Rosario Pi, cineasta pionera y productora de la primera película sonora del cine español

Ilustre desconocida, produjo a Benito Perojo o Edgar Neville e influyó a Luis Buñuel con su película ‘El gato montés’
El gato montés, de Rosario Pi
El gato montés, de Rosario Pi
Flixolé

«Curiosa y pintoresca, doña Rosario Pi tenía alma de productora, pero carecía, desafortunadamente, de cuenta corriente». Así ironizó el escritor y director Edgar Neville sobre esta gran pionera del celuloide, injustamente olvidada por la mayoría de los críticos e historiadores. Hagámosle, pues, un poco de justicia.

Aunque Rosario Pi Brujas (Barcelona, 1899) nació en el seno de una familia burguesa, no tuvo una infancia fácil: la polio le provocó una parálisis que logró superar, pero la obligó a usar bastón el resto de su vida. Al morir sus padres, tomó las riendas de su empresa de importación de lencería. La cosa no cuajó y Rosario cambió de tercio, fundando y presidiendo la productora Star Films. Debutó con ¡Yo quiero que me lleven a Hollywood! (Edgar Neville, 1932), primera película sonora de la historia del cine español. El relativo éxito la animó a continuar en un negocio en el que se dejaba la piel. Como no le sobraba el dinero, buscaba espacios donde rodar gratis para ahorrar en escenarios: el hostelero Perico Chicote, el empresario Ricardo Urgoiti y otros amigos solían prestarle sus casas y locales. Así fue capaz de sacar adelante filmes como El hombre que se reía del amor (Benito Perojo, 1933) o Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1934), con guion de la propia Rosario.

En 1935 estrenó su primera película como directora, El gato montés, libérrima adaptación de una ópera de Penella que ella convirtió en un loco festival de costumbrismo gitano, cuyo surrealista desenlace encandiló a Luis Buñuel. Hoy puedes verla en Flixolé.

El estallido de la Guerra Civil pilló a Rosario rodando su segunda película, Molinos de viento (1938), protagonizada por María Mercader. Anunciada como «la primera opereta nacional», narra el desembarco de una goleta llena de marinos de guerra en un pueblo, donde enamoran a las mozas y enervan a los mozos. Molinos de viento no gustó ni un pelo a los intelectuales republicanos, que tacharon a Rosario de fascista y prohibieron el estreno del filme en su zona. Para más inri, todas las copias de la película fueron destruidas en bombardeos. Visto el panorama, Rosario huyó a París junto a María Mercader. Allí le llegó una golosa oferta para trabajar en Hollywood, pero prefirió irse a Roma, a los estudios Cinecittà, donde ejerció de ayudante de producción.

Al terminar la guerra, regresó a España, pero su cine era demasiado moderno para el régimen de Franco, que no le permitió rodar más. Como apunta la doctora en cinematografía Olvido Andújar: «Rosario introdujo en el cine español arquetipos femeninos autosuficientes y sexualmente liberados». Y esto lo pagó caro. Resignada, se dedicó a escribir en periódicos bajo el seudónimo de Rizpay, y, más tarde, gestionó un restaurante en Madrid. Allí murió, a los 66 años. Por desgracia, se quedó con las ganas de hacer otra película.

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