OPINIÓN

'Crematorio': Por algo hay que empezar

Nada más español que una trama sobre corrupción urbanística: así fue nuestro primer asalto a la TV 'de calidad'. 
José Sancho en 'Crematorio'.
José Sancho en 'Crematorio'.
Cinemanía

No todo van a ser novedades en esta vida: CINEMANÍA rescata los shows que hicieron historia de la TV con esta colección de artículos. Bienvenidos a nuestros Clásicos en serie.

En 2011, cuando Crematorio (disponible en Movistar+) llegó a la parrilla televisiva, se la vendió como la entrada de España en el mundo de las series ‘de calidad’. Lo que entonces, a ojos del espectador enteradillo, equivalía a presentarla como una Los Soprano española, obligando a plantear una pregunta muy importante: ¿qué genio pensó que nuestro equivalente al Wake Up This Morning de Alabama 3 podría ser una canción interpretada ad hoc por un Loquillo en horas bajas?

Bromas aparte, esta miniserie aspiró con sinceridad a elevar el listón. Apoyado en un presupuesto estratosférico para los parámetros de la época, su guion partía de esa novela con la que el gran Rafael Chirbes retrató la corrupción en Levante. Y, como dicha novela es una suma de monólogos interiores, Crematorio expandía su trama de concejales con cuadros de Miró en el retrete, mafiosos del Este que compran estadios para jugar al golf y sicarios que se enamoran de la prostituta equivocada.

En su eje, además, disponía de una pieza sin la cual el resto de la maquinaria no se sostendría: ese José Sancho que derrochaba amenaza old school como Rubén Bertomeu, la clase de señor cuyas llamadas de teléfono empiezan poniendo firmes a ayuntamientos enteros y luego van más arriba. Un supervillano muy nuestro, vaya.

En la era de Antidisturbios y otros productos de calidad (sin comillas) que hablan en nuestro idioma, Crematorio parece una reliquia, pero en su día fue un presagio. Y no solo por la presencia de una Aura Garrido juvenil, sino también por su forma de minar un sustrato putrefacto que sigue marcando nuestras vidas y que no tiene visos de desaparecer, por desgracia. A la hora de construir narrativas, y a la hora de montar tinglados inmobiliarios, es necesario empezar por alguna parte.

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