[San Sebastián 2021] 'La abuela', la maldición de hacerse viejo

Paco Plaza (‘Verónica’) vuelve a meternos miedo. Con guion de Carlos Vermut logra el hito de colar el terror en la sección oficial del Zinemaldia
La abuela
La abuela
Sony

Una mano arrugada, llena de venas. El primer plano de La abuela, novena película de Paco Plaza, es un mapa preciso del viaje que estamos a punto de hacer. Por si quedasen dudas, un reloj abraza esa muñeca, un reloj tan amenazante que recuerda al regalo maléfico del cuento de Cortázar. En este arranque hay algo muy inquietante, en el sonido, en la tipografía del título que recuerda al de La semilla del diablo, en ese prólogo mudo que ancla la película en el fantástico o en los nombres de Paco Plaza y Carlos Vermut en los créditos. 

Una sabe enseguida que el terror va a surgir, no de un pasillo a oscuras acechado por un fantasma, sino de la realidad monda y lironda, de los miedos con los que todos tenemos que convivir y, a juzgar por esa mano de venas verdes, del mayor terror de cualquiera en la sociedad occidental contemporánea: la vejez.

Paco Plaza no se anda con rodeos cuando le preguntamos por ello. “Yo quería hablar de cómo la vejez es un demonio, de cómo está tan satanizada. Se glorifica la juventud, la belleza. Se considera una maldición envejecer”, explica sobre esta idea que surgió en sus visitas a una tía abuela que padecía alzheimer. “Tenía la sensación cuando iba a verla de que era otra persona. Eso pasa mucho con las personas que padecen alzheimer o demencia senil. Si las has conocido en la plenitud de sus facultades, de repente te parecen otras personas. Está la cáscara pero la persona ya no está”.

La idea de La abuela fue tomando forma mientras preparaba y rodaba Quien a hierro mata, su anterior película que transcurría en un geriátrico. Pero si en aquella el protagonista era un hombre, en la mente de Plaza las protagonistas de La abuela se iban configurando como mujeres. La razón está clara: “El paso del tiempo es algo que la sociedad condena mucho más en una mujer que en un hombre”. 

La abuela
La abuela
Jorge Alvarino

Con estas premisas en mente, el director fue armando una historia, la de una modelo que tiene que volver de París para cuidar a una anciana, su abuela, “por esa oposición de la vejez escondida y la juventud expuesta”, explica. Pero Plaza no terminaba de dar con la trama y en una de sus comidas semanales con el director Carlos Vermut, amigo suyo desde hace unos años, este se ofreció a escribir una primera versión del guion aprovechando que acababa de terminar de escribir Mantícora, su siguiente película, y que estaría parado un tiempo hasta el rodaje. Así fue como encontraron el ángulo de La abuela.

“Me ha parecido muy interesante trabajar con Carlos con su método de reducción a los mínimos elementos –explica del director de Magical Girl y Quién te cantará–. Yo nunca hubiese hecho una película tan austera. No me hubiese nacido contar la película con tan poquito. Pero es verdad algo que dice Carlos, que es mucho mejor explicar muy bien una cosa que intentar explicar cien deprisa y corriendo”.

Plaza se refiere al retrato que hay en La abuela de los cuidados de una nieta a su abuela dependiente, del terror que habita en ellos y que el director va desplegando poco a poco, escena a escena, empezando por ese cambio de pañales en mitad de la noche que cualquiera que ha tenido que cuidar de alguien que ya no se vale por sí mismo conoce bien. “La experiencia de acompañar al personaje de la nieta en cada paso es muy intensa –reflexiona el director–. El momento de máximo horror es cuando te das cuenta de que te supera la situación. Y ves un futuro de entrega abnegada que te está vampirizando, que te está robando tu propia vida”.

La abuela
La abuela
Jorge Alvarino

Plaza llama a esta parte de la película “los quince o veinte minutos de Amor, de Haneke”, lo que viene siendo un drama sobre la vejez en toda regla. Por eso, para no desalentar al público que ha ido a ver una peli de terror, La abuela tiene un prólogo que la ata al género. Concretamente, al cine sobre brujería, aunque mejor no desvelar de qué manera. Además, diseminados a lo largo del metraje, una serie de símbolos y de imágenes –las matrioskas, los espejos…– van jugando con nuestras expectativas de lo que ocurre en ese casoplón con vistas al Retiro donde viven las protagonistas y que condiciona el estilo visual de la película, elegante y sofisticado pero trufado de elementos castizos tan del gusto de Plaza, desde una canción de Vainica Doble a La ruleta de la fortuna en la televisión.

“Lo que queríamos evitar era el momento explicativo de peli de terror –recuerda–. Hablaba con Carlos de que lo que quería era que la película fuese como esos dibujos de números que al unirlos ves el dibujo. El guion era los números y el dibujo lo tenía que hacer el espectador. En La abuela hay suficientes pistas para que cada persona interprete cuál es el procedimiento, qué es lo que ha ocurrido, cómo son las relaciones entre la abuela y la nieta y cómo fueron en el pasado. Me gustaba que nada fuera explícito”.

Ojos sin rostro

Fiel a su norma de trabajar con actores desconocidos, Plaza encontró a sus dos protagonistas en Vera Valdez y Almudena Amor. A la primera la descubrió la directora de casting Arantxa Vélez en una videodanza de un grupo brasileño. “Tiene 86 años y el otro día me dijo que va a pedir la nacionalidad portuguesa para poder trabajar en Europa”, cuenta Plaza de la vitalidad desbordante de la actriz. Sin embargo, en La abuela tenía que interpretar a una anciana que, tras un accidente del que apenas sabemos nada, pasa a ser una persona totalmente dependiente. “Lo más complicado ahí era conseguir la ambigüedad –recuerda–. No quería que fuese hierática sin más. Quería que hubiese momentos en los que no supieses interpretar lo que hace, si es fortuito u obedece a algo”.

Enfrente de este enigma estaba Almudena Amor, actriz que debuta por partida doble este otoño en La abuela y El buen patrón. “Fue un hallazgo”, contesta enseguida Plaza. Y compara aquel flechazo con el que sintió al ver a Sandra Escacena en las pruebas para Verónica. “Hay algo en su voz, en su manera de mirar, que me parece que transmite una serenidad y una fragilidad muy emocionantes. La oía emocionarse a ella y me emocionaba yo”, cuenta de su interpretación. 

La abuela
La abuela
Jorge Alvarino

Tanto Almudena como Vera, una veinteañera y la otra octogenaria, no tenían más que mirarse para evidenciar el paso del tiempo. “Almudena miraba a Vera y pensaba en sí misma en el futuro y Vera veía a Almudena y le recordaba a su juventud. Por eso me gusta tanto la imagen de la matrioska. Vera dentro lleva a la modelo de 17 años que se fue a vivir a París y conoció a Coco Chanel. Ella sigue siendo esa chica aunque su cuerpo no lo sea. Hay algo en la idea de perpetuarse en el cuerpo de alguien más joven que es muy atractivo y enlaza con los mitos vampíricos o con Dorian Gray”.

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