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Televisión, camina conmigo: recordando 'Twin Peaks'

Hace 20 años David Lynch revolucionó la televisión con una pregunta: "¿quién mató a Laura Palmer?"
Televisión, camina conmigo: recordando 'Twin Peaks'
Televisión, camina conmigo: recordando 'Twin Peaks'

Corría el año 1989 y el mundo asistía atónito a la caída del Muro de Berlín y, con él, del Telón de Acero. No era la única revolución en marcha. Un año antes, David Lynch había conocido a un tal Mark Frost. Juntos acudieron a las oficinas de la cadena ABC con una historia sobre el asesinato de la reina del instituto en un pueblecito. La idea era mezclar una serie policial con un culebrón. Lynch tenía un buen presentimiento al acudir a la reunión: “Bajaba por Sunset Boulevard y delante de mí había un Volkswagen destrozado, pero tenía mis iniciales, DKL, y algunos números. Eso me pareció una señal”.

¿A quién se le podía ocurrir encargar una serie para el prime time a un tipo cuya vida se regía por

estos accidentes y cuyo último guión versaba sobre “una burbuja eléctrica que sale de un ordenador, estalla sobre una ciudad y cambia la personalidad de la gente: cinco vaqueros, por ejemplo, se creen de pronto que son gimnastas chinos (sic)”?. Pues a alguien tan necesitado como la cadena ABC, que, en aquellos momentos, atravesaba una crisis que precisaba de decisiones arriesgadas. De todos modos, tampoco era tan descabellado. El 50% de Twin Peaks, Mark Frost, era el discípulo aventajado de Steven Bochco, el hombre que había reinventado los seriales televisivos (y, de paso, había hundido la audiencia de ABC) con productos como Canción triste de Hill Street para la NBC.

COMO EN 'TERCIOPELO AZUL'

El piloto de este serial se rodó en 24 días en la gélida localidad de Snoqualmie (Washington) a un ritmo bastante elevado para un cineasta, pero el director estaba encantado. Veía en el medio televisivo una oportunidad única para sacarle el máximo provecho a la idea que ya había desarrollado con Terciopelo azul, su anterior trabajo: destapar las miserias,

vicios y perversiones de una, en apariencia, idílica población. Twin Peaks era Lumberton, el hogar de sufrimiento de Isabella Rossellini en Terciopelo azul, llevado al detalle.

A simple vista, las historias cruzadas en Twin Peaks tampoco distan mucho de las de Los Colby o

Dinastía, sus antecesores en la parrilla de la ABC: hay infidelidades (a porrillo), negocios turbios (tráfico de drogas y especulación inmobiliaria)… Pero Lynch consigue introducir en la serie escenas que sobrepasan todos los códigos de lo que, hasta entonces, se entendía por soap opera: incestos, sadismo y, lo nunca visto en un culebrón, situaciones paranormales. El verdadero logro de Lynch fue el equilibrio perfecto entre estridencias y neurosis. El verdadero logro de Lynch se encarnó en un tipo llamado Dale, agente Cooper para los amigos.

LA POLICÍA ES DE RISA

El peculiar sentido del humor del director (y del nunca suficientemente valorado Mark Frost),

impregna toda la serie pero, muy especialmente, las escenas en las que aparece el agente Cooper (Kyle MacLachlan). Él y su grabadora, en la que dicta y redicta historias a una tal Diane. Él y su obsesión por el café (“el talón de Aquiles de cualquier hotel es, cómo bien sabe, Diane, el café del desayuno”), el pastel de cereza y los donuts reflejan mejor que nadie la parte amable de la serie. Vicio y virtud encajaron tan bien que Twin Peaks se convirtió en un fenómeno zampándose a sucompetidora, la muy curtida Cheers, y generando todo tipo de merchandising.

Y no gustaba sólo al público, la crítica la adoraba. Lynch insiste una y otra vez: “Hasta su difusión, no hay ninguna diferencia entre cine y televisión. Después de ella, la tele, al contrario que el cine, tiene una imagen y un sonido malos y poco atractivos. Pero los procesos de fabricación son los mismos. Hemos filmado, montado y mezclado de igual manera la película y la serie”. El episodio piloto cuenta con dos planos antológicos: el montaje paralelo en el que se comunica a sus compañeros de instituto la muerte de Laura, y en el que, con una profundidad de campo inédita hasta entonces, se hace lo propio con el padre de la fallecida. Además, la serie está trufada de simbología típicamente lynchiana, un tipo con la cultura popular de un Tarantino. Mike, El Manco, es un homenaje a El fugitivo; el ambiente de la ciudad es descrito como “de una canción de Roy Orbison”; el nombre de la finada, Laura, alude a la película homónima de Otto Preminger; hay numerosos homenajes al Hitchcock de Los pájaros y Vértigo… Pero a diferencia

de Quentin, Lynch es un tipo con estudios, hasta el punto de permitirse en la serie lo que no se atrevió a hacer en Cabeza borradora: recurrir a un recurso propio del vídeo-arte, la grabación hacia atrás, para representar la misteriosa Habitación Roja.

LA COMBUSTIÓN FINAL

Para Mark Frost, la razón del derrumbamiento de la serie en su segunda temporada responde a cuestiones empresariales: “Pasamos de competir los martes a hacerlo los sábados. Cuando te emiten entre semana la audiencia puede comentar sus diferentes teorías en el trabajo. Si lo haces el fin de semana, el lunes ya es una cosa olvidada. Además, en aquella época estalló la primera Guerra del Golfo”. Puede que tenga razón, pero también es cierto que el público no estaba preparado para un suspense, un cliffhanger tan grande como el que ofrecía el último episodio de la primera entrega. Todo el mundo quería saber quién había matado a Laura

Palmer… menos sus creadores. Lynch: “Se trataba de un misterio en torno a un asesinato, pero ese misterio terminaría por pasar a un segundo plano. No íbamos a resolver el asesinato en mucho tiempo”. Entre los fans se extendió la sensación de que, en realidad, no tenían ni idea de cómo solucionarlo. “Eso es estúpido. En televisión tienen nombres para todo. Como ‘el arco’ de la historia: dónde va, quién va a hacer qué, todo eso. Escribimos nuestro arco para satisfacer a los ejecutivos”.

Para Lynch, la historia de Twin Peaks no acaba con la posesión del agente Cooper por Bob (“eso

fue sólo el final de la segunda temporada”). La historia sigue en su cabeza… y en su legado. Su influencia empieza en el mismo punto de partida mil veces repetido: ¿Quién mató a Laura Palmer? ¿Quién mató a Lily en Verónica Mars? ¿Era Richard Cross el asesino en Murder One? Y cambiando el sujeto interrogativo: ¿por qué se suicidó Mary Alice en Mujeres desesperadas? Y de cualquier modo, ¿acaso importa? En todas ellas, la resolución del misterio sólo es una excusa para adentrarnos en la personalidad de los personajes, su verdadera razón de ser. El componente paranormal se recupera para la televisión como no ocurría desde La dimensión desconocida: lo vemos en las conversaciones de Nate Fisher en A dos metros bajo tierra; en Expediente X, en Perdidos y sus émulos Héroes y Jerichó. Y podríamos seguir hasta el infinito: ¿existiría Dexter si Lynch no hubiera cruzado todas las normas de lo sádico al introducir el salvaje episodio de la muerte de Maddie en el capítulo XVI?

Texto: Rubén Romero

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