Frozen

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Cinemanía

Las imágenes en televisión son confusas, inauditas, pero es lo que parece: un batallón inmenso de niños huye hacia el campo. Diminutos seres humanos armados con antorchas, empujando carritos de víveres. 

En el informativo de las tres, un pediatra carraspea frente a la cámara, murmura incómodo algo acerca de un posible efecto del virus sobre las fontanelas aún blandas. Se abre un recuadro mostrando la foto de un niño: Yun, cuatro años, ya llamado por los medios “el dirigente”. Como tantos otros, ya albergaba el estrés del operario que sufre la mala gestión de una fábrica. La que él ha instigado ha sido una revolución nacida al calor del recreo, un fenómeno que se ha repetido en cada patio de colegio del mundo. 

No es que se conocieran demasiado, pero veían unos en otros el rostro gris y hastiado del que es manipulado por un jefe invisible. No se conocían porque era imposible jugar con continuidad. Cada poco tiempo, cuando los nudos corredizos de la primera amistad parecían estrecharse, alguien daba positivo en clase o la abuela de otro era ingresada, y las dos semanas de encierro destrenzaban toda la trama social. Al volver al colegio, sus vidas interiores, hiperdesarrolladas por el encierro, eran un coloso que aplastaba al enano iluso del juego común. 

Sin embargo, hay algo que los une, y ese algo es la fuerza que ahora los hace caminar unidos, tomados de las manos, más allá de los últimos solares de las ciudades, hasta internarse en los bosques, derribando cualquier obstáculo que se ponga frente a ellos. Ya son miles. Los vemos en la tele, sin dar crédito. Al principio es un susurro, como un rezo que repiten para armarse de valor. Después se distingue la canción, bocas moviéndose con fiereza en rostros que poco tiempo antes aún eran dulces y miraban con candor las imágenes de Pixar. 

Se alza un clamor satánico de voces agudas que se filtra por las ventanas y los patios de luces, que siega los campos y amansa a los jabalíes: “Let it go, let it go, can’t hold it back anymore. Turn away and slam the door. I don’t care what they are going to say. Let the storm rage on. The cold never bothered me anyway. LET IT GO, LET IT GO, LET IT GO, LET IT GOOOO”.

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