El machismo estructural de Japón o cómo un país se queda sin princesas

La princesa Mako, nieta mayor del emperador Akihito, en el aeropuerto Internacional de Tokio.
La princesa Mako, nieta mayor del emperador Akihito, en el aeropuerto Internacional de Tokio.
Kimimasa Mayama/EFE

Mako Komuro vuelve a ser noticia por trabajar como becaria sin sueldo en Nueva York. ¿El motivo de que una ex princesa experimente la vida ‘millennial’ de primera mano? Haber tenido que renunciar a la casa imperial japonesa por amor. Analizamos por qué las normas en Japón siguen entendiendo más de géneros que de legislación.

Cuando la sobrina del emperador japonés Naruhito, Mako Komuro (sentimos el ‘spoiler’, pero es más conocida como la ex princesa Mako), contrajo matrimonio con su novio de la universidad, un plebeyo de origen humilde llamado Kei Komuro, la joven se vio obligada a renunciar tanto a su estatus como miembro de la casa imperial japonesa como a una cuantiosa dote económica. Así lo estipula el artículo 12 de la Ley de la Casa Imperial, que señala que las mujeres de la Familia Imperial que se casan con plebeyos “deben renunciar a su estatus como princesas”. 

Kei Komuro sale de su casa en Yokohama, Japón, para contraer matrimonio con la princesa Mako.
Kei Komuro sale de su casa en Yokohama, Japón, para contraer matrimonio con la princesa Mako.
JIJI PRESS / JAPAN POOL / EFE

La forma en la que la sociedad se ha opuesto a la pareja, apodada por muchos como los “Harry y Meghan japoneses”, le ha causado a la ex princesa desorden de estrés postraumático, pero Mako jamás habría podido reinar por una sencilla razón ajena a sus elecciones sentimentales: ser mujer. Ahora vuelve a ser noticia por haber sido becada por el neoyorquino Metropolitan Museum of Art, donde asiste a los comisarios del museo de forma completamente gratuita.

Mako no ha sido la única en sufrir las consecuencias de la presión desmedida y del machismo más recalcitrante. La princesa Aiko, única hija del emperador Naruhito, cumplió el 1 de diciembre 20 años, y pese a haber alcanzado la mayoría de edad en Japón, tampoco podrá jamás heredar el trono del imperio por el mismo motivo que Mako. 

Fue en 1947 cuando la misoginia se convirtió en ley al excluir a las mujeres de la línea de sucesión imperial, y resulta especialmente preocupante lo poco que han cambiado desde entonces las cosas…

Cifras y letras

Hablamos de un país que ha permitido que algunos de sus políticos se hayan referido a las mujeres como 'máquinas de parir niños' y les hayan recomendado quedarse en casa para cuidar de sus hijos como la solución perfecta a la falta de guarderías y centros infantiles. Este comentario concretamente lo hizo Hakuo Yanagisawa, ministro de Sanidad, Trabajo y Bienestar, en un discurso realizado en Japón en 2007 sobre el serio descenso de la natalidad. ¿Dimitió? No, claro que no. Según recoge Europa Press: "posteriormente, en declaraciones a la agencia estatal de noticias Kyodo, Yanagisawa pidió perdón y admitió que el lenguaje empleado era "demasiado descortés". 

Una buena forma de tomar el pulso a la sociedad es analizar el lenguaje, y es el que en este caso también refleja el machismo de un país que cuenta con términos como ‘christmas cake’, con el que se habla de las mujeres que superan los 25 años estando solteras. 

La literatura, siempre dispuesta a servir como espejo de la sociedad y de sus particularidades políticas, cuenta con cada vez más obras para reflejar la misoginia que asfixia al país. En ‘Estupor y temblores’, Amélie Nothomb explora el mundo laboral japonés y las nulas posibilidades de ascenso laboral con las que se topan las mujeres. “La japonesa nace cargada de obligaciones y bajo el dogma de que nada bueno puede esperar de la vida”, escribe la autora, nacida en Japón. Por su parte Mieko Kawakami reflexiona en ‘Pechos y huevos’ (Seix Barral) acerca de la situación de la mujer japonesa en siglo XXI y cómo el sexismo, el control y los estigmas hacen que los roles de género sexistas del pasado se perfilen inamovibles.

Una democracia sin mujeres

“Hay muchos aspectos en la vida japonesa en los que las mujeres están infrarrepresentadas y en los que las mujeres se sienten incapaces de expresarse, pero es algo especialmente llamativo en el mundo de la política”, aseguraba Mari Yasuda al disputarse un escaño en el Parlamento nipón para el progresista Partido Constitucional Democrático de Japón. “Es como si los hombres se convirtieran en parlamentarios por derecho de nacimiento", señaló. De los 1.051 políticos que compitieron en las elecciones generales japonesas, tan solo había 186 mujeres.

Japón ocupa el puesto 147 de 156 en cuanto al empoderamiento político de las mujeres en el último informe sobre la brecha de género global del Foro Económico Mundial. Según el Índice Global de la Brecha de Género 2021, Japón ocupa la posición 120 de los 156 países del mundo, y si hablamos del papel político de las mujeres, su posición es la 147. No hace falta ser un experto en cifras para saber que estos datos indican que las cosas no van bien para las mujeres en Japón…

¿Uno de los mayores problemas de estas llamativas desigualdades? Que como aseguró la ex ministra de defensa Inada Tomomi, “la mitad de las votantes son mujeres, pero hay muy pocas en el parlamento”, por lo que se lamenta de no estar representando a tantas personas, algo que asegura es “un problema para la democracia”, pues la calidad de la política incrementa al mejorar la comunicación entre el electorado y el cuerpo político. Por ello habla de cómo la desigualdad de género en la política japonesa desemboca en “una democracia sin mujeres”.

Los japoneses quieren un cambio, los políticos no

Por si fuera poco, las encuestas llevadas a cabo entre más de 1.200 representantes públicas señalan que el 57 % de ellas han sido acosadas sexualmente por otros representantes públicos o votantes. Como señala Miura Mari, especialista en política contemporánea de Japón, política social internacional y estudios de género, “la sociedad japonesa está cambiando, pero la política continúa exactamente igual”

Basta con recordar cómo en 2014, cuando la diputada Shiomura Ayaka habló sobre el sistema de apoyo a la fertilidad femenina en la Asamblea del Gobierno Metropolitano de Tokio, diversos diputados se burlaron de ella y le recomendaron que se casara cuanto antes. Las sanciones fueron nulas, por lo que resulta esencial que se establezca un código de conducta y se genere un organismo para atender las reclamaciones. Tampoco hemos de dejar de lado la realidad de que la cultura japonesa intenta evitar a toda costa las peleas, especialmente cuando estas involucran a personas mayores. 

El concepto de ‘leer el ambiente’, llamado en japonés kuuki o yomu, es responsable también de que incluso cuando alguien dice algo extremadamente sexista, se prefiera en la mayoría de ocasiones no alzar la voz para evitar una situación incómoda.

Por más que las mujeres se vayan adentrando en el mercado laboral japonés a lo largo de los últimos años, los analistas señalan que la razón de este avance, lejos de ser un cambio estructural en su idiosincrasia, se debe en realidad tanto a la falta de mano de obra como a la crisis de trabajadores. Sin embargo, no podemos caer en la trampa de señalar a Japón como un país machista, pues una encuesta indicó que el 70 % de los japoneses encuestados quieren un cambio en la casa imperial nipona al respaldar la reforma de la ley de sucesión. El problema es que quienes ostentan el poder son hombres que se niegan al avance de una sociedad de la que solo el 50 % está representada políticamente.

El emperador de Japón, Naruhito, en el Parlamento japonés, en Tokio, el 20 de enero de 2020.
El emperador de Japón, Naruhito, en el Parlamento japonés, en Tokio, el 20 de enero de 2020.
FRANCK ROBICHON / EFE

Un pasado sorprendente e hitos feministas

Sin embargo, como explica en la conferencia 'La mujer japonesa a través del Arte' la Dra. Elena Barlés, profesora titular de la Universidad de Zaragoza, Japón fue originariamente una sociedad matriarcal o al menos, matrilineal. En orden político, hubo mujeres que ocuparon el trono imperial, como fue el caso de la emperatriz Kogyoku y la emperatriz Koken/Shotoku. Baguena achaca al sometimiento de las mujeres a estructuras sociales en las que el varón japonés estaba bajo la influencia de la civilización china (más machista si cabe) a finales del siglo VI. La llegada del confucianismo, que planteaba una estructura jerárquica dominada por los hombres, y algunas ramas del budismo, fueron los responsables de situar a la mujer en una posición inferior, asegurando que era imposible alcanzar el Nirvana desde la condición femenina.

Por todo ello es esencial que el feminismo continúe su lucha para barrer las brutales desigualdades. El año 1989 fue clave para el movimiento en Japón, pues el tratamiento mediático y algunos comentarios procedentes de cargos públicos acerca de unas atroces violaciones a niñas alarmaron a la sociedad, que gracias a un documental dirigido por Minori Kitahara, una de las principales activistas del movimiento feminista en Japón, descubrió los testimonios de mujeres víctimas de vejaciones durante la Segunda Guerra Mundial, algo que también supuso un punto de inflexión para el feminismo. 

Del mismo modo que Minori, tras participar en una charla celebrada en el Instituto Cervantes de Tokio, señaló la importancia de que las mujeres cuenten lo vivido para que las siguientes generaciones aprendan, los medios hemos de esforzarnos por señalar constantemente no solo los baches, sino también los avances y esfuerzos de la lucha feminista, para que la igualdad se abra paso en la política japonesa.

Para ampliar las fuentes y dar la visión de una institución garante de la cultura japonesa nos hemos puesto en contacto con la Fundación Japón y tras estudiar nuestra petición nos contestaron que como institución oficial no podían posicionarse al respecto.

Mostrar comentarios

Códigos Descuento