Monumento al espíritu de nuestro tiempo, evocación del sentimiento de inseguridad permanente que nos acosa, homenaje al desfallecimiento de todo lo humano, debería respetarse en su estado actual como la estela de nuestro Titanic particular. Destruido y erguido a la vez, soberbio en su desdicha, informe en la cúspide y firme en la base, ni Frank Gehry en sus diseños más sublimes habría imaginado un perfil más original recortándose contra el cielo de Madrid.

¿Quién podría expresar mejor el terror de nuestros días, que nació del colapso de dos rascacielos? Sus ventanas en fuego proyectaron las sombras chinescas de los fantasmas que a todos nos obsesionan: sabotaje, imprudencia, terrorismo, maquinación inmobiliaria, accidente...

La conservación de sus bellos restos como intocables sería la más orgullosa respuesta, la más adecuada para cualquiera que fuera el culpable. Inyecciones de hormigón y cables de acero fijarían sus partes más inestables, convirtiéndolas en evocación permanente de la lucha contra nuestra propia inestabilidad. Las plantas inferiores intactas se dedicarían a actividades culturales. Todo ello, más el pago del precio de la expropiación, costaría menos en tiempo y en dinero que lo que va a costar desmontarlo pieza a pieza. Salvemos el Windsor de un derribo que sólo serviría para la brutal plusvalía del solar (recordad los casos del monte Abantos, del Palacio de los Deportes…). Sería un acto de resistencia y una grandiosa obra de arte para la ciudad del caos.