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Cannes 2022 | 'Armageddon Time': un relato autobiográfico de iniciación en la desigualdad

El gran cineasta actual de la familia vuelve a su infancia y uno de esos momentos en los que todo cambió a peor.
Anne Hathaway, Anthony Hopkins y Banks Repeta en el rodaje de 'Armageddon Time'
Anne Hathaway, Anthony Hopkins y Banks Repeta en el rodaje de 'Armageddon Time'
Cinemanía

James Gray es un director de cine (narrador con imágenes) profundamente interesado en la familia como elemento central y determinante del porvenir de sus personajes. Lo lleva demostrando desde los años 90 con el inicio de su filmografía, poblada por familias de judíos de raíces ucranianas, como la suya propia, y, después de una película de ciencia-ficción espacial capaz de superar a Star Wars en conflicto paterno-filial, ha vuelto a su terreno habitual consigo mismo como protagonista.

O, al menos, una versión ficcional de su propia infancia. Eso interpreta en Armageddon Time el joven debutante Banks Repeta, un chaval de 12 años a quien sus preocupados progenitores –dos sólidos Anne Hathaway y Jeremy Strong, coronados por un patriarca Anthony Hopkins que es puro cariño– deciden sacar del colegio público neoyorquino en el que está escolarizado para matricularlo en el elitista Kew-Forest School. 

Una institución educativa privada para las elites a la que acudió, por ejemplo, Donald Trump. Más allá del sorprendente cameo que hace Jessica Chastain en la película interpretando a su hermana, la abogada Maryanne Trump, la voluntad de Gray de identificar la historia de Armageddon Time con un momento de cambio en la historia del país es evidente.

El relato de iniciación de su protagonista, vinculable con la oleada de rememoración coming-of-age personal de tanto cineasta contemporáneo (Alfonso Cuarón, Paolo Sorrentino, Kenneth Branagh, Steven Spielberg), es ante todo un descubrimiento de la desigualdad racial y de oportunidades. El guion del propio Gray es firme en este sentido, reforzando el alcance del título apocalíptico del filme (compartido con una de las canciones de The Clash que suenan en la banda sonora) y el shock que ese descubrimiento supone (o debería suponer) en toda vida que se hace consciente de sus privilegios y limitaciones.

Gray narra la progresión de la relación de amistad entre el protagonista (que sueña con ser artista) y un chico negro de su clase (que quiere ser astronauta) haciendo clasicismo impenitente y sin concesiones dramáticas fuera de tono. La fotografía digital de Darius Khondji también resulta más homogénea y cálida que en sus tenebrosas colaboraciones anteriores con el director –El sueño de Ellis (2013), Z, la ciudad perdida (2016)–, contribuyendo a un candor aparente en este retrato de infancia cuya fachada apacible se resquebraja por momentos.

Exactamente lo que ocurría en una época que era pura apariencia: Ronald Reagan ganaba las elecciones, persistían la desigualdad de clase y el racismo sistémico, la estafa de la cultura del esfuerzo se empleaba para disfrutar la ley depredadora del más fuerte. Eran los años 80, los años del fin del mundo que seguimos aguantando cada vez con menos convicción.

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