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Cines Zoco, siete años gestionados por su propio público

Visitamos los cines de Majadahonda para celebrar su séptimo aniversario como sala autogestionada
Cines Zoco
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No hay cinéfilo de pura raza que, en tiempos de VOD y macrosalas, no eche en falta el aura de los clásicos minicines de barrio, hoy por desgracia en vías de extinción. Si bien quedan pocos, los que perviven esconden raíces muy profundas; enrocados, se mantienen en sus trece, decididos a defender hasta el final la experiencia en una sala oscura como un acto social irremplazable. Los Cines Zoco, en el madrileño municipio de Majadahonda, son el mejor ejemplo de esta forma de resistencia.

“Estos habían sido desde siempre los cines del pueblo: nuestro hogar, nuestras salas de toda la vida. No podíamos permitir que desapareciesen”, cuenta Javier López, socio desde los inicios de la fundación sin ánimo de lucro que, en 2013, rescató a los Zoco –por aquel entonces, Renoir Majadahonda– de su desaparición definitiva a causa de la crisis. “No logramos que mantuviesen abiertos los cines, así que decidimos convencer a los dueños del local para que nos lo arrendasen y así continuar nosotros con las proyecciones”.

Abiertos en 1979 por el grupo La Dehesa, sería dos décadas después, en la antesala del nuevo siglo, cuando el auge de los grandes complejos cinematográficos les obligaría a reinventarse: conscientes de la imposibilidad de competir con tamañas cadenas de exhibición, los humildes minicines majariegos tomaron la arriesgada decisión de comenzar a optar por una cartelera más personal e independiente, introduciendo poco a poco pases en versión original subtitulada.

Cines Zoco
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Una apuesta que, lejos de restarles público, les ayudaría a consolidarse: habiendo encontrado un espacio propio, bien distinto del que aspiraban a ocupar los multiplexes, lograron fidelizar a un amplio grupo de espectadores maduros que, apasionados del cine, sentían ya desde sus orígenes aquellas butacas como propias; cálido refugio frente a la frialdad de las inmensas salas –tan perfectamente aclimatadas como impersonales– características de las grandes exhibidoras.

Llegado el año 2013, sin embargo, y tras 34 años de funcionamiento ininterrumpido, un ERE les obligaría a cerrar. Los majariegos, decididos a frenar su clausura, crearon una plataforma ciudadana con el fin de recabar firmas para evitar lo inevitable. El enorme apoyo social conseguido no surtió efecto: el 17 de abril de aquel año, las salas, propiedad de los Renoir desde el 2000, bajarían la persiana de forma –a priori– definitiva.

Fue entonces cuando surgió la plataforma ciudadana Cines Zoco Majadahonda y las salas, rescatadas del abandono, cambiaron de manos: mediante un crowdfunding inicial, los vecinos recaudaron los 150.000 euros que permitirían su reapertura. Más de mil espectadores afectados por la situación se mostraron dispuestos a, en adelante, aportar una cuota anual de cien euros –cincuenta en el caso de los menores de treinta años– para mantener las cuatro salas en activo.

Espectadores que, sin dejar por ello de serlo, comenzarían a hacer las veces de exhibidores: “Los vecinos de Majadahonda decidimos juntarnos y reabrir los cines desde una óptica bien distinta; un proyecto colaborativo, abierto y democrático, donde pudiésemos seguir disfrutando de películas pequeñas que las grandes exhibidoras, en su apuesta clara por los blockbusters, nunca se decidirían a programar”.

El cine como instrumento educativo y cohesionador

Más allá de las películas de estreno semanales, los Cines Zoco cuentan con una amplia programación especializada y articulada en forma de ciclos temáticos: de la proyección de clásicos y retrospectivas de grandes cineastas –la última de ellas Perversidad, el emblemático film noir de Fritz Lang– a pases educativos y talleres de cine para colegios e institutos –el más reciente acerca de Her, el clásico contemporáneo de Spike Jonze–, pasando por su proyecto El Cine: Elemento Integrador, en el que pretenden colaborar con distintas organizaciones y asociaciones altruistas de la zona que apuestan por las mejores sociales.

“Antes de la pandemia, por ejemplo, organizamos algunas sesiones destinadas a niños con autismo: habilitamos una de las salas grandes e hicimos la proyección atenuando las luces, sin llegar a apagarlas del todo, y aminorando el sonido, buscando que en todo momento se sintiesen tranquilos y cómodos”, cuenta el socio fundador de los Zoco. “Además, en el vestíbulo del cine montamos una zona de recreo para que los niños, cuando se cansasen de ver la película, pudiesen salir de la sala y ponerse a jugar o a pintar”.

Pero su buque insignia, explica Javier López, son los Directores en el Zoco: desde el momento de su reapertura en forma de asociación, en diciembre del año 2013, han proyectado cada jueves una película española de estreno reciente, contando para la ocasión con la asistencia de su director en el coloquio posterior al pase.

Cines Zoco
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“Figúrate: en siete años hemos organizado ya 351 pases”, cuenta Javier. El 352 tuvo lugar el pasado 17 de diciembre, con la proyección de Los Europeos y la asistencia de uno de sus protagonistas, Juan Diego Botto, en ausencia del cineasta Víctor García León.

“Es un gusto ver la felicidad de los directores cuando se acercan hasta aquí y descubren un cine enteramente gestionado por la ciudadanía, por los propios espectadores”. Javier tiene claro cuál ha sido el hito más representativo en estos siete años de historia de la asociación: “Sin duda alguna, el gran bombazo fue el día que vino Almodóvar: estaban los Zoco hasta la bandera; tuvimos que habilitar dos salas para el pase y retransmitir el coloquio por streaming”, recuerda, orgulloso.

“Y otro pelotazo fue el año pasado, cuando estrenamos El Irlandés: al ser de Netflix solamente la ponían por un tiempo limitado en cuatro cines de Madrid, entre ellos el nuestro, y hubo gente que vino a verla incluso desde Toledo”.

David contra Goliat: los grandes retos de los Zoco

Desde el momento en que fue creada, la asociación designó una Junta Directiva compuesta por un equipo de expertos en diferentes ámbitos de la exhibición cinematográfica: de Jaime Gona, productor de cine y programador de los Zoco, encargado de conducir cada jueves los coloquios con los cineastas, a Fernando Villanueva, jefe de cabina desde los años 80 que, habiéndolo vivido en carne propia, conoce con todo lujo de detalles la transición del analógico al digital.

“En los Zoco de Majadahonda empezó todo el mundo: Ricardo Évole, fundador de los Yelmo, o Enrique González Macho, propietario de la cadena Renoir, dieron aquí sus primeros pasos”, recuerda el proyeccionista. “Porque en los 80 esto era una locura: no había otros cines en Majadahonda, así que todo el mundo venía a los Zoco. No dábamos abasto”. En la cabina, junto a los modernos proyectores digitales, conserva varias reliquias de aquella época: una empalmadora de celuloide y dos Galaxy 95, proyectores de 35 mm que, con la digitalización de las salas, fueron retirados, convirtiéndose prácticamente en piezas de museo.

Cines Zoco
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La historia que sigue es bien sabida: la aparición de los grandes multiplexes, el posterior auge de la piratería y la brutal subida del precio de las entradas se lo pondrían cada vez más difícil a las pequeñas exhibidoras. El reciente miedo al contagio ocasionado por la pandemia tampoco ha ayudado.

“Muchos de los espectadores que vienen a este cine lo hacen para apoyar el proyecto, orgullosos de la notoriedad y del valor diferencial que esto aporta al municipio de Majadahonda”, señala Javier. Su gran reto ahora, en la era dorada de las plataformas VOD, es continuar llevando a los jóvenes a la sala de cine.

“La media de edad de nuestros socios es de 64 años, por lo que la afluencia continúa siendo alta, pero lo que más echamos en falta es gente joven, de entre 17 y 35, que, en un futuro, pueda continuar adelante con un proyecto como este”, argumenta Javier López.

Un proyecto que desprende el aroma de otra época; tiempos en los que, tal como recuerda el jefe de cabina de los Zoco, “la asistencia a las salas era todo un ritual: no importaba tanto la película que ibas a ver –de hecho, muchas veces tomabas la decisión en el último momento, ojeando la cartelera antes de entrar–, sino el acto social de ir al cine”.

Una forma de amor –añeja pero irremplazable– a la gran pantalla que, gracias a proyectos como este, tenemos por seguro nos sobrevivirá.

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