Ruben J. Lapetra Coordinador de Mercados
OPINIÓN

La maldición del Meridiano 34, cuentas públicas y una encrucijada para el BCE

El ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo.
El ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo.
Europa Press
El ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo.

Los mercados acaban de cerrar una semana con la tensión bélica al rojo vivo, más si cabe, en los Meridianos 34 y 35, las rayas en torno a la que se alinean las guerras en Ucrania y Gaza. El riesgo de que el conflicto de Israel escale a otro nivel con Irán es casi una realidad, cuando se cumplen seis meses de conflicto y la paz parece todavía lejana. En la misma línea planetaria pero más al norte, los aliados de la OTAN siguen sin solucionar el apoyo militar y financiero a Kiev tras dos años de invasión ilegal de Rusia, aunque Estados Unidos, por boca de su secretario de Estado, Antony Blinken, ha prometido que dará entrada a este país en la alianza, una situación que confrontaría a Occidente con el Kremlin. La progresión de ambos enfrentamientos armados a tres meses de la cumbre en Washington de la OTAN mantiene en alerta a los grandes inversores, como refleja el repentino incremento de los indicadores de riesgo en las bolsas y mercados como el de la energía.

Con todo ello, el petróleo vuelve a mirar hacia arriba por encima de los 91 dólares, cerca de su nivel más alto en 2023, según la referencia del Brent europeo. El movimiento de precios trae consigo presiones inflacionistas que volverán a trasladarse al alza en abril a los IPCs europeos en un momento de lo más delicado. Esto puede suponer un obstáculo para el Banco Central Europeo (BCE), que se dispone a confirmar el próximo jueves que está listo para bajar los tipos de interés a partir de junio. Es el alivio que necesitan las economías europeas que andan renqueando o en contracción. La española no está entre ellas con las inyecciones del turismo, la política monetaria y los fondos europeos estimulando su crecimiento por encima del resto. Alardea de ello el Gobierno de Pedro Sánchez estos días con el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, jactándose de que la oposición no le pregunta sobre economía, pero debería ser más prudente en su celebración porque, en cualquier momento, algún árbitro económico podría pitarle un fuera de juego.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces. El VAR económico de los últimos cuatro años nos desvela que el BCE, junto con Bruselas, son los mayores corresponsables de ese éxito temporal del que se apropia Moncloa en este momento. También de haber evitado el hundimiento y rescatado a España del 'shock' pandémico de 2020 con un paquete de ayuda masivo de 70.000 millones de euros sin reembolso (fondos NextGen o mecanismo de resiliencia) que supera al recibido en 2012 con el rescate bancario al sistema español. Pero lo que apenas trasciende a la opinión pública es que la actuación en la sombra del BCE ha permitido al Gobierno Sánchez salir a financiarse a los mercados sin mayores problemas, con una deuda pública que supera los 1,57 billones de euros. El banco central que preside Christine Lagarde es ahora mismo el mayor acreedor del Estado con cerca de medio billón de euros en deuda pública española en su cartera.

La cuestión es que la atención en el BCE no solo está en si baja los tipos, sino en cómo y cuándo se reducirá ese balance de 7 billones de euros sin que ello afecte a las condiciones en que se financian los estados, países como España, que deben cubrir los déficits públicos de sus gobiernos emitiendo deuda nueva. Cuerpo lo sabe bien porque proviene del Tesoro Público, uno de los mayores emisores del mundo de bonos y letras. No hay que olvidar estas raíces a la hora de explicar la marcha económica o, de lo contrario, cuando las cosas se tuerzan no será posible ofrecer las respuestas que demandarán los ciudadanos y los inversores.

Como apunta Rubén Segura-Cayuela, economista jefe de Bank of America para Europa, algunos “fantasmas del pasado” están sobrevolando estos días en torno a las balanzas fiscales de los principales países europeos por el regreso de las normas fiscales a la zona euro. El riesgo, en su opinión, es que los gobiernos se vean “forzados a una corrección fiscal relativamente pronunciada y a una política fiscal estructuralmente restrictiva, con implicaciones negativas para el crecimiento” a partir de 2025 por los excesos que están cometiendo ahora. España está también en esa fiesta. Aunque parece un mal recuerdo lejano en el tiempo, no hace ni quince años que el Gobierno de Zapatero se encontró un día con el cerrojo echado en los mercados financieros. 

Además del dinero que prestan los inversores, la fuente principal de financiación de un gobierno, como saben, son los impuestos de empresas y familias. El motivo por el cual los inversores están tranquilos con España no es que la economía crezca (ratio deuda /PIB), sino que la recaudación está disparada (ratio deuda / ingresos fiscales). No está demás tenerlo presente ahora que comienza la declaración de la Renta. 

Desde que Sánchez accedió a Moncloa, el esfuerzo fiscal ha sido descomunal. El IRPF aportó en 2023 alrededor de 120.000 millones de euros a las arcas públicas, un 55% más o 42.300 millones en cinco años. El de Sociedades ha registrado un ascenso del 44% en el mismo periodo, hasta 33.400 millones; el IVA, un 30% (83.000 millones). Esa contribución fiscal ha seguido la senda ascendente hasta ahora, pero es razonable exigir que el esfuerzo se recompense con mayor responsabilidad del gobierno para que gaste en línea con lo que ingresa y no aumente la deuda de todos.

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