Teresa Viejo Periodista y escritora
OPINIÓN

Encantada de servirle

Una mujer bajando de un taxi en la ciudad de Nueva York.
Una mujer bajando de un taxi en la ciudad de Nueva York.
Unsplash/freddymarschall
Una mujer bajando de un taxi en la ciudad de Nueva York.

Llamémosla María. Lleva en la trasera de su coche, en un lugar bien visible, una pegatina que dice "Mujer tenías que ser". Cuenta que la luce orgullosa porque como todo tiene su cara y su cruz, esa frase que suele emplearse con desdén, también puede exhibirse con honra. Claro que es mujer y taxista. La mejor profesión del mundo porque le permite conocer a las personas y eso es un privilegio, confiesa.

Me he montado en su taxi huyendo de una caótica estación de Atocha donde los clientes y los vehículos del servicio público están en gresca permanente. Debo de tener una tendencia evitativa potente porque rehúyo el conflicto, en especial si estoy cansada, y hubiera arrastrado metros y metros mi trolley con tal de no pelearme por un coche. “Yo he dejado de prestar servicio en la estación porque aquello parece un diálogo de sordos. Con lo fácil que sería organizar una fila doble e indicar a los usuarios que elijan los coches de fuera hacia dentro. Sentido común y un poco de ingenio -explica María-. A mí lo que me gusta es observar, porque cuando te fijas en los detalles, descubres cosas que a simple vista no ves”. Con esta reflexión, María me tiene ganada. Nombrada “embajadora de la curiosidad” por méritos propios.

"A mí lo que me gusta es observar, porque cuando te fijas en los detalles, descubres cosas que a simple vista no ves"

Le pregunto desde cuando conduce un taxi y reconoce que empezó en el oficio nada más cumplir la mayoría de edad, porque su vocación siempre fue la de taxista. “Pero no porque me gustase la mecánica, ni los coches, sino porque me han educado en el amor a los demás y la mejor manera de ejercerlo es ayudándoles. Soy feliz llevando a un viejecito al médico y conversando con él durante el trayecto. Lo soy si alguien entra con cara seria en mi coche y, tras hablar un rato conmigo, le nace una sonrisa. A mí me gusta conocer a las personas cuando hablan de lo que les importa en la vida, pero muchas han dejado de hacerlo. A la gente le han dado un móvil y se han vuelto gilipollas”.

Una mujer utilizando su teléfono móvil dentro de un taxi.
Una mujer utilizando su teléfono móvil dentro de un taxi.
Pexels

La franqueza de María me hace reír, pero ella está seria porque sabe de lo que habla. Su trabajo se ha convertido en un experimento social, doméstico y bastante rudimentario, pero acertado. “Me niego a ser un borrego; lo que me llena en la vida es saber que dejo huella durante el poco rato que las personas pasan conmigo. Y mire si son muchas a lo largo del día. Por ejemplo, antes de usted he cogido a un hombre a quien le estaban acosando unas cámaras de televisión. Se ha montado agobiado y le he preguntado si podía ayudarle; me ha respondido que no me preocupara, que le preguntaban por su mujer, que había participado en un programa de televisión y hoy acababa de volver a España. Estaba deseando verla. Hemos hablado de cuánto la ha echado de menos, de sus hijos, que ya son mayores, de lo rápido que pasa el tiempo porque llevan más de veinte años casados. Y al irse, me ha dicho que se llamaba Finito. Debe de ser famoso y su mujer también, pero a mí eso no me importa. A mí lo que me interesa es saber cómo se sienten. Cuando se ha bajado del taxi, iba mucho más contento”.

"Lo que me interesa es saber cómo se sienten. Cuando se ha bajado del taxi, iba mucho más contento"

María no ve la tele, ni falta que hace. María no tiene redes sociales ni las necesita. Usa el móvil para los avisos de su cooperativa y el tiempo que otros dilapidan viendo vídeos random, ella lo emplea en conversar con quienes, casi seguro, no volverá a coincidir. La suya es una vocación de servicio de libro. Puede que María se olvide de los rostros que ojea a ratos a través del retrovisor, pero será difícil que sus pasajeros no recordemos a esa taxista poseedora de una genuina curiosidad por la naturaleza humana. 

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