'Hate Songs': la actuación como medio para revivir el odio y el terror del genocidio de Ruanda

Alejo Levis ('Todo parecía perfecto') se acerca al conflicto del país africano y la reconciliación de su sociedad para entender si detener la violencia es posible.
'Hate Songs' nos lleva a Ruanda varias décadas después del genocidio
'Hate Songs' nos lleva a Ruanda varias décadas después del genocidio
Cinemanía
'Hate Songs' nos lleva a Ruanda varias décadas después del genocidio

Entre abril y julio de 1994, la población hutu de Ruanda asesinó al 70% de los tutsis. Un genocidio que sucedió ante la mirada pasiva de Occidente y que fue promovido, en buena medida, desde una radio local, la RTLM (Radio Télévision Libre des Mille Collines), que mezclaba canciones de Nirvana con mensajes de odio. En los estudios de esa radio, años después, se ha imaginado el director de Hate Songs, Alejo Levis (No quiero perderte nunca), la escenificación de esa reconciliación que los ruandeses han vivido en las últimas décadas. 

Tres personajes, un solo espacio: los actores ruandeses Stéphanie (Nansi Nsué) y Ncuti (Boré Buika) y el técnico belga (Àlex Brendemühl), metidos en el estudio para volver a grabar aquellas retransmisiones que incitaron la violencia entre vecinos. Para terminar el guion, Levis pasó un mes en Ruanda. “Tenía que verlo con mis propios ojos, ver cómo víctimas y verdugos estaban conviviendo. Y sí, sorprendentemente, es un país próspero y están en proceso, han hecho un trabajo de memoria histórica muy potente, muy diferente al nuestro”, relata. 

Han avanzado, aunque, como dicen sus personajes en pantalla, no han perdonado. “Si les preguntas, te dicen que no han perdonado, que la herida está, pero que están tirando hacia delante y así, quizá, los hijos de sus hijos ya crezcan limpios. Han roto la rueda del odio porque es lo único que se puede hacer. Y en un momento como el que vivimos hoy con Palestina, parece imposible”, continúa. “Por eso también la idea de hacer la película ejemplificando, como inspiración para la reconciliación”.

Cada uno de los tres personajes simbolizan uno de los actores en tal brutal episodio: “Stéphanie es una superviviente tutsi que se fue del país, ha pasado la reconciliación fuera y ahora regresa casi como extranjera”, cuenta Levis. “Ncuti es ese ruandés hutu que se quedó, que ha vivido el genocidio y la reconciliación en el país, que arrastra ese sentimiento de culpa. Y Simon representa esa pasividad occidental”. 

Los tres están inspirados en personas reales, aunque lo que ellos representan, “ficción dentro de la ficción”, no lo es. Metidos en un único espacio (en el que rodaron cronológicamente durante 15 días), la película va tornando hacia el thriller e incluso el terror. “Siempre me la imaginé como muy sensorial, estamos en una radio que casi es una casa encantada en la que los sonidos reviven los recuerdos”. Recuerdos terroríficos, difíciles de respirar, imposibles de perdonar, pero necesarios de rememorar y hablar.

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Irene Crespo

Periodista cinéfila y escribiendo (libremente) desde Nueva York sobre películas y sus alrededores culturales en CINEMANÍA y otras publicaciones

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