Hotel The Riad Tarifa
Azotea del hotel The Riad con vistas a la ciudad de Tarifa. SQCOMMUNICATION

Al-Yazirat Tarif. Así es como los musulmanes llaman a Tarifa, una ciudad que se asoma al mar en el punto más meridional de Europa y más cercano a África. Azotada por el viento de levante, este paraíso gaditano se ha convertido con los años en cuna de los amantes de los deportes náuticos, como el windsurf, el kitesurf, el flysurf, el blokar y el submarinismo, así como en punto de encuentro y acogida de miles de turistas que cada año, y no solo en verano, visitan sus extensas playas de arena fina y aguas cristalinas.

La ciudad ofrece otros atractivos culturales, como sus numerosos restos prehistóricos, los vestigios fenicios de la Isla de las Palomas y otros de la época romana, como la valiosa ciudad de Baelo Claudia.

Pero Tarifa es mucho más. Es un rincón al sur del sur donde desconectar paseando por las estrechas calles blancas de su casco histórico, donde precisamente se erige The Riad, un hotel con mucho más que encanto.

A escasos minutos de la Puerta de Jerez, que da acceso a la medina -y donde se encuentra el único semáforo de la ciudad-, surge la imponente fachada del hotel, toda una alegoría de figuras geométricas pintadas al fresco.

Ubicado en un edificio del siglo XVII que fue residencia del Comendador y que perteneció a la Orden de la Caridad, el establecimiento, que cuenta con seis habitaciones personalizadas, es todo un alegato a los riads marroquíes, antiguas estructuras palaciegas reconvertidas en la actualidad en pequeños hoteles.

Nada más entrar, y ayudado por el buen hacer de todo su personal, uno deja atrás el estrés del día a día para imbuirse en la armonía y el relax que se percibe en cada uno de sus rincones. Patios llenos de plantas, fuentes que susurran al oído, espacios laberínticos y casi secretos, una tenue iluminación y aromas de otro mundo dan la bienvenida a un lugar donde la modernidad y la tradición se dan la mano.

La decoración, de la que se ha encargado Pedro González Armas, propietario del hotel, y Serafín Sánchez Carrasco, merece un capítulo aparte, con muebles antiguos traídos desde la India y Marruecos, telas de lino en las zonas comunes, cojines de seda y sábanas de algodón egipcio de 300 hilos en las habitaciones, suelos hidráulicos, puertas chinas y marroquíes, paredes revestidas de Tadelakt y lámparas también de Marruecos.

Entre las zonas comunes del hotel, destacan especialmente la terraza en la que cada mañana se sirve un variado desayuno para coger fuerzas, y una azotea con vistas a la ciudad para olvidarse del reloj y dejar escapar los minutos y las horas. Y el plato fuerte: un Hamman dedicado al cuidado del cuerpo y del espíritu con terapias tradicionales marroquíes y otras más modernas.

En definitiva, un oasis que combina a la perfección los valores históricos, culturales, el arte, el bienestar y, sobre todo, el descanso, combinando lo mejor de cada cultura en un espacio único.