My French Film Festival: Hafsia Herzi, la musa de Kechiche, enamora en 'Mereces un amor'

Herzi debuta como directora con una íntima, fresca y muy liberada sexualmente película de duelo amoroso. Forma parte de My French Film Festival, disponible en Filmin y Movistar.
Hafsia Herzi
Hafsia Herzi
Cinemanía

Hafsia Herzi tiene un aura especial. A esta actriz que el 25 de enero cumplirá 34 años la hemos visto crecer en las películas de Abdellatif Kechiche, primero en Cuscús (2007), debut en el cine que supuso su revelación internacional, y luego en el polémico díptico Mektoub My Love, donde borda el ya icónico personaje de La Tía, es decir el de Camila, la muy carismática tía de Amin (Shaïn Boumedine), aquel ensimismado aficionado a la fotografía.

También fue la adolescente que se fuga con el orondo Ludovic Berthillot en Le roi de l'évasion (Alain Guiraudie, 2009); la vimos languidecer entre los efluvios opiáceos de L'Apollonide (Bertrand Bonello, 2011), o prostituyéndose, de nuevo, en Sex Doll (2016), de Sylvie Verheyde, que tiene un pequeño papel en esta ópera prima estrenada en la Semana de la Crítica de Cannes antes de llegar a todas las pantallas del mundo gracias al My French Film Festival, cuya programación difunden en nuestro país Filmin y Movistar.

En resumen, la belleza franco-tunecina-argelina de Hafsia Herzi ocupa un lugar muy particular en nuestros corazones cinéfilos. Sobre todo para los fans del díptico Mektoub My Love, que como decíamos provocó reacciones enconadas, sobre todo en lo que se refiere a su segunda entrega, entre otras cosas por la fijación de Kechiche por los cuerpos calientes que danzan. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido con la unánimente aclamada Lovers Rock, de Steve McQueen, dicho sea de paso, cuando en esencia se trata de los mismo. Pero no nos desviemos.

'Mereces un amor' (que te quiera despeinada)

Tu mérites un amour no es un título bonito por casualidad. Retoma el de un poema atribuido a Frida Kahlo (hay discusiones sobre su auténtica autoría), con la que Herzi guardaría algún parecido a ojos del personaje de Anthony Bajon (el chaval de El creyente, de Cédric Kahn), otro proyecto de fotógrafo, que se lo recita a modo de consuelo, porque la película abraza el universal tema del duelo por una ruptura amorosa. Ese amor finalmente no correspondido que, de manera quizás injusta, anula todo lo vivido anteriormente.

Herzi se ha fabricado una película a medida para lamerse las heridas. No solo la ha dirigido, sino que también la autoproducido (con su propio dinerito), escrito en solitario, y es la absoluta protagonista, rodeándose además de un equipo técnico y artístico fundamentalmente joven. El clásico ejemplo de película entre amigos. Para muestra, un botón: Jéremie Attard, que fue cámara en Mektoub, no solo asegura una fotografía de textura documental, sino que además se presta a un hilarante cameo, como una de las citas de la protagonista, que recurre a una app de encuentros en su descalabro amoroso. Quedan en un bar, y él le habla de lentes.

En tanto que aborda ese tema tan universal, resulta muy fácil identificarse con Lila, que así se llama el personaje de la Herzi. Arranca la película cuando intenta partir peras con un tipo que, a todas luces, no le conviene. ¿Quién no se ha visto atrapado en una relación obsesiva/enfermiza, que vista en retrospectiva no valía la pena? Basta que desaparezca el dolor para relativizar las cosas. De ahí que se diga que el tiempo lo cura todo. Ella también lo sabe. Abrumada por la profundidad de su desgarro, intentará acelerar el tiempo.

“Mereces un amor que te haga sentir segura”

Siempre me ha sorprendido muchísimo que a (la mayoría de) las mujeres les gustaran tanto los hombres, criaturas en su mayoría de escaso o nulo interés, amén de antiestéticas. El objeto del amor de Lila ilustra perfectamente esta teoría contra natura. Guapo de gimnasio ultramusculado y de encefalograma plano, se las hace pasar canutas. Él es Jérémie Laheurte, que ya fue novio de una mejor encaminada Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle (2013). Kechiche, una vez más.

La película muestra la deriva de Lila en su huida adelante por las calles de París, con paso obligado por el parque de Belleville –la zona verde del cine independiente francés–. Como es usual en estos casos de desintoxicación amorosa, irá de cama en cama –un clavo saca otro clavo, ese dicho engañoso–, sin por ello sentirse especialmente mal, ni especialmente bien, expresando, eso sí, una sexualidad muy libre, y genuinamente contemporánea, como un manifiesto generacional en plan muy casual.

'Tu mérites un amour
'Tu mérites un amour
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Podemos pensar fugazmente en la Cleo de Agnès Varda, o en la más madura y reciente Juliette Binoche de Un sol interior, que nunca estuvo tan radiante como en esta gran película de Claire Denis, entre otros muchos ejemplos que nos vengan a la cabeza, pero Herzi reclama su lugar en el cine. Un lugar quizás pequeño, modesto, sin grandes pretensiones, pero que respira frescura y sinceridad, amén de que la película se disfruta de principio a fin, sin complicaciones. Hay lágrimas, pero Herzi evita el melodrama intensito en pos de una ligereza propia de las mejores rom-com.

“Mereces un amor que quiera bailar contigo”

Más allá de lo increíblemente estúpido que pueda parecernos el exnovio de Lila, y de lo azarosos que sean sus numerosos encuentros posteriores –del “aquí te pillo, aquí te mato” a una pareja de libertinos típicamente francesa, pasando por un chaval que hace bandera de sus imponentes ojeras–, es imposible no empatizar con la protagonista, y desear que salga adelante, como si nos fuera una parte de nosotros en ello. 

En su recorrido también intervendrá un pintoresco personaje, que es mejor no mentar –por aquello del dichoso efecto sorpresa–, aunque se trata de un recurso más habitual de lo que parece en estas crisis de desdicha amorosa que nos acompañan desde la noche de los tiempos. Piensen en la gitana que adivina el futuro, pues va por ahí.

También está el efecto galaxia Kechiche, que sale explícitamente a flote cuando por ejemplo Lila habla del destino (Mektoub), o en esas divertidas escenas de discoteca, en las que baila acompañada de su inseparable “amigo gay”, interpretado interpretado por Djanis Bouzyani, con el que Herzi había coincidido poniendo voces a la cinta animada El gato del rabino. Aunque, a partir de aquella noche de Cannes'19, quedó claro que el cielo en materia de discotecas cinematográficas es un paraíso monopolizado por Kechiche, y cualquier cosa a su lado ya parece poco, las escenas en la disco de Mereces un amor tienen gozan de esa naturalidad buscada de la que se beneficia toda la película.

Pero Herzi, que ya había dirigido un corto (Le Rodba, 2010) y acaba de rodar su segundo largo –Nora– en este azaroso 2020, es algo más que un mero satélite: La Tía se ha impuesto como una realizadora prometedora que suple las torpezas de su inexperiencia y de la precariedad de medios con toneladas de un encanto realmente irresistible, por lo personal y por lo exótico de su denominación de origen magrebí. Ha nacido un verso libre.

“Mereces un amor que te escuche cuando cantas / que te apoye en tus ridículos / que respete que eres libre / que te acompañe en tu vuelo / que no le asuste caer”.

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