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'Seis días corrientes': Neus Ballús expone el racismo nuestro de cada día

Neus Ballús ('La plaga') compite en el Festival de Locarno con una dramedia protagonizada por fontaneros. “Quería que la película fuera muy políticamente incorrecta”, cuenta.
Seis días corrientes
Seis días corrientes
Cinemanía

“Para hacer una cocina bonita a veces se necesita tener mala leche”, dice Moha en un momento de Seis días corrientes. Moha, Mohammed, es un joven de origen marroquí que confía en que le den el puesto de lampista al que opta, aunque sabe que lo tiene complicado. 

También es el protagonista de la nueva película de Neus Ballús, con la que compite en la sección oficial del 74ª Festival de Locarno, donde se estrena mundialmente antes de viajar al Festival de Toronto.

Seis días corrientes transcurre entre arreglos de fontanería, aires acondicionados y cuadros eléctricos. “Mi segundo padre es fontanero y durante toda la adolescencia escuché historias de lo que le ocurría cuando entraba en las casas de la gente”, explica Ballús sobre el origen de la obra. 

“Historias de cómo le trataban, sobre gente que se siente muy sola, sobre prejuicios cruzados… Me di cuenta de que estos encuentros tan breves son muy reveladores. Las puertas hacia el interior de una casa son casi como una puerta abierta para retratar a la sociedad”, nos cuenta.

Profundizando en 'Seis días corrientes'

El retrato social de Seis días corrientes es sin duda incómodo e iluminador. Especialmente en lo que a prejuicios racistas cotidianos se refiere. La película sigue a Moha, un lampista apañado que ha de superar la semana de prueba para quedarse con el puesto de Pep, un “catalán de toda la vida, de la ‘feina ben feta’”. Para ello, ha de lograr el visto bueno de Valero, un tipo brusco, arisco, deslenguado e impertinente, al que no le hace mucha gracia su futuro nuevo compañero. La peculiaridad de los protagonistas del filme es que los intérpretes son lampistas de verdad.

“Con el acuerdo de la escuela del Gremio de Instaladores de Barcelona, digamos que me instalé ahí para realizar el casting salvaje que he hecho en todas las películas: observar a todas las personas que van pasando y ver quién me interesa. Llegué a ver a más de mil personas a lo largo de varios meses hasta que conocí a Valero y Moha. A Pep me lo presentaron más tarde”, explica la cineasta.

“De entrada, no les podía decir que iban a ser los protagonistas de una película, porque les daría mucho miedo. Les dejé claro que me interesaban y el porqué, lo que ellos aportarían a la idea de la película y fui muy honesta”, continua Ballús. “Comenzamos a trabajar durante sesiones de improvisación semanales y quincenales en las que estuvimos casi dos años. En ese tiempo, yo paré para rodar El viaje de Marta”.

Este dilatado trabajo previo sería decisivo para el carácter híbrido, entre la realidad y la ficción, que conforma la esencia narrativa de Seis días corrientes: “Mediante estas sesiones de improvisación, les iba conociendo mejor. Por un lado, yo los preparaba para los ‘juegos’ de estar delante de una cámara y a no tener miedo de ser uno mismo –aunque se digan barbaridades–, y, por otro lado, iba construyendo mentalmente un guion que escribiría después con las dos coguionistas [Montse Ganges y Ana Sanz-Magallón, tándem que está detrás del pseudónimo Margarita Melgar]”.

“Moha, Valero y Pep fueron entrando muy progresivamente en el proceso de la película y es ahora cuando se dan cuenta de que son los protagonistas”, apostilla.

Sin pelos en la lengua

Durante estas sesiones previas, la premisa que les indicó Ballús a Moha, Valero y Pep fue muy clara: “Eres libre de hacer lo que quieras”. “Les proponíamos una situación ficticia y les decíamos: no tienes que ser políticamente correcto, tampoco tienes que ser exactamente tú mismo. Puedes reproducir cosas que has visto, que has escuchado, según la emoción que te lleve en el momento”, explica sobre el proceso de trabajo interpretativo con los protagonistas.

Es un método que, como indica Ballús, ha sido clave para las salidas de tono que puntúan los diálogos de Seis días corrientes. “Les ha dado una gran libertad para reproducir patrones que han experimentado de cerca, pero que quizás ellos jamás harían”, reflexiona.

La directora, no obstante, nos alerta: tanto Moha como Valero y Pep, “son arquetipos”. El personaje de Moha posee unos rasgos amables, pero no es el caso de Valero. Cuenta Ballús que al protagonista “le preocupa que la gente piense que él es de verdad así de racista”. 

Y recuerda: “la película es un híbrido en la que hemos provocado situaciones ficticias con una base real muy fuerte. Les hemos enseñado a salir del terreno de lo confortable. Si no, es que no hay película. Pero también es cierto que estos prejuicios están ocurriendo todo el rato. Se está dando violencia racista, y no en los términos tan ‘micro’ como los que aparecen en pantalla”, alerta.

“Me interesaba que la película fuera muy políticamente incorrecta, que te llevara a un terreno de incomodidad”, dice Ballús. “Porque todos conocemos un Valero y todos podemos ser Valero. Nuestro padre o nuestro tío. ¿Y qué podemos hacer? Está en nuestras manos”.

Surrealismo y verdad sobre el andamio

Más allá de las diferentes situaciones cómicas que propician el tener a operarios como protagonistas de una película –algo que Ballús aprovecha a la perfección–, el microcosmos social del mundo de la obra le abría la puerta a reflexionar sobre los prejuicios cotidianos contra ‘el otro’: “Hay una mezcla de lo políticamente incorrecto y de lo correcto un poco más bruta, pero a veces con más corazón y más capacidad de rectificar. En algunos terrenos más intelectuales, o incluso del arte, somos muy correctos, pero después la realidad indica otra cosa”.

“Lampistas, limpiadores y limpiadores, en fin, este tipo de profesiones invisibilizadas son, en mi opinión, un ejemplo en términos de convivencia”, señala. “Son los colectivos que se están encontrando el choque cultural en el día a día. No pueden eludir esta diferencia, porque al final, cuando un Valero se sube a una escalera de cinco metros, hay un Moha que la sujeta y tienen que mirarle a los ojos. No se lo pueden ahorrar.”

El gran acierto de Seis días corrientes es, en este sentido, el mágico equilibrio entre la mirada documental y la dramedia gracias a su tono narrativo ligero y cercano. “Durante el rodaje estuvimos luchando por lograr el equilibrio entre lo ficticio y lo documental, y tuvimos que rebajar bastante del nivel de ficción que había previsto. Pero estas cuestiones se acentuaron muchísimo en el montaje. El trabajo de montaje de esta película ha sido el ejercicio más difícil que he hecho en mi vida”, confiesa la directora.

“Teníamos mas de 70 horas rodadas. Cada una de las tomas es distinta a la otra. Todas son larguísimas, de unos 20 minutos, y no hay ningún dialogo que se repita. Evidentemente nunca hay raccord y, además, hay una gran variación entre el registro documental y el ligero, y entre el drama y la comedia. Fue muy difícil conjugar todos estos ejes en un único lenguaje”, añade.

Una voz de fondo

Las reflexiones de Moha en off, que van apareciendo como corolario de algunas escenas, compensan el tono supuestamente más ligero de la cotidianidad. “Moha es como un antropólogo, en realidad. Él teje estas historias a través de sus pensamientos”, dice Ballús.

Y revela: “Moha acabó siendo una especie de alter ego, porque la forma en la que habla de la fontanería y de la gente, para mí es como si estuviera hablando de hacer películas. Sé que este símil solo existe en mi cabeza, pero conversando con él, ahondando en sus preocupaciones y poniéndolas en común con mis ideas, ordenando nuestras palabras para escribir juntos la voz del personaje…, todo pareció encajar hacia ese sentido.”

Ballús defiende, con su visión sobre las historias mínimas que tejen las sociedades, un tipo de cine en el que pueda compartir su voz como creadora. “Hay que escuchar en qué se está convirtiendo la película, para poder dirigirla, obviamente. Pero este tipo de cine de lo real es un poco como si también naciera de los demás. Me parece un acto más rico, porque en el proceso yo aprendo muchas cosas”.

El deseo final de Ballús con Seis días corrientes es, en última instancia, acompañarnos a redescubrir lo que nos rodea. “Espero que veamos que nuestro día a día no tiene nada de normal, de cotidiano. Hay hechos extraordinarios continuamente, lo que pasa es que no les estamos prestando la suficiente atención. Igual creemos que nuestro vecino no es demasiado interesante como para hacer una peli, porque consideramos que en el cine solo vale la pena ‘el relato excepcional’. En realidad, los relatos excepcionales están en todas partes”.

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