Teresa Viejo Periodista y escritora
OPINIÓN

Se necesitan más lavamentes que lavacabezas

Mujeres en Kabul protestando contra la orden de cerrar los salones de belleza
Mujeres en Kabul protestando contra la orden de cerrar los salones de belleza
Europa Press
Mujeres en Kabul protestando contra la orden de cerrar los salones de belleza

De niña acompañaba a mi madre a la peluquería del barrio. No era algo frecuente, en casa los recursos escaseaban y ella solo iba cuando las puntas y los ahorros había crecido. Recuerdo la peluquería como un lugar ruidoso, con paredes cubiertas por posters de modelos algo desfasadas, pero muy bellas, porque el tiempo se desgasta antes en la cabeza femenina que en el armario; podemos llevar un vestido de los 80, pero el cabello cardado no tiene pase.

El local se situaba en una calle blindada por acacias, a través de cuyas copas se consumían las estaciones, al que acudían mujeres adictas a la permanente y al agua oxigenada que curioseaban los asuntos del barrio y se contaban secretos entre rulos y bigudíes. En la peluquería se hablaba mucho, a voces y en susurros, y el cambio de tono era algo impredecible; me costaba seguir aquellas conversaciones que despertaban mis ganas de indagar en ellas y dar opiniones de 'niña vieja' -como me llamaba mi madre- porque, entre la ventolera de los secadores y esos gestos de las clientas al comentar anécdotas de sus maridos, parecían mensajes cifrados. En la peluquería se hablaba de cosas de mujeres.

Mi madre sigue yendo a la peluquería en el pueblo donde vive y presumo que socializará allí con otras mujeres como lo hacía antaño; cuando la telefoneo, noto enseguida si ha iniciado el día con el servicio de lavar y marcar porque su ánimo es otro. En las peluquerías de barrio se sigue devanando la vida y, gracias a la saludable práctica de conectar con las vecinas, sobreviven a las embestidas de las grandes cadenas en las que prima el anonimato. Preservan un espacio seguro donde se desmenuza lo pequeño para digerir lo grande porque, a veces, hay que echarle estómago a la desidia que habitan algunas mujeres. Esta liturgia de un establecimiento convertido en confesionario, se repite aquí y en las antípodas; en cualquier lugar del mundo… menos en Afganistán donde, desde ayer, las mujeres ya no tienen peluquerías.

La noticia, en mitad de la fiebre política, ha quedado condenada a una esquina del periódico, como suele sucedernos a las mujeres cuando gritamos 'nuestros asuntos', sin embargo, me resulta desgarradora. En el país talibán, el llamado 'Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio' ha cerrado por decreto todos los salones de belleza, condenando a sus propietarias y trabajadoras, además de a la pérdida absoluta de sus ingresos y la imposibilidad de trabajar, al ostracismo, la irrelevancia social y la sumisión total al hombre, dependiendo de ellos para su subsistencia y la de sus hijos. 

El último espacio solo para mujeres, culto a la sororidad, al abrigo de un lavacabezas que embellecía un cabello para después ocultarlo bajo un burka, ha sido borrado del mapa. De nada sirven las protestas en un país, cuyas manifestantes son encarceladas de inmediato bajo terribles represalias; inútiles las voces feministas que no mueven un dedo de los talibanes afganos, dirigiendo un país al que pretender anclar en el medioevo; palabras gastadas las mías y las tuyas por más que la rabia te lleve a preguntarte cómo es posible tal tropelía contra la mujer en 2023.

Escribo este post con profunda tristeza. Me asomo a las redes sociales y contemplo con estupor las pelea tras la resaca poselectoral y me digo por qué esa ira no se lanza contra una injusticia tan enorme, y me cuesta encontrar un tweet apoyando a unas mujeres que no podrían leer ni una palabra de ánimo, privadas también de esa ventana al mundo que es la red. Entonces recuerdo a mi madre y a las clientas en la peluquería del barrio, redimiéndose de su esclavitud doméstica, soltando sus frustraciones, sus quejas cotidianas, los anhelos incumplidos, riendo a carcajadas algún que otro chiste verde sobre hombres, para plantarse dos sonoros besos tras el golpe final de laca, y salir a la vida de nuevo sabiéndose algo más guapas y más libres.

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