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Tres joyas francesas ocultas en el fondo de armario de Netflix

¡Atención! Que no se te pase por alto que Netflix tiene un Mouret, una Zlotowski y un Gavras.
Una chica fácil
Una chica fácil
Netflix

El flâneur del ciberespacio obtiene sus recompensas. No siempre hay que precipitarse sobre las novedades, perder el tiempo paseando, con cierta nonchalance, por las catacumbas del catálogo de la gran N puede tener sus recompensas. Así, tecleando en el buscador al azar de nuestras ansiedades hemos descubierto tres joyitas francesas que en su día pasaron por la Quinzaine des Réalisateurs de Cannes, firmadas por auteurs tan reconocidos como Emmanuel Mouret, Rebecca Zlotowski y Romain Gavras. Menos da un croissant.

'Mademoiselle de Joncquières' (2018), de Emmanuel Mouret: el libertino engañado

Si gran parte de la gracia de Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait –la película de Emmanuel Mouret que nos maravilló a su paso por la edición virtual del pasado Festival de Gijón– residía en ese aroma de teatro clásico, pero en versión aérea, nada plomiza ni naftalinosa, y por supuesto trasladada a la actualidad, el anterior film de este cineasta no lo suficientemente reconocido por estos lares –apenas si se estrenó El arte de amar (2011) de sus diez largos– es directamente una película de época sacada de una novela del ilustrado Denis Diderot.

Publicada en Francia póstumamente en 1796, la novela Jacques el fatalista y su maestro era un enjambre de historias que se contaban los personajes se contaban unos a otros, y entre ellas estaba la de la venganza perpetrada por Madame de La Pommeraye, que ya inspiró un film silente alemán de Fritz Wendhausen, y nada menos que Las damas del bosque de Bolonia (1945), del sacrosanto Robert Bresson, que en su caso prefirió una adaptación contemporánea de la intriga.

Mouret, en cambio, ha preferido quedarse en los palacetes del siglo XVIII, y vestir de época a Cécile de France y Edouard Baer, para este Amistades peligrosas en versión minimalista y artesanal. Ella es la viuda que acaba cediendo a las insistentes solicitudes del marqués, un incorregible libertino, que siempre desea lo que no tiene… 

La historia es conocida, pues el clásico de Diderot fue traducido en su día por Félix de Azúa, pero no contaremos más, y omitiremos sus giros, para no arruinarles la sorpresa, en el caso de que sean espectadores argumentales. Revelar quién es la Madame de Joncquières del título ya sería un spoiler en toda regla. Así que nos callamos.

Madame de Joncquières es, en cualquier caso, una película que fluye, luminosa y en estado de gracia. No sólo los actores disfrutan visiblemente con estos diálogos en gran parte creados por el propio Mouret a partir de sus fantasías dieciochescas –con mención especial para la secundaria Laure Calamy–, sino que todo está cuidado con el máximo mimo, desde la indumentaria, que no parece apolillada –como es usual en las producciones de época–, a una puesta en escena siempre muy pensada y llena de inventiva –desde los planos secuencia que siguen a los actores a ese beso rodado a distancia, con banda sonora de pajaritos, que es mi favorito–, pasando por supuesto por todo un recital de clásicos populares (Bach, Handel, Bizet, Vivaldi), que magnifican las emociones de los protagonistas, y amenizan el discurrir del metraje en clave de clavicordio.

'Una chica fácil' (2019), de Rebecca Zlotowski: la otra cara de Cannes

A pesar de ser la amiga de todo el mundo que acude al rescate cada vez que un colega tiene problemas para resolver un guion, Rebecca Zlotowski vivió un gran bache en su carrera. Había empezado muy bien, dando alas a Léa Seydoux (Belle épine, Grand Central), pero fracasó con un proyecto tan atractivo y ambicioso como Planetarium (2016), en el que Lily Rose Deep y Natalie Portman eran nada menos que videntes en el París de los años 30. 

La película tuvo críticas muy poco alentadoras a su paso por Venecia y Toronto, y luego prácticamente quedó fuera de la circulación. Aunque luego Zlotowski hizo una serie presidida por Roschdy Zem, Los salvajes, que está en Movistar+, así que todo en orden. No tenemos que inquietarnos más por ella.

Una chica fácil, sin embargo, goza de unos cuantos atractivos. Está ambientada en Cannes, en pleno verano, lejos del festival, y cuenta la historia de una de esas chicas fáciles (eufemismo), que llegan a la Costa Azul para flirtear (otro eufemismo) con los propietarios de los grandes yates de lujo que ahí atracan en cantidades industriales. Todos los ricos del mundo, dispuestos a dejarse una pasta en joyas a cambio de noches en las más altas temperaturas.

Ella es Zahia Dehar, que siendo crueles podríamos definir como una Claudia Cardinale de saldo o una Bardot de Prisunic prematuramente recauchutada –su primer papel en el cine fue protagonizar el corto Sex Doll-, y en Francia fue la protagonista de un sonoro escándalo por haber tenido relaciones con diversos futbolistas, cuando era escort y menor, ambas cosas a la vez. 

Inspirada por una frase de La coleccionista (Éric Rohmer, 1967) –“Eres el escalón más bajo de la Humanidad”–, Zlotowski supo que era perfecta para “darle la vuelta” al cliché anunciado en el título del film. Un estudio de personaje en busca de la humanidad detrás de una anatomía extrema.

Zahia es observada sin embargo a cierta distancia, a través de la mirada de su prima de 16 años, Naïma (Mina Farid), que la admira hasta el punto de tatuarse “Carpe Diem” como ella en lo más bajo de la espalda. La intriga de este atractivo cuento amoral a pleno sol, que bebe de tanto de Rohmer como de Clément o Rozier, y de todos los dramas franceses que chapotean en el Mediterráneo, es saber si la todavía inocente Naïma acabará siendo chef o se dejará pervertir en uno de esos yates atracados en Cannes.

En el reparto destacan “el amigo gay” (Lakdhar Dridi, uno de los bailarines de Clímax) –un prototipo ya muy recurrente en el último cine galo dirigido por mujeres– y un ya maduro Benoît Magimel, que encarna al siervo de un millonario que empieza a estar un poco harto de su trabajo. Cuerpos dorados al sol, que nos recuerdan la importancia de escoger el buen camino. Refrescante y educativa.

'El mundo es tuyo' (2018), de Romain Gavras: el mejor chute de diversión

Sin duda la más explosiva de las tres. Una auténtica fiesta –animada por una selección que encabeza el Verano, de Tony Ronald (su versión del enérgico Summertime, del inmenso Billy Stewart)– que para más inri acaba en Benidorm, ese paraíso de rascacielos y turismo masificado. Increíble que no llegara a estrenarse por estos lares. Todo está bien, el ritmo imparable, la fotografía espectacular y un reparto pletórico. Fiesta, no hay otra palabra.

Me fascina particularmente el protagonista, Karim Leklou, cuya expresión de permanente pasmo, consternación y loable cobardía, lo hace completamente irresistible en esta aventura pasada de vueltas en la que deberá llevar a cabo un peligroso trato con unos traficantes de drogas que parecen los malos de Trainspotting, o más bien de La venganza (Stephen Frears, 1984) o Sexy Beast (Jonathan Glazer, 2000), por citar los más grandes clásicos de gánsters británicos en las costas del sur de España.

Todo para montar un negocio con el que retirarse a vivir en una casa adosada con la chica de sus sueños (Oulaya Amamra, más tarde en Le sel des larmes, de Garrel), una prostituta, como lo fue su invasiva madre, que no es otra que Isabelle Adjani, ahora adicta al juego, cleptómana compulsiva y siempre decidida a dar un paso adelante en el mundo del crimen. Muy impresionante la Adjani, todo un festival bling bling a lo Kardashian.

La cosa no se para aquí, no menos hilarantes resultan François Damiens e incluso Vincent Cassel, en la piel de un delincuente decadente que ya habla solo, musitando reflexiones absurdas, motivadas por lecturas inconsistentes sobre la conspiración de los illuminati, que llevará hasta sus últimas consecuencias. Incluso aparece Ladj Ly, el futuro director de Los miserables. También andan por ahí un muy memorable Sofian Khammes, como el camello ido que se hace llamar Putin -próximamente en la feel good movie Un triunfo–, y Philippe Katherine, el cantante que se apunta a un bombardeo.

No cabe duda, el hijo díscolo de Costa Gavras, ya consagrado por Notre jour viendra (2010), así como inolvidables clips de Justice o M.I.A., es un maestro de la comedia enloquecida y repleta de acción. Tampoco hay dudas sobre cuál debe de ser su droga favorita. Si se notan con el alma aplatanada, sin ganas de nada, y necesitan un chute de adrenalina que les devuelva de un salto al mundo de los vivos, no cabe duda, esta es su película. Póngansela sin pensárselo dos veces.

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