para reducir el desperdicio alimentario y "empoderar a través de la responsabilidad", los alumnos de 5º y 6º de Primaria se sirven solos la cantidad de comida que desean (dentro de un mínimo y máximo fijados por el centro). Este comedor cuenta con los techos más altos de lo habitual, lo cual reduce el nivel de ruido, y los monitores reciben formación en inteligencia emocional, lo cual, aseguran, ha reducido los conflictos. Además, "hay carteles para informar de la huella ecológica que dejamos al consumir algo que viene de lejos", añade Carricoba.

Los alumnos se muestran contentos de su comedor, aunque cuando les preguntas qué es lo que más les gusta se comprueba cómo los "huevos fritos" o las "patatas fritas" siguen dominando sus paladares. César Alonso (11 años), a pesar de saber que "la comida ecológica es sana y está rica", cambiaría algunas cosas: "No poner tanta verdura". Adriana Santiago y Daniela Salicio (ambas de 6º Primaria) coinciden al destacar que lo que más les gusta es que les dejen servirse la cantidad que quieren. Ambas salivan cuando toca san jacobo —"casero", puntualiza Carricoba—. "Cambiaría la hamburguesa de lentejas", comenta Adriana. "Me lo como todo casi siempre porque me gusta y me parece sano", asegura Daniela.

FOTO: Daniela, César y Adriana, en el comedor de su colegio. | Por JORGE PARÍS.