Grupo de consumo
Reparto en la colmena de la calle Fundadores (Madrid). JORGE PARÍS

Aunque los primeros grupos de consumo españoles surgieron en la década de los 90, es desde hace diez años hasta ahora cuando están experimentando su expansión, en paralelo al auge del comercio justo y empujados principalmente por la tendencia actual de cuidarse llevando una alimentación sana y equilibrada.

Pero los grupos de consumo no son solo comer alimentos saludables por salud, sino por la economía local y por cuidar el medio ambiente. Según explica Jordi Menéndez desde la asociación Justicia Alimentaria, "es muy difícil saber el número exacto de grupos de consumo que hay en España, es algo muy dinámico, se crean y desaparecen constantemente".

Cualquiera puede montar un grupo de consumo. "Basta con agrupar a al menos cinco amigos, vecinos o compañeros de trabajo, gimnasio o curso y buscar un lugar que les venga bien a todos para realizar un día a la semana los repartos de los productos, que vienen directamente de la mano de los productores". Así lo explica el agricultor Pablo Martínez, que gestiona la huerta La Madre Vieja en Ciempozuelos (Madrid). "Servimos a 11 grupos de consumo, más tiendas y supermercados de la zona", cuenta.

Además de beneficiarse de la compra directa de alimentos frescos a productores de proximidad, entrar a formar parte de un grupo de consumo implica asumir alguna responsabilidad de gestión del propio grupo —gestionando los pedidos, preparando las cajas de los consumidores, ocupándose de la comunicación o las redes sociales...—. Sin embargo, "no todos tenemos esta capacidad de militancia en ciertos momentos de nuestra vida", explica Menéndez.

"Ahora están aumentando los grupos de consumo formados entre amigos y están perdiéndose los que requieren militancia", coinciden desde 2decológico, un grupo de consumo gestionado. Un proyecto cooperativo a caballo entre el modelo original de grupo de consumo y lo que ahora se conoce como "colmenas", que son grupos de consumo gestionados por la empresa La Colmena Que Dice Sí, liberando así a los consumidores de toda implicación.

Esta nueva fórmula, ideada en Francia en 2011, llegó a España en 2014. Comenzaron 21 colmenas que servían como punto de conexión entre 158 productores y 9.204 consumidores. Hasta junio de 2018, las colmenas en funcionamiento han ascendido a 105, con 586 productores y 75.404 consumidores que cada semana hacen su pedido online y posteriormente acuden al punto de reparto de su colmena para recoger la mercancía comprada.

Fátima Sounssi gestiona una colmena en el distrito Salamanca de Madrid desde mayo de este año. Cada martes, el local del que es propietaria en la calle Fundadores se impregna de un olor a tierra que te traslada al campo. Allí acuden jóvenes, madres trabajadoras, personas mayores, familias, etc. con sus carros de la compra para recoger los pedidos que previamente han realizado y pagado por internet. A este trajín de gente se une uno de los productores madrileños que sirve a la colmena, que ofrece una pequeña degustación de sus productos y resuelve dudas de todos los clientes.

Por esta labor de gestión, Sounssi obtiene "unos 200-300 euros al mes", que viene del 10% del total de las ventas de los productores en su colmena. Estos meses le han servido para "coger fuerza" y testar la fórmula en el barrio. Ahora, esta francesa afincada en España desde hace 15 años se plantea realizar una acción de "buzoneo" para llegar a más gente.

Fátima Sounssi. FOTO: JORGE PARÍS

¿Cuánto cuestan los productos?

El precio lo fija el propio productor. En el caso de las colmenas, se añade una comisión del 20%, que se reparte a partes iguales entre el responsable de cada colmena y la "colmena madre", como llaman a la empresa francesa y matriz de estas iniciativas, que en España emplea a seis personas y en toda Europa a unas 100.

Los productores se encuentran a una media de 43 kilómetros de distancia de sus consumidores. A ellos les sirven cada semana no solo fruta y verdura, sino también carne, quesos, vinos, pan, mermeladas o pasteles.

Pedro Altamirano gestiona otra colmena en el barrio de la Concepción de Madrid. Es el responsable de Sweet Suomi, un espacio gastronómico que da de comer a los trabajadores de la zona cada día y además, una vez por semana, distribuye los pedidos a los consumidores. "Pruebo los productos en el restaurante y los selecciono para facilitar a los clientes el acceso a productos de calidad y difíciles de conseguir", explica el empresario.

En su colmena, por ejemplo, sus 187 consumidores inscritos pagan a cuatro euros el kilo de tomates rosa o a 1,60€ el kilo de calabacines. "La calidad y el sabor compensan", argumenta. Coincide con Sounssi al señalar que hacer la compra de esta forma "es una filosofía" y una forma de "recuperar la conciencia en lo que se consume, además de disfrutar del sabor de la comida, que impacta mucho, pues los productos se recolectan la tarde anterior al día de reparto", cuenta esta gestora.

Mercedes Retuerta regenta junto a sus dos hermanos y marido El Huertecito, en San Martín de la Vega. Campo que su padre empezó a trabajar en 1977. "Él vendía a Mercamadrid, pero con el riesgo de no saber a qué precio te vendían el género o si te lo habían tirado. Nosotros trabajamos con mercados y grupos de consumo. En dos años, hemos pasado de servir a 3 a traer productos para 35 colmenas", cuenta entre pregunta y pregunta de los clientes que acuden a recoger sus compras.

Esther Rodríguez. FOTO: JORGE PARÍS.

Una de ellas es Esther Rodríguez, bióloga de 50 años y madre de una familia de cuatro miembros. "La primera vez que compré me pareció interesante y todas las semanas he repetido por la calidad, porque son productos de cercanía y por mi compromiso con el medio ambiente", explica. La carne, verdura, huevos y yogures que compra no han recorrido medio mundo para llegar a su mesa, con la contaminación que esto implica.