Ruben J. Lapetra Coordinador de Mercados
OPINIÓN

Default inminente de EEUU, el accidente fatal que nunca sucedió

La posibilidad de una suspensión de pagos del Gobierno de Estados Unidos es tan real como cercana en el tiempo si no se alcanza un acuerdo entre Republicanos y Demócratas sobre el techo de deuda.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a su homólogo estadounidense, Joe Biden.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a su homólogo estadounidense, Joe Biden.
Borja Puig de la Bellacasa / Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a su homólogo estadounidense, Joe Biden.

La foto de Pedro Sánchez en la Casa Blanca no ha podido llegar en peor momento. Todos los inversores del mundo están mirando al detalle cada paso que da Joe Biden en estos días en que la amenaza de un ‘default’ del Gobierno federal con la deuda es tan real como que tiene fecha: 1 de junio. Que Estados Unidos incumpla pagos sería lo más parecido a la caída de un meteorito de grandes dimensiones sobre los mercados financieros. Más allá del cráter que se pueda formar, lo peor sería la liberación de energía del impacto y la onda expansiva en forma de terremotos, tsunamis, incendios… La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, lo ha tildado de “catástrofe económica y financiera”, un evento de extinción para el liderazgo de EEUU o de la recuperación económica tras la pandemia.

Parece seria la cosa cuando los pronósticos de los economistas coinciden en señalar un escenario de pesadilla en 2 semanas en forma de crisis financiera, recesión, restricciones de crédito, tipos más altos y desempleo. La única buena noticia es que se está a tiempo de evitarlo. Siempre ha sido así. Todo depende de que los legisladores de EEUU den luz verde a un nuevo aumento del techo de deuda (31,4 billones de dólares) para evitar ese incumplimiento en los pagos. El límite se alcanzó en enero y desde entonces el Tesoro está haciendo malabares para cuadrar las cuentas, conseguir liquidez y ganar tiempo. Pero el final del camino ya está aquí y el tiempo se ha agotado. El ‘juego del gallina’ entre el Partido Demócrata y el Republicano acabará con algún damnificado porque alguien se tiene que apartar a un lado.

Haya o no acuerdo, la situación tendrá consecuencias. No existe un precedente histórico de que el Gobierno de EEUU supere la llamada fecha X, el punto de no retorno, sin que el Congreso termine elevando o suspendiendo el límite legal de endeudamiento. Ha sido así en 89 ocasiones, según la Fundación Peter G. Peterson. Sin ir más lejos, durante la presidencia de Donald Trump se modificó en tres ocasiones y se suspendió durante dos años gracias a que el Gobierno y el Capitolio estaban en la misma sintonía y color de partido. También hay casos (2011 y 2013 con Barack Obama) en los que la situación llegó al límite y una de las agencias de rating (S&P) retiró la triple A (máxima calificación de solvencia) al país.

Como es evidente, las consecuencias de un accidente financiero de ese calibre son gravísimas, pero solo el hecho de que nos estemos acercando ya tiene repercusiones. Hay una perturbación en el mercado inquietante. El rendimiento de la deuda de cortísimo plazo de EEUU, sus letras o T-Bills, está disparada al 5,7% (4 semanas), 5,2% (3 meses) y 5,1% (6 meses). En cambio, los bonos a largo plazo presentan rentabilidades de apenas el 3,4% (5 y 10 años), 3,8% (20 y 30 años). 

El anormal diferencial de la curva invertida (tipos a corto más caros que a largo) ya no solo tiene que ver con el riesgo de recesión, sino con el impago de la deuda. De hecho, los costes de los seguros (CDS) contra ese hipotético caso están disparados, lo que significa que hay inversores comprándolos porque realmente creen que hay posibilidades de que eso ocurra. Hay otros, en cambio, como Bill Gross -el que fuera rey de los bonos- que ven ridícula esa posibilidad y consideran que es un chollo poderr comprar deuda federal con rentabilidades tan altas.

Después de una pandemia (2020), una ola de inflación energética (2021) y una guerra (2022), lo que estamos viendo en 2023 es una crisis ‘normal’ a la vieja usanza pero quizá por eso más dolorosa en forma de quiebras bancarias y síntomas de credit crunch. Lo que faltaba era que los emisores con fama de pagar siempre en tiempo y forma, como los Lannister de Juego de Tronos, estén jugando con fuego con este asunto. Puede que contenga alguna clave de política exterior de cara a la reunión del G-7 que se está celebrando estos días, pero a la mayoría se no escapa que puede ganar EEUU con la situación.

Si hay default, las estimaciones de los economistas varían en función de su duración. Si es corto y puntual, la economía de EEUU podría contraerse en seis décimas (-150.000 millones de dólares), pero si se extiende en el tiempo puede llegar al 6% o 1,5 billones, es decir, el equivalente al PIB de un país del tamaño de España, según estimaciones del consejo asesor de economistas del Gobierno de EEUU. 

Se pueden llegar a destruir hasta 1 millón de empleos en EEUU y los costes financieros para familias y empresas subirían indudablemente. La onda expansiva alcanzaría a otras áreas económicas como Europa. Semejante destrucción no cabe en la cabeza por un desacuerdo político y, por tanto, tengan por seguro que no ocurrirá. Ahora bien, el pacto in extremis que previsiblemente alcanzarán Biden y el jefe republicano Kevin McCarthy contendrá recortes presupuestarios que lastrarán el crecimiento económico para lo que queda de 2023. Eso también es seguro, tanto como que la Reserva Federal (Fed) terminaría bajando tipos de interés si se produce una recesión. El que no se consuela es porque no quiere.

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