Un techador aspirante a cineasta, un genio del humor y un maestro en narices postizas: así nació 'El hombre elefante'

El rodaje tuvo más imprevistos de lo que parece, pero finalmente todas las piezas encajaron en la obra que consagró a David Lynch
Fotograma de 'El hombre elefante'
Fotograma de 'El hombre elefante'
Cinemanía

El joven productor ejecutivo Stuart Cornfeld no podía quitarse de la cabeza la película que había visto en el Nuart, ese antro de cine marginal en el que habían triunfado Pink Flamingos o las vixens de Russ Meyer. Se llamaba Cabeza borradora, y versaba sobre una criatura monstruosa que habita en un inmueble decadente. Cuando consiguió el número de teléfono de su director, un tal David Lynch, y le preguntó en qué estaba trabajando, su respuesta le dejó boquiabierto: “Reparo tejados. La acogida no ha sido buena y no tengo ninguna propuesta”.

Por aquellos días, Cornfeld intentaba levantar una compañía llamada Brooksfilms, fundada por el rey de los chistes escatológicos, el inefable Mel Brooks. Junto a él trabajaba Jonathan Sanger, que también alternaba con artistas en peculiares situaciones laborales. En una de esas rocambolescas anécdotas que sólo pasan en Hollywood, la niñera de su hijo le hizo llegar un guion que había escrito su novio junto a un amigo. Se titulaba El hombre elefante y estaba basado en la desgraciada vida de Joseph ‘John’ Merrick, un hombre monstruosamente deformado por el síndrome de Proteus en la Inglaterra victoriana. A Brooks le entusiasmó el proyecto, pues veía en la marginalidad y desprecio de la sociedad hacia Merrick un paralelismo con su condición de judío pero, como el resto de Hollywood, no tenía ni idea de quién era Lynch y, de hecho, quería que la película la dirigiera Alan Parker.

Cornfeld organizó un pase para su jefe de Cabeza borradora, lo que desanimó sobremanera al director. Según ha contado él mismo a la AFI: “Cuando oí que quería verla me preparé para decir adiós al proyecto. Sin embargo, al acabar la proyección, Mel Brooks salió de la sala con un portazo, se acercó a mí, me abrazó y me dijo: ‘Estás loco, pero te adoro. Harás la película”. El cineasta podría, por fin, bajarse de los tejados.

Fotograma de 'El hombre elefante'
Fotograma de 'El hombre elefante'
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El casting perfecto

La tragedia de El hombre elefante llevaba en los escenarios de Broadway desde 1977, pero los productores querían otra cosa: querían realismo. Hasta entonces, John Merrick había sido encarnado por algunos de los hombres más atractivos del universo, desde Mark Hamill a David Bowie, que lo interpretaron sin maquillaje, como lo haría años más tarde el Bradley Cooper pre-Irina. Y es que no era nada sencillo ponerse en la piel y el deforme esqueleto de quien su benefactor Frederick Treves definiera como “el espécimen humano más abominable que jamás haya existido”.

Brooks quería a Dustin Hoffman, pero, Lynch y Sanger se habían enamorado del Calígula de John Hurt en Yo, Claudio. A fin de cuentas, el emperador también tenía frecuentes dolores de cabeza y problemas para conciliar el sueño. Por si fuera poco, Hurt ya había trabajado con Brooks en La loca historia del mundo y estaba, además, a punto de convertirse en una estrella: había sido nominado al Oscar por El expreso de medianoche y todo el mundo recordaba al simpático octavo pasajero reventando su tórax en Alien. El rodaje se realizaría en el Reino Unido en aras de captar el ambiente victoriano. Para alguien como Lynch, con tan poca experiencia en el mundo del cine, encontrarse con los artesanos británicos que habían crecido trabajando en películas del estudio Hammer fue una bendición. 

Allí estaba, por ejemplo, el director de fotografía Freddie Francis, que a sus colaboraciones con Peter Cushing y Christopher Lee sumaba ser el director de fotografía de maravillas en blanco y negro como Hijos y amantes, Sábado noche, domingo mañana o Supense (The Innocents). Era el indicado para rodar en blanco y negro… sólo que, por aquella época, no se estilaba, como recordaba Francis en el libro de la película: “Había muy poca película en blanco y negro. Hubo un momento en que tuvimos que parar porque no había más cinta en todo el planeta”. La personalísima estética del filme se completaría con la utilización del formato Cinemascope, asociado a los westerns, lo que según el experto en Lynch Michel Chion era fundamental “para aumentar el vacío alrededor de los personajes”.

Un joven Lynch se prepara para rodar 'El hombre elefante'
Un joven Lynch se prepara para rodar 'El hombre elefante'
Cinemanía

Narices postizas, apestosas cabezas

El último en sumarse al equipo acabaría siendo un fichaje decisivo. Dos semanas antes de rodar, Lynch se enfrentó a un problema elefantiásico: en un arrebato de narcisismo, había pensado que él mismo sería capaz de diseñar el rostro y el cuerpo de Merrick, aplicando sus estudios de Bellas Artes. “Tuve la idea de crear un traje que pareciera realmente orgánico, y que no precisara de cinco horas de maquillaje diario. En teoría era increíblemente perfecto”. 

Sin embargo, cuando John Hurt se lo probó, tras adelgazar en el rodaje de Las puertas del cielo, el traje le venía enorme, y el resultado era decepcionante. “Fue la semana y media más deprimente de mi vida”, recordaría después Lynch. Así que hubo que llamar a Christopher Tucker, un antiguo cantante de ópera que cambió de trabajo cuando descubrió lo bien que se le daba crear narices postizas para sus personajes. 

A Tucker se le permitió acceder a las escayolas de los restos de Merrick, conservados en el London Hospital, para realizar sus propios moldes de su cabeza y esqueleto. Para su sorpresa, la institución permitió que se los llevara a casa: “Apestaban. Lo primer que hice fue lavarlos. Debió ser el primer baño que se habían dado en 100 años”. Aquello le llevaría siete semanas, en sesiones de 20 e incluso 49 horas y, mientras Tucker acababa su armadura de 22 piezas de escayola, hubo que modificar tanto el plan de trabajo como el guion: hasta bien entrada la película, solo vemos las sombras del Hombre Elefante o al susodicho con la cara cubierta por un pañuelo. Luego, claro está, empezó la tortura para Hurt: “Una cosa es sentarte en una silla durante siete horas viendo como eres cada vez más guapo. Pero yo era cada vez más feo. Era incómodo y no podía comer una vez me ponían el maquillaje.

La tortuosa rutina de un maquillaje histórico

Todo empezaba a las 5 de la mañana, con la cabeza rapada, y a mediodía ya tenía cabeza y rostro hechos. Luego faltaba el cuerpo. Hasta la tarde no podíamos rodar”. Durante todo el día, Hurt sólo ingería dos huevos crudos y un zumo a través de una pajita a las 9 de la mañana. El rodaje era tan exigente físicamente que sólo se rodaba cada 48 horas. John Hurt llegó a telefonear a su mujer pare decirle: “Creo que por fin han conseguido encontrar el modo de que no disfrute de una película”. Más tarde declararía: “Si tuviera que seguir este proceso en un papel de televisión, con uno de esos contratos de siete años, creo que el suicidio sería una buena opción”.

Fotograma de 'El hombre elefante'
Fotograma de 'El hombre elefante'
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Hurt, sin embargo, no parecía quejarse demasiado, más allá de alguna vez que, según Tucker, se quedó dormido en estado de embriaguez mientras le aplicaban el maquillaje. Su manera de susurrar y silbar palabras es magnífica. Cuando falleció, Mel Brooks publicó un tuit desgarrador: “Llevó a esa película (El hombre elefante) a la inmortalidad cinematográfica”. Y es cierto que en pocas ocasiones se ha visto tan bien plasmado en una pantalla todo lo que de frágil y sensible tiene un ser humano. 

Distinto era el caso de Anthony Hopkins, que encarnó al filantrópico Doctor Treves. Parece que la estrafalaria personalidad de Lynch casaba bastante mal con un iracundo Hopkins, en el cénit de su alcoholismo, y que estaba obsesionado con regresar a su casa de Malibú antes de que el fisco británico (era lo que en Reino Unido se conoce como un tax exile, exiliado fiscal), le echara el guante por permanecer más tiempo de lo debido en suelo inglés.

El éxito de El hombre elefante fue tal que muchos de los que se entusiasmaron en las sesiones de medianoche con la casi proscrita Cabeza borradora acusaron a Lynch de haberse vendido a Hollywood. La industria, por su parte, le recibió con los brazos abiertos y ocho nominaciones a los Oscar, gracias a que había multiplicado los 5 millones de presupuesto por 25 de recaudación. Todavía hoy es su mayor éxito comercial (si exceptuamos Twin Peaks). 

De la gala se fue de vacío, en un año en que competía con Gente corriente, que incluso llegó a eclipsar a Toro salvaje. Aun así, es historia de los Oscar: después de ver el trabajo de Tucker, la Academia creó una categoría dedicada al Maquillaje. Hasta Michael Jackson se emocionó con el filme e intentó comprar los restos de Merrick, por una cifra fabulosa, en 1987. Y, para el cine, supuso el nacimiento de un genio llamado David Lynch que, todavía hoy, sigue alimentando con inquietantes imágenes nuestras más creativas pesadillas.

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