María Neira
María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS. JORGE PARÍS

María Neira (La Felguere, Asturias, 1960) tiene varios frentes abiertos desde que colgó la bata de doctora de Médicos sin fronteras y se puso al frente del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS (Organización Mundial de la Salud): la obesidad, la contaminación del aire, la malnutrición... Son muchas las batallas, pero ¿y las soluciones?  

Un estudio de la OMS de 2017 dice que la obesidad infantil se ha multiplicado por 10 en los últimos 40 años. ¿Qué estamos haciendo mal?

Hay un consumo excesivo y un cambio en los hábitos de alimentación a nivel del hogar. Por ejemplo, esas comidas que duraban más... Hay menos actividad física y un uso de alimentos industriales, de bebidas azucaradas... Las calorías que acumulamos de más tendrán un impacto muy negativo en nuestra salud.

¿Cómo se lucha contra las máquinas vending en trabajos y escuelas?

Tiene que haber un plan para trabajar con todos los sectores, por eso habíamos hecho en España la estrategia NAOS (Nutrición, Actividad Física, y Prevención de la Obesidad), que trabaja con las industrias alimentarias, con una mejor publicidad para que no promueva el consumo en el caso de los niños. Se trabaja con las escuelas, chefs, la moda...

Cataluña implantó un impuesto a las bebidas azucaradas. ¿Es esa la solución?

La OMS está estimulando ese tipo de tasas porque no tiene ningún sentido que haya 6 cucharadas de azúcar por una bebida. Ese consumo va a provocar en un niño que las bebe casi a diario un problema a largo plazo grave. No es más que una política de disuasión para que no sean tan asequibles y el ciudadano entienda que hay algo detrás.

¿Aquí la culpa la tiene el consumidor o el comerciante?

Lo primero que hay que hacer para luchar contra la obesidad es no culpabilizar. Hay que influenciar a todos los sectores de forma positiva para que reduzcan la cantidad de azúcar, de grasas, pero también para que el consumidor sea consciente de que estamos consumiendo en exceso.

La dieta mediterránea siempre ha sido un referente, pero en España la obesidad se ha cuatriplicado en los últimos 40 años.

El problema es que la hemos abandonado. No es una dieta, es un estilo de vida, y conllevaba tener dos o tres comidas al día, sentados alrededor de una mesa y con un cierto tiempo, lo que da sensación de saciedad. Creo que se ha perdido y debemos volver a ese estilo de vida mediterráneo.

Hace unos años la OMS hizo varios anuncios sobre la carne roja. ¿Fueron demasiado alarmistas?

No, creo que fue contado de forma alarmista. La recomendación era muy clara: no decía "no consumir carne roja", sino "reducir el consumo de carne roja". Todo eso sigue totalmente en pie. No hay ningún alimento que tengamos que prohibir, simplemente hay que hacer un consumo mucho más racional para no añadir productos de riesgo a nuestra salud. Un solo factor de riesgo no va a ser responsable del cáncer, pero está en cada uno de nosotros disminuir las probabilidades.

Paradójicamente, al tiempo que se eleva la obesidad también lo hace la malnutrición.

Lo más absurdo a nivel de Salud pública es que nos estamos enfrentando a un duelo doble. Por un lado, tenemos grandes niveles de malnutrición y, por otro, un problema de obesidad, creado por nosotros mismos.

¿Hay alguna relación económica?

En las grandes ciudades de los países pobres se dan las dos. En cuanto el nivel económico bajo de una persona mejora, la obesidad se desarrolla muy rápido.

La desnutrición y la obesidad siempre han sido las luchas de la OMS, pero la contaminación también mata.

Las batallas no las reducimos solo a dos. Pero ahora mismo la contaminación es uno de nuestros mayores retos. Hay 6 millones y medio de muertes al año por la mala calidad del aire que respiramos, es gravísimo.

¿Cuál es la solución? Hay que promover un sistema público más sostenible, ver que el uso del automóvil privado contribuye mucho a esa contaminación, regularlo y entender qué tipo de transporte vamos a poner para desincentivar el uso individual.

¿Planes anticontaminación como el del Ayuntamiento de Madrid son un ejemplo? Cualquier plan de mejorar la calidad del aire nos parece importantísimo. Los alcaldes tienen un rol fundamental porque son los que pueden tener políticas multisectoriales. Tienen que ser medidas transversales que busquen la complicidad del ciudadano, para que entienda que es una política por el bien general. Y hay que involucrar también al sector sanitario para que sean ellos los que expliquen los beneficios de una serie de medidas en cuanto a cómo va a mejorar la calidad del aire y al mismo tiempo la calidad de nuestros pulmones.

¿Falta conciencia política o ciudadana? Yo creo que los dos. Cuando hay conciencia política, hay que asegurarse de que la conciencia ciudadana sigue también porque sino no va a aceptarse ese tipo de medidas. Y la conciencia ciudadana está cambiando. Cuanto más se entiende que las enfermedades respiratorias, como el asma, tienen una relación con la mala calidad del aire, más van a exigir los ciudadanos. Cuanto más van oigan hablar de esos seis millones y medio de muertes prematuras cada año debido a esa exposición a factores de riesgo relacionados con la mala calidad del aire, más van a pedir a sus políticos para que se tomen medidas que evitan esa contaminación.

Ha dicho en alguna ocasión que un mejor diseño de las ciudades evitará contraer enfermedades. Sí. Limitarse a tratar a los pacientes no es suficiente. Es fundamental prevenir las enfermedades. La idea no es evitar la enfermedad, sino proteger la salud con esas ciudades.

¿Cuál es el modelo de ciudad mejorada? Son ciudades donde el reciclado de residuos va a ser muy limpio, donde va a haber un transporte público asequible, que responda a las necesidades de los ciudadanos. Donde la energía y la electricidad van a proceder de energía limpia y donde va a haber una legislación que evite esa mala eliminación de residuos industriales.

Comemos comida basura, nos ejercitamos poco, respiramos aire contaminado… ¿La ciudad nos mata? No lo pondría en esos términos. Según como diseñemos esas ciudades, podrán tener mejor o peor impacto en nuestra salud. Los arquitectos participan ya con muchas ideas para proteger nuestra salud y no para acabar con ella.

Otra de las grandes problemáticas del futuro será la resistencia a los antibióticos. Ya lo está siendo y se debe a un uso inapropiado. Los antibióticos han representado un avance importantísimo. No queremos destruir ese arsenal, pero hay infecciones que suponen un verdadero desafío en cuanto a encontrar un antibiótico que tenga un efecto, y no queremos que pase. La cuestión puede sonar muy represiva, pero hay que atajarlo. Además, no tiene sentido tomar antibióticos si realmente no tenemos esa infección. Seamos más racionales en el uso y todo irá mucho mejor.