"Nunca me montaré en un cayuco"
Tres jovenes caminan por las aguas pantanosas en Kap Skirrin junto a un cayuco. José Luis Argiñano
Ndeye Coumba, una vendedora de 27 años, ahorra para viajar en avión aunque confía más en casarse con un español para dar el salto a Europa

Ndeye tiene 27 años y 210 euros ahorrados. Toda una fortuna en Senegal. Es una privilegiada, ya que trabaja en uno de los tenderetes de Gore, la isla de los esclavos, un saliente rocoso a media hora en ferry desde el puerto de Dakar. Desde este islote, durante siglos, partieron miles de esclavos hacia América. Hoy es lugar de visita de los turistas.

Ndeye tiene 27 años y 210 euros ahorrados. Toda una fortuna en Senegal
Se hace llamar Macoumba, un nombre mucho más identificable para los españoles. Habla wolof y francés, único idioma oficial del país, y además chapurrea español, lo suficiente para hacerse entender y tratar de engatusar a los españoles para que le compren pareos, pulseras, collares. Y si el cliente le parece agradable, intentará fijar una cita para comer, charlar, ganarse una propina e intentar engatusarle del todo para que acepte su compulsiva petición de casarse.

Ella sabe que 110 euros no son suficientes para pagarse el billete de avión hasta España, y le costaría años ahorrar el dinero necesario. Además, requiere de una invitación de un español para lograr un visado y entrar en España. Conclusión: el modo más rápido es buscar marido. Porque hay algo que tiene claro: ‘Nunca me montaré en un cayuco'.

Ousman sí monta en cayuco. Conoce perfectamente su inestabilidad.
Ousman sí monta en cayuco. Conoce perfectamente su inestabilidad porque pasa más de cinco horas al día en uno de estos botes. No vive obsesionado por irse a Europa pero sí le gustaría conocer España, aunque es consciente de que la vida en la península no es fácil para los africanos. En cualquier caso, si viaja, será en avión. ‘Esos del cayuco son mis hermanos, sí, pero están todos locos. Yo me quedo en Senegal'.

Ousman, de etnia wolof, mayoritaria en el país, expresa en voz alta el pensamiento de gran parte de los senegaleses. Vive en Cap Skirrin, al sur del país. Durante las últimas semanas han sido cientos de personas las que se han subido a un cayuco en el litoral de Senegal, en la costa entre las playas del sur de Dakar y Ziguinchor, en la frontera con Guinea Bissau, no muy lejos de la casa de Ousman.

Las Islas Canarias han recibido este año más de 20.000 inmigrantes del África occidental
Cegados por la necesidad y los ecos de la riqueza europea, las Islas Canarias han recibido este año más de 20.000 inmigrantes del África occidental. Son muchos, sí, pero son muchos más quienes encuentran una insensatez este viaje.

‘Dejar la familia, dejar los amigos, el sol... jugándote la vida, para ir a vivir entre tubab (blancos)... o peor, en guetos con otros emigrantes. Yo prefiero quedarme aquí', se excusa Ousman, como si temiera ofender a los europeos por preferir su país para vivir, a la vez que sonríe, y las arrugas asoman en su rostro acartonado por el Atlántico.

Tiene 34 años y una sola esposa, a pesar de ser musulmán animista, una ‘variante africana' de esta religión que les permite simultáneamente tener varias mujeres, beber alcohol y practicar sexo antes del matrimonio.

Sidi Diop, por ejemplo, tiene una esposa, y un hijo de ella, y acaba de ser padre por segunda vez, con su nueva compañera, con la que de momento no tiene intención de casarse. Es de etnia mandinga, reside en Tambacounda, en el interior. Su cuerpo, con 27 años, parece esculpido, aunque apenas hace gimnasia, es cuestión de genes. Lleva en la cintura un gri-gri, un amuleto que, según el animismo, le confiere mayor potencia sexual.

En mi país tengo privilegios que perdería en Europa

‘En mi país tengo privilegios que perdería en Europa', admite. En Senegal, las mujeres y los niños son siervos del hombre. Sólo ellas y los pequeños trabajan en el campo, tirando de burros, hacen la comida o venden mangos en los infinitos puestos callejeros. Porque todo el país es un gran bazar.

‘Pero sí me gustaría tener una mujer europea', confiesa, y le pega un trago a La Gazelle, (gacela), la cerveza más popular de Senegal. En el país se dice que hay tres gacelas: la cerveza, el antílope, y la mujer.

Ndeye Coumba responde a ese perfil salvaje.

Alta, espigada, con unos mofletes carnosos y ojos vidriosos. Ataviada con un elegante bubu color dorado del cuello a los pies, y un pañuelo que le cubre su cabello trenzado. No prueba jamás alcohol. Trabaja seis días a la semana, y el lunes, en su jornada de descanso, cocina en casa para su padre, su madre, las otras tres esposas de su padre y sus aproximadamente 25 hermanos que viven en un piso del barrio dakariano de Pikine.

El pollo es un lujo, que logra degustar cuando alguno de sus clientes la invita
Se levanta a las siete de la mañana y toma un taxi compartido que en un trayecto infernal de dos horas por las calles aglomeradas de Dakar le deja en el puerto. Después, el ferry y una nueva jornada a la caza del turista. Arroz con pescado es la dieta casi diaria. El pollo es un lujo, que logra degustar cuando alguno de sus clientes la invita a los restaurantes cercanos a la estación del ferry Dakar-Gore, al precio de unos 10 euros el menú. Con dos o tres clientes al día en su tenderete, pagar 10 euros supone para Macoumba el sueldo de un par de días.

A sus 26 años, jamás se ha acostado con un blanco. Se reserva para aquel que acepte ser su marido. En su situación, desposarse con un tubab (blanco) y tener un hogar en España con un único marido y un número limitado de hijos sería un paraíso.

‘Yo cuidaría de mi esposo, me ocuparía de los hijos y de la casa. Y también me gustaría trabajar fuera del hogar', promete.

En España hay unos 40.000 senegaleses
En España hay unos 40.000 senegaleses. Un primo suyo, hijo de una de las hermanas de su madre, vive en Madrid y aunque no lo ha visto nunca sabe que si llega el caso le ayudará. Cualquier parentesco senegalés es una garantía.

‘Se fue hace unos 3 años y envía dinero suficiente para mantener a todas su familia, unas 20 personas. Atravesó Mauritania y Marruecos y tomó una patera que en seguida le dejó en España. Fue muy fácil, pero ahora nadie se atreve a cruzar esos dos países y por eso los cayucos parten desde Senegal. Es una locura. Ojalá acabe pronto y nos dejen entrar libres a Europa, porque...' y lanza una pregunta al aire esperando una única respuesta: ‘¿Necesitáis trabajadores, verdad?'