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El ahorro energético y la moda: ¿abogados en bermudas y banqueros en chanclas?

Chris Noth en 'And Just Like That'
Y Mr. Big por fin se quitó la corbata
HBO Max

Si habéis visto  Sexo en Nueva York recordaréis el capítulo en el que el serio bufete de abogados de Miranda decidía instaurar el ‘viernes casual’. La cosa se fue tanto de las manos (algún hombre apareció con una camiseta transparente) que decidieron cancelarlo en ese mismo momento.

A propósito de las idas y venidas de de la corbata en relación al ahorro energético de las que tanto se está hablando estos días hemos querido hacer un repasito a los códigos de vestimenta laboral más elementales que se han dado a lo largo de la historia hasta llegar justo a antes de ayer (más o menos).

Los uniformes, idea de Carlos II de Inglaterra

Lo cierto es que la uniformidad laboral fue creada para ‘anular’ las variables estéticas de los trabajadores y que así se centraran en su trabajo. Esto no es nuevo, nos tenemos que ir hasta 1666, a Inglaterra. Allí su rey Carlos II, decidió alejarse de la moda francesa imperante en la época y decretó que los hombres de su corte debían vestir con un terno sencillo con chaleco y corbata, el precursor de lo que es a día de hoy el traje masculino. Vamos, que acicalarse como en el continente era una pérdida de tiempo y había que centrarse en lo importante.

Un siglo después llegaron los revolucionarios franceses, que para diferenciarse de las élites monárquicas adoptaron como uniforme pantalones largos (frente a los calzones por las rodillas muy ornamentados de los nobles) y la carmagnola (por compararla con una pieza actual, una especie de sahariana). 

La culpa va a ser de los 'viernes casual'

Estos dos momentos conformaron el inicio de los que en moda se conoce como ‘la renuncia masculina’, que se afianzó en el siglo XIX. Es decir, el momento en que el vestir de los hombres y mujeres se separó completamente y ellos simplificaron, casi hasta el aburrimiento, su prendas propias. Desde entonces lo habitual era ver a los hombres trabajadores (en oficina) con traje y corbata.

'Mad Men'
Mad Men, ambientada en los años 60, refleja como pocas ficciones los códigos de vestimenta que imperaban en oficina, cenas de negocios, fiestas de empresa etc...
Cinemanía

Luego llegaron los famosos ‘viernes casual’, a mitad del siglo XX, con la intención de que el último día laboral fuera más relajado y por tanto facilitara las interacciones más lúdicas entre los empleados. 

Más tarde llegaron las empresas tecnológicas y las startups donde ver una corbata en una oficina era casi tan probable como ver un extraterrestre. Y finalmente la pandemia, que nos encerró a todos en casa y a los trajes en el armario. Las cosas, después de aquello, no han vuelto a ser lo mismo. Aunque el cambio es menos radical de lo que pueda parecer por los titulares de los últimos días.

La corbata a debate viene de lejos

Que si la corbata da calor o si es clasista no es un debate nuevo. Ya hace diez años que el por entonces ministro de Industria, Miguel Sebastián, y José Bono, presidente del Congreso, se ‘enzarzaban’ en una acalorada discusión (por aquello de si era conveniente llevar corbata en verano). Y qué decir de la entrada en el Parlamento de Podemos, que hizo que se convirtiera en habitual ver en los escaños a hombres en sudadera y camiseta. Todo ello ha llevado a que los hombres, nuevamente, vuelvan a ‘levantarse’, en este caso contra la obligatoriedad del traje, quizá sinónimo en occidente de ‘trabajo de oficina’. Pero lo cierto es que no es muy probable que esta costumbre desaparezca a corto plazo.

Miguel Sebastián en una imagen de archivo.
Miguel Sebastián en una imagen de archivo.
EUROPA PRESS

Las revistas de moda lo han intentado

Las revistas de moda llevan años hablando de faldas para hombres, de trajes de chaqueta con bermudas o simplemente de salir del binomio gris/azul para ambientes laborales. Es fácil echar un vistazo a nuestro alrededor para ver que la cosa no está cuajando mucho. Sobre todo en ambientes considerados más formales o de ámbito más clásico (despachos, bancos, oficinas). 

Síntoma de esto es que los abogados sigan llevando toga en el juzgado o los médicos bata en la consulta. Este tipo de prendas, equivalentes al traje en una consultora, son ‘disfraces’ que nos predisponen a lo que va a pasar en este ambiente. Si nuestro traumatólogo se presenta con bañador y chanclas vamos a desconfiar mucho más sobre sus capacidades para operar nuestra rodilla. Lo mismo pasa si fuera de esta guisa la persona a la que vamos a confiar nuestros ahorros.

Las mujeres

¿Y qué pasa con las mujeres? La famosa ‘renuncia masculina’ de la que hablábamos al principio hizo que el vestuario femenino se volviera todavía más extravagante. Los hombres volcaban en sus esposas e hijas las excentricidades, que demostraban poderío económico, y que ellos ya no podían llevar. Pero la Primera Guerra Mundial y la incorporación de las mujeres al trabajo masculinizó también lo que nos ponemos nosotras. Pantalones, camisas, zapatos planos… Y así fue evolucionando el armario femenino, incorporando cada vez más prendas que parecían reservadas para ellos. Fue en los años 80, con la normalización de las mujeres en puestos de poder cuando el ‘power suit’ se popularizó

Lo habitual era ver en las oficinas a mujeres y hombres vistiendo prácticamente igual. La mimetización estética que buscaba la mimetización laboral. Margaret Thatcher en el siglo XX o Hillary Clinton en el XXI son un buen ejemplo de esto. Pero lo cierto es que parece que mientras que el trabajo femenino en puestos de relevancia o poder se consolida la imagen de las mujeres vuelve a ir un poco más por libre. Podemos hablar de Yolanda Díaz en España o Jacinta Arden en Nueva Zelanda. Eso sí, esto no quiere decir que el vestuario laboral femenino se esté relajando, sino que está buscando nuevas formas de expresión.

Hillary Clinton y Nicolas Sarkozy
Hillary Clinton y Nicolas Sarkozy, mimetizados
©GTRESONLINE
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