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'The White Lotus': las envenenadas vacaciones de Alexandra Daddario

La serie creada por Mike White para HBO es un delirio lounge en forma de Cluedo ambientado en un lujoso resort hawaiano, entre la sátira social y el humor negro.
Alexandra Daddario en 'The White Lotus'
Alexandra Daddario en 'The White Lotus'
Cinemanía

Ya en pleno verano –cuando algunos han vuelto a volar y la temática viajera se ha asimilado definitivamente como “el nuevo porno” para buena parte del resto–, qué mejor momento para estrenar, a partir de hoy 11 de julio en HBO, The White Lotus, la nueva serie creada por Mike White (Iluminada), que examina a la clase privilegiada en el contexto de un resort al que llegan Alexandra Daddario o Steve Zahn, por citar a los más conocidos.

La estrella del show es sin embargo Murray Bartlett (uno de los protas de Looking, la serie de HBO “ambientada” en San Francisco) como Armand, director del establecimiento que da título a esta miniserie de seis capítulos de aproximadamente una hora de duración. 

Algo así como el John Cleese de Hotel Fawlty, pero en versión macarra y gay, aunque parapetado tras una inalterable sonrisa de hombre-anuncio, presidida por un bigote a lo Magnum, Hawái oblige, con la que recibe y atiende a los cada vez más exigentes turistas.

Bartlett es sin duda lo más memorable de una serie que también será recordada por su apuesta estética a base de exóticos papeles pintados (estupendos títulos de crédito) y salvapantallas de puestas de sol, atardeceres tropicales y piscinas desbordantes –la foto es de Ben Kutchins, dos veces nominado al Emmy por Ozark–, combinados con easy listenning hawaiano lanzado a todo trapo (la BSO es del chileno Cristobal Tapia de Veer, Feroz por Ventajas de viajar en tren). 

El volumen de la música, a ratos desconsiderablemente alto, ya es un chiste en sí mismo, igual que esa parte del cuerpo que aparece cómicamente deformada porque está sumergida en las aguas turquesas de esa piscina serpenteante que está por todas partes.

El show de Mike White

Quizás convenga recordar quién es Mike White. A nadie se le escapa que tanto el título de la serie como el resort donde transcurre, son del mismo color que Mike, creador y director del show. Y Mike White no sólo es medio artífice de Iluminada, uno de los tesoros mejor guardados de HBO, a mayor gloria de nuestra querida Laura Dern, sino que es un tipo al que seguimos la pista desde largo tiempo atrás. Algo así como un cruce entre Todd Solondz y Ryan Murphy, una personal mezcla de provocación y espectáculo.

Mike White
Mike White
Cinemanía

En Chuck & Buck (2000), comedia indie escrita por él mismo, era un no muy agraciado hombre gay que logra llevarse a la cama al que fuera el chico más guapo, y heterosexual, del instituto, como un Humpday avant la lettre. 

La dirigió Miguel Arteta, y White volvió a colaborar con el realizador en The Good Girl (2002), el chapuzón indie de Jennifer Aniston, que ejercía de cajera de supermercado, aunque no hasta el punto de promocionar la película en el Festival de Gijón, donde en su lugar subió al escenario un Pepe Colubi con peluca, que no es exactamente lo mismo. 

White y Arteta, que también dirigió algunos episodios de Iluminada, culminaron su colaboración cinematográfica con Beatriz at Dinner (2017), con Salma Hayek de masajista en una casa de ricos, una película que, vista ahora, podría pasar por la precuela de The White Lotus.

Si Arteta se quedó en promesa del cine independiente –su reciente producción infantil El día del sí es realmente insufrible, incluso para verla con la niña–, White ha ido progresando. Escribió Escuela de rock (2003) para Richard Linklater y Super Nacho (2006) para Jared Hess, ambas al servicio del inefable Jack Black, que debería ser su antítesis, a tenor de sus contrastados apellidos. 

Y acabó dirigiendo una película de culto: la infravalorada Qué fue de Brad (2017) –mala traducción para Brad’s Status–, que podría venderse como El mejor padre del mundo (Bobcat Goldthwait, 2009) –otra gran comedia de culto–, pero con Ben Stiller en lugar de Robin Williams. En resumen, que White mola mucho, y no le quitamos ojo de encima. Las expectativas estaban pues bastante arriba.

Vacaciones en Hawái

Y así llegamos al resort hawaiano, que se estructura de manera clásica, como si fuera un episodio de Vacaciones en el mar: arranca con la llegada de la nueva remesa de turistas y termina con su partida, con algunos macguffin para tenernos cogidos: un ataúd que tendrá que ser para uno de los protagonistas, una bolsa llena de drogas que va cambiando de manos, y unas cenizas que, en un momento u otro, hay que acabar tirando al mar.

Entre los recién llegados al suntuoso White Lotus, están la mentada Daddario, que evoluciona del discurso anatómico al monólogo dramático porque yo lo valgo en su encarnación de la infelizmente recién casada con un pijo psicópata –como si no lo fueran todos por naturaleza–, individuo que entra en bucle porque descubre que no ha reservado la mejor suite nupcial posible para pasar su luna de miel con la susodicha (acertado y muy realista running gag). 

Alexandra Daddario y Jake Lacy
Alexandra Daddario y Jake Lacy
Cinemanía

Incorporado por un brillante Jake Lacy, él es un riquísimo heredero, mientras que ella ocupa el lugar más bajo de la escala social: periodista freelance. Está claro que la cosa no puede funcionar.

Steve Zahn es el marido insignificante de una mujer emprendedora (Connie Britton), que trata de conectar con su hijo adolescente (Fred Hechinberg, cuya interpretación empanada parece inspirada del Joaquin Phoenix de Todo por un sueño). En esa relación paternofilial hay algo de Qué fue de Brad, y (sin hacer demasiado spoiler, despistando incluso) de la del propio White con su padre, el reverendo Mel White, que salió del armario en 1994, puede que inspirado por su hijo, que siempre se ha declarado bisexual. 

Connie Briton y Steve Zahn
Connie Briton y Steve Zahn
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Si Jack Lacy, el pijo de la no suite nupcial, las tiene con el director del centro, aquí la relación con el personal del hotel descarrila por otro lado, que tiene que ver con dos adolescentes que simulan leer a Nietszche y Freud. No diremos más.

La ducha de clases

La cosa está en cómo los más adinerados se relaciona con el servicio. Un tercer eje argumental gira en torno a otra millonaria (Jennifer Coolidge), alcohólica y solitaria, que deja entrever un futuro mejor a su masajista favorita (la afroamericana Natasha Rothwell). Pero, si bien el clásico tema de la lucha de clases resulta ahora mismo más pertinente que nunca, White no acaba de convertir algo realmente trascendente. 

La apuesta estética es interesante, los actores oscilan entre lo aceptable y lo sobresaliente y los diálogos abundan en réplicas pensadas para adular la inteligencia del espectador, todo ello regado con las no menos habituales dosis de supuesta transgresión marca HBO –sexo, drogas, escatología, lenguaje viperino, chistes sobre enfermedades graves–, pero le falta cohesión y no acaba de lograr lo que parece ser uno de sus principales objetivos: dotar de cierta humanidad a un grupo social corrompido por el dinero. Más allá del carisma de Bartlett, o del sentido del ridículo de Zahn, que sorprende en la piel de un padre ya deteriorado, los personajes no llegan a sobrepasar sus propias caricaturas.

Al margen de que The White Lotus también se toma muy en serio lo que cualquier serie que se precie –dilatar el tiempo–, cosa que no debería asustar a nadie (sólo son seis horas), la última creación de Mike White hace demasiada gala de la vacuidad del microcosmos en el que se desarrolla, casi como una instalación conceptual.

Pierde la ocasión de jugar a fondo la carta de la comedia corrosiva –hay más cloro que vitriolo–, quedándose un poco a medio camino, y dando la impresión de una ocasión perdida. Más cuando el recurrente tema de ricos vacacionando en países pobres ya ha sido más y mejor explotado por Ulrich Seidl en Paraíso: Amor (2012) –o en El viaje de Marta, de Neus Ballús, sin ir más lejos–. La apuesta exigía superarse a sí mismo.

Serie no obstante singular y con encanto, perfecto sucedáneo para estas fechas en las que no hay vacaciones a la vista para todo el mundo (al menos como las de la Antigua Normalidad), The White Lotus nos encandila con su estilo ultralounge, nos arranca risotadas aisladas, y macera nuestra indignación hacia la, en ocasiones, denominada casta, que cree que sus privilegios heredados son un derecho, como los de la antigua aristocracia.

Pero la serie acaba dejando la misma sensación de leve desasosiego que lo que imaginamos sería el final de una semana de vacaciones en un exótico balneario. Justo cuando empezábamos a aclimatarnos y a vencer del tedio del ocio por el ocio, justo cuando ya disfrutábamos emborrachándonos en el taburete hundido en la piscina, ya se han acabado. No está mal, pero The White Lotus podría haber dado mucho más de sí.

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