Morgan Freeman cumple 85 años: así se convirtió en una de las estrellas mejor valoradas del cine moderno

Así se forjó contra el racismo de la industria la voz más poderosa y la figura más presidencial del cine moderno.
Morgan Freeman en la premiere de 'Objetivo: Londres' (2016)
Morgan Freeman en la premiere de 'Objetivo: Londres' (2016)
Richard Shotwell

Morgan Freeman vio su primera película cuando tenía seis años. En aquella época, para poder pagar los 12 céntimos que valía la entrada de un cine matinal, se dedicaba a vender botellas vacías de leche y refresco que buscaba por las calles. Ya entonces tenía claro que quería dedicarse al arte de la interpretación. 

Sin embargo, tuvieron que pasar dos décadas para que, rozando la treintena, su carrera actoral diera comienzo, sobre las tablas neoyorquinas, con un papel en una producción del musical Hello Dolly! en la que también estaban Pearl Bailey y Cab Calloway.

El actor, nacido en 1937 en Memphis, tenía nueve años cuando se subió por primera vez a un escenario. Llegó a alistarse en el ejército, como muchos otros hombres sin dinero hacían en los años cincuenta, y trabajó como mecánico en las fuerzas aéreas estadounidenses. 

“Me gradué en 1955”, contó. “El Tribunal Supremo había abolido un año antes la separación por razas. Nuestro mundo se puso patas arriba. De un día para otro podíamos beber en las mismas fuentes que los blancos, ir a los mismos restaurantes y usar los mismos baños”.

El de Tennessee aterrizó en 1959 en la ciudad de Los Ángeles, donde al principio tuvo que ponerse a ejercer como mecanógrafo para ganarse unas perrillas. Pero aquel muchacho soñador estaba determinado a recuperar el tiempo perdido y aprovecharlo mejor. Acabó conociendo a gente que le puso en contacto con una escuela de interpretación que admitía negros y, tras formarse un poco, participó en una obra sobre el Movimiento por los Derechos Civiles que resultó un éxito.

Los inicios de Morgan Freeman

Tras debutar en la pequeña pantalla de la mano de un programa educativo para niños titulado The Electric Company, Freeman comenzó a abrirse un hueco en el mundo del cine con títulos como Who Says I Can't Ride a Rainbow! (1971) —su primera aparición acreditada—. Lo hizo en pleno boom de la blaxploitation, que permitió a muchos actores negros de su generación trabajar frente a las cámaras, mostrando a menudo de manera cruda la vida en los guetos afroamericanos.

Su papel de proxeneta en El reportero de la calle 42 (1987) le dio la primera de sus cinco nominaciones al Oscar con 50 años. El propio actor explicaría luego que, en cierto modo, ese rol era su papel favorito, porque le permitió acceder a una parte de sí mismo en la pantalla que no ha vuelto a usar jamás.

Después vino su magistral trabajo en Paseando a Miss Daisy (1989), donde encarnó al amable chófer negro de una antipática septuagenaria. Este personaje le valió una nominación a la estatuilla dorada, aunque Freeman se ha referido alguna vez al filme como “el gran error” de su carrera, porque en cierto modo llevó a que lo encasillaran en papeles de hombre de temperamento calmado y de líderes con autoridad que parecen fiables (aunque muchas veces no lo sean en realidad).

Aunque si de algo puede presumir Freeman, militante antirracista confeso, es de ser el intérprete negro que ha encarnado más personajes cuya raza no estaba especificada en el guion. “No tengo la sensación de que los actores negros jóvenes estén en deuda conmigo, pero una de las bendiciones de mi carrera ha sido poder interpretar personajes que no tenían una etiqueta”, confesó a un periodista. 

Así ocurría en Cadena perpetua (1994), donde dio vida a un preso proveedor de productos del mercado negro que, en la novela de Stephen King, era un hombre pelirrojo de origen irlandés.

Estrellas como Paul Newman, Clint Eastwood o Harrison Ford fueron tanteadas en un principio para el papel que Freeman interpretó en ese drama carcelario de Frank Darabont. Un filme que no hizo demasiado ruido en un principio, pero que logró obtener siete nominaciones a los Oscar (una de ellas fue para el actor), y en los últimos años ha encabezado varias veces el ránking de películas mejor calificadas de IMDb.

Grandes éxitos para caprichos

También puede sacar pecho Freeman de los buenos beneficios que le reporta su caché como actor. Y para muestra, un botón: aparecer durante diez minutos en Oblivion (2013) —de la que un crítico de The Guardian comentó que “dura demasiado, moviéndose lentamente de manera consciente, y parece uno de esos proyectos muy caros que se han escrito y reescrito muchas veces”— engrosó sus cuentas con 1,76 millones de euros.

No es de extrañar que la fortuna del actor, que a sus 85 años lleva ya unos cuantos disfrutando de su estatus de superestrella de Hollywood, se sitúe en la actualidad en torno a los 200 millones de dólares. Por supuesto, la nada desdeñable cifra le ha dado para poder dar rienda suelta a sus caprichos singulares, como comprarse varios jets privados, ponerse al frente de un club de blues en Clarksdale, o convertir su rancho de 124 acres en un santuario para abejas.

Freeman ha paseado su presencia imponente y su voz autoritaria por más de 120 películas. Cintas buenas, malas y regulares. Proyectos independientes y superproducciones. Largometrajes donde lo mismo le ha tocado interpretar al presidente de EE UU, que a Nelson Mandela o al mismísimo Dios. 

“No me intimidan los papeles principales. Me siento mejor en ellos. No me siento presionado, me siento liberado en esos momentos. Es lo que he nacido para hacer”, confesó un hombre que es padre de cuatro hijos de tres mujeres diferentes y, curiosamente, ha interpretado a lo largo de su carrera a tres señores que enseñan a boxear en tres trabajos distintos.

Primero encarnó a un entrenador negro que ayuda a un joven sudafricano blanco en La fuerza de uno (1992). Después, dio vida al detective Alex Cross, que entrenaba a un grupo de niños en El coleccionista de amantes (1997). Por último, se convirtió en el ex boxeador ciego de un ojo que ayuda a Hilary Swank a perfeccionar sus habilidades como púgil en Million Dollar Baby (2004).

El papel de Scrap le brindó a Freeman el primer (y hasta la fecha último) Oscar de su carrera. Una estatuilla que el actor guarda en su oficina, dentro de un armario construido en 1998 por un buen amigo suyo para albergar esa estatuilla que predijo que Freeman acabaría ganando. No en vano, el mueble llevaba incorporada una placa que rezaba: ‘Prohibido aparcar. Reservado para Oscar’.

¿Morgan Freeman jubilado?

De momento, la palabra jubilación no forma parte del léxico de Freeman, que en 2008 resultó gravemente herido en un accidente de coche que le fracturó el brazo izquierdo y le fastidió varias costillas. A pesar del susto, y de la fibromialgia que hoy padece, el actor se niega a bajar el ritmo y sus fans tienen la sensación de que Hollywood sigue contando con él en un tercio de las películas que produce cada año. 

“La gente me dice: 'Tómate un descanso'. Yo no necesito un descanso. Ya tengo descansos. Mi agente me dice: 'No hay nada hasta finales de agosto o septiembre', y entonces ya me puedo ir a relajar y a jugar al golf. Si amas lo que haces, no te cuesta nada hacerlo. El coste es no hacerlo”, manifestó en una entrevista, con esa poderosa voz, a lo José Sacristán, que le ha servido también para narrar algunos de los tráileres más emocionantes del cine, o para aparecer en varios anuncios de Visa.

Precisamente esa compañía estadounidense decidió romper su relación comercial con el actor después de que un grupo de personas acusara a Freeman de acoso sexual. Meses después, se demostró que la acusación había sido fruto de un reportaje manipulado, pero el tema ha dañado irremediablemente la imagen de Freeman. ¿Conseguirá el que ha sido una de las figuras más respetadas del cine moderno recuperar su reputación de hombre íntegro? Solo el tiempo lo dirá.

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