[Seminci 2019] ‘Arab Blues’: primero de psicoanálisis en el Túnez post-revolucionario

Golshifteh Farahani pone rostro a la psicoanalista protagonista de esta dramedia de choques culturales, ópera prima de Manele Labidi.
[Seminci 2019] ‘Arab Blues’: primero de psicoanálisis en el Túnez post-revolucionario
[Seminci 2019] ‘Arab Blues’: primero de psicoanálisis en el Túnez post-revolucionario

“¡Goza tu síntoma!” nos recordaba Slavoj Žižek en uno de sus libros sobre cine y psicoanálisis, y ese grito de juguetona autoconsciencia parece ser el lema de la protagonista de Arab Blues, una psicoanalista francesa de origen tunecino que regresa al país de origen para abrir una consulta y, de paso, mostrarnos las heridas, frustraciones, contrastes y anhelos del Túnez post-revolucionario, cuando han pasado casi diez años de la caída del gobierno autocrático de Zine El Abidine Ben Ali. Golshifteh Farahani (Paterson, Les filles du soleil) encarna con su carisma a Selma, la psicoanalista en cuestión, en la ópera prima de Manele Labidi, que compite en sección oficial y que ha sido nuestro debut en la Seminci 2019.

El arranque de Arab Blues, un trunk shot en el que vemos a la protagonista y a su vecino conversando y haciendo bromas sobre una persona que aparece en una fotografía, nos da pistas del espíritu de sorna e ironía con el que Labidi ha envuelto a su protagonista. Selma es una mujer decidida, incluso testaruda, dispuesta a todo con tal de que su proyecto funcione. Intuye que la necesitan del mismo modo que sabe que en Francia su rol está de más; y aunque se encuentra con las consecuentes resistencias, lo cierto es que la sociedad tunecina no tarda ni dos secuencias en abrirse en canal en el diván de la profesional.

[Seminci 2019] ‘Arab Blues’: primero de psicoanálisis en el Túnez post-revolucionario

No es la primera vez que la imagen de un psicoanalista funciona en la ficción como tropo para radiografiar una sociedad o un estado de la cuestión –ni tampoco será la última–, aunque en Arab Blues Labidi consigue dotarla de otro alcance. Su protagonista daría para muchas tesis de estudios culturales (¡mujer occidental y segunda generación de inmigrantes de regreso al universo árabe!) pero la cineasta y, sobre todo, Farahani consiguen que esas características se diluyan y las olvidemos mientras vamos siguiendo a la protagonista en su odisea por conseguir un certificado ministerial que legalice su actividad profesional.

A pesar de la predecible deriva de la propuesta, pensada para contentar a un público muy amplio –la cinta se llevó el Premio del Público en las Giornate degli Autori de la última Mostra de Venecia–, hay un par de ideas especialmente sugerentes en la cinta de Labidi. La primera, la sensación de desarraigo y la melancolía por un tiempo pasado, tal vez más alegre, plasmado en las canciones de Mina que abren y cierran la película, Città vuota y Io sono quel che sono. La segunda, la proyección fantasmática de lo que podría ser Túnez: un territorio donde no hay represión y, por tanto, capaz de gozar abiertamente sus síntomas y conflictos de identidad.

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