Ésta es la historia del ferreret. Un diminuto sapillo balear considerado el anfibio más amenazado de España, cuya población mundial se concentra en unos pocos reductos de las sierras de Mallorca. Y uno de los escasos animales de nuestra fauna ibérica que ha logrado salir del farolillo rojo de «en peligro de extinción» para pasar a ocupar una categoría más cómoda en la tabla de seres vivos amenazados, la de «vulnerable». Esta semana comenzaron a escucharse en las agrestes serranías insulares los primeros machos más valientes y adelantados, ajenos al frío invernal. Potentes para su pequeño tamaño, pues se les puede oír a más de dos kilómetros de distancia. Su monótono canto metálico, más parecido al martilleo en el yunque, les ha valido el sobrenombre catalán de herrero. Porque los payeses los conocían de siempre, pero para los científicos su localización fue todo un descubrimiento. Primero encontraron sus fósiles, y pensaron que se habían extinguido hacía 2.000 años. Craso error. En 1980 los estudios confirmaron la relación directa entre esos huesos petrificados y el cantarín sapillo. Y desde entonces se han puesto en marcha una serie de exitosos programas de protección que han permitido incrementar en un 100% su distribución.

La amenaza de la incomprensión. Lo de ellos es un caso infrecuente. Anfibios como ranas, sapos, salamandras o gallipatos están cada vez más amenazados por la contaminación de las aguas, los incendios, la desertificación del suelo, los atropellos y la urbanización del campo. Por nuestra incomprensión hacia ellos y hasta cierta repugnancia incontrolable que nos hace despreciarlos o pisotearlos. Ya no llueven sapos y culebras, como aseguran nuestros abuelos que alguna primavera ocurrió en medio de una tormenta torrencial, pues cada vez quedan menos. Pero escucharlos sigue siendo un placer.

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