[58FICX] 'Voices in the Wind': viaje al fin del duelo

Nobuhiro Suwa vuelve a Japón con una road movie que funciona como ritual terapéutico para el dolor de la pérdida.
Serena Motola en 'Voices in the Wind'
Serena Motola en 'Voices in the Wind'

Nobuhiro Suwa nació en Hiroshima, así que sabe bien lo que es llevar a la espalda el peso de toneladas de herencia con forma de tragedia y dolor. De hecho, es algo a lo que ha prestado atención en su filmografía, a lo largo de la cual siempre ha demostrado especial elegancia y rigor para tratar cuestiones donde la empatía, la escucha y los espacios de la puesta en escena son fundamentales. 

En la magnífica H Story (2001) expuso la imposibilidad de un remake de Hiroshima mon amour desde una visión muy personal tanto del recuerdo humano y social de los bombardeos atómicos como de su huella cinematográfica. En lo primero, el testimonio directo del horror, ahondó en el mediometraje A Letter from Hiroshima (2002), donde abundaban los diálogos y los testimonios cuyo único contraplano posible eran las calles actuales de la ciudad, cargadas del recuerdo segado de las víctimas. 

En Voices in the Wind, su nueva película y la primera que rueda en Japón desde que con Un couple parfait (2005) instaló su producción fílmica en Francia, vuelve a Hiroshima, pero con otro tipo de tragedia en mente: la del terremoto y tsunami que arrasaron la costa oriental de Japón en 2011, así como el accidente nuclear que tuvo lugar en la central de Fukushima. 

Los datos oficiales del violento terremoto son 15.893 muertos, 6.152 heridos y 2.556 personas desaparecidas en el desastre. Una brecha descomunal en decenas de miles de familias y toda la nación japonesa. Haru, la protagonista de Voices in the Wind, es una estudiante de instituto que perdió a toda su familia en el tsunami cuando tenía 9 años. Desde entonces, ha vivido con su tía en Hiroshima; pero cuando esta es hospitalizada, Haru vuelve a sentir el dolor de la muerte de sus padres en carne viva y decide escapar, regresar a su antigua casa de Otsuchi, en la prefectura de Iwate.

Siguiendo a la protagonista durante su camino hacia el norte del país, Voices in the Wind se transforma en una road movie con parada en diversos traumas y dramas personales que resuenan desde los testimonios concretos a generaciones enteras. Haru va conociendo y entablando conversación con distintos compañeros de viaje, quedándose prácticamente en silencio mientras le relatan sus propios dramas: desde una anciana que recuerda los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki a la familia de un inmigrante kurdo detenido que estuvo ayudando durante las labores de limpieza después del tsunami. 

Sin ápice de sentimentalismo, Suwa va engarzando los dramas mientras Haru los interioriza. La actuación de la modelo y actriz Serena Motola es sin duda una de las más grandes del año, enclaustrada sobre sí misma por el peso del dolor, hasta liberar presión con dos secuencias de llanto que desgarran el cielo. La puesta en escena de Suwa, que invoca los fantasmas con tanta naturalidad como en El león duerme esta noche (2017), es escrupulosamente respetuosa con los diálogos de sus personajes, a quienes filma hablando mientras comen.

El metraje es largo, pero el camino del duelo también resulta así para quien pierde a seres queridos y debe soportar la vida sin esa persona a su lado viéndola crecer. El clímax emocional de la película llega en la última parada del viaje de Haru, después de visitar las ruinas del lugar donde tanto tiempo atrás pudo ser feliz. En Namiita, una colina cercana a su pueblo, hay una cabina telefónica conocida como el Teléfono del Viento. Cada año, allí llegan miles de personas para descolgar el teléfono y hablar con sus seres queridos muertos, con la esperanza de que el viento traslade sus palabras.

Como ocurre con todo en el resto de Voices in the Wind, el momento catártico no es nada grandilocuente ni sentimentaloide. Es donde la interpretación de Motola se carga de verdad, evoca un diálogo sincero y deja la irritación de las lágrimas sobre la piel. Una herida que puede que nunca se llegue a curar del todo, pero que al menos encuentra una manera de cerrarse.

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