Wes Anderson y Paul Thomas Anderson: 25 años de sus primeras películas

'Hard Eight' y 'Bottle Rocket', óperas primas de dos de los cineastas más importantes del cine reciente, están de aniversario. Analizamos qué tienen en común, más allá del apellido
Hard Eight y Bottle Rocket
Hard Eight y Bottle Rocket
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En el año 1996 hacían su debut en la gran pantalla dos de los creadores más apasionantes del cine norteamericano reciente: Paul Thomas Anderson (California, 1970) y Wes Anderson (Texas, 1969). Cinéfilos voraces desde niños, ambos rehuyeron las escuelas de cine para, con apenas veintiséis y veintisiete años respectivamente, afrontar de forma autodidacta la filmación de sus óperas primas: Hard Eight (conocida en España como Sydney) y Bottle Rocket (en España bautizada Ladrón que roba a ladrón).

25 años después, convertidos ambos en cineastas mundialmente alabados y con el estreno pendiente de sus décimos largometrajes (Soggy Bottom en el caso de Paul Thomas y La crónica francesa en el de Wes, que previsiblemente verán la luz este 2021), desandar lo andado y revisitar sus primeras películas nos permite confirmar la innegable coherencia de sus filmografías, dos de las más personales y ricas del cine posmoderno.

Y es que, orsonwellianos en su temprana genialidad, los Anderson darían muestra ya, en aquellos debuts de tan tímida repercusión comercial –y de aún más tímido presupuesto–, de sus principales intereses temáticos y búsquedas formales como cineastas. Ambas películas, si bien de forma todavía embrionaria, permiten entrever los estilemas que atravesarían toda la producción posterior de los dos autores. Pero, ¿qué tienen en común –más allá de ese apellido tan cool– dos de los más aventajados cineastas de su generación?

Cineastas cinéfilos: de 'Los cuatrocientos golpes' a 'Star Wars'

De igual manera que otros compañeros de generación –directores que, como Quentin Tarantino, David Fincher o Sofia Coppola, comenzaron a hacer cine en la década de los 90–, Wes y Paul Thomas crecieron y educaron su paladar cinéfilo durante la efervescencia del llamado Nuevo Hollywood.

Así, sus tan particulares poéticas continúan los pasos de una tradición que, en los años 70, había dinamitado el clasicismo hollywoodiense desde el interior de su propia industria: autores como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma o William Friedkin, influenciados por los Nuevos Cines surgidos a finales de los 50 –especialmente por la Nueva Ola francesa–, renovaron de formas dispares la tradición, apelando siempre a una reelaboración constante de las formas clásicas del cine norteamericano desde el rupturismo propio de las vanguardias que llegaban de Europa.

No parece casualidad que entre las principales referencias de Wes y Paul Thomas Anderson se hallen dos autores profundamente cinéfilos: François Truffaut y Martin Scorsese, cineastas cuyas películas no dejan de ser reescrituras constantes de sus pasiones cinematográficas.

Dos filmes de Truffaut se hallan entre los predilectos de los Anderson: Los cuatrocientos golpes, que Wes vio recién cumplidos los dieciocho, resultaría determinante en su manera de afrontar la puesta en escena de su primera película –Bottle Rocket habla, además, como lo hacía el filme del cineasta de la Nouvelle Vague, sobre la fase conflictiva que supone la entrada en la edad adulta–; Tirad sobre el pianista, segundo filme del francés, es la película preferida de Paul Thomas –Hard Eight, su ópera prima, se mira en el espejo de aquella para ofrecer una personalísima mirada sobre el cine de gánsteres–.

La influencia del italoamericano Martin Scorsese, por su parte, es quizá más evidente en la obra de Paul Thomas que en la de Wes –especialmente en Hard Eight y en su segundo largo, Boogie Nights, donde la huella de Scorsese resulta innegable–, aunque el virtuosismo y la estilización de sus imágenes, así como la narratividad musical de su cine, están también muy presentes en la poética tan particular, traducida en simetrías, colores pastel y temas de Bowie, Françoise Hardy o los Kinks, del director de Los Tenenbaums. El propio Scorsese ha reconocido a Wes Anderson como uno de sus cineastas favoritos y más dignos herederos, situando Bottle Rocket entre las mejores películas, a su parecer, de la década de los 90.

La obra de ambos Anderson, mezcolanza de tradición y modernidad, ha encontrado asimismo un difícil equilibrio entre arte e industria: sus películas, de una fuerte autoría, no gozan exclusivamente del favor de la crítica, encontrando también un más que aceptable éxito en taquilla –gracias, principalmente, a la inteligente selección que ambos cineastas llevan a cabo de un reparto mundialmente conocido para encarnar a sus personajes–.

Y es que tampoco debe olvidarse que los directores de Magnolia y Moonrise Kingdom vivieron su adolescencia en la década de los 80, era dorada del cine de entretenimiento que tuvo entre sus grandes nombres a Spielberg y Lucas –Encuentros en la tercera fase, del primero, generó una gran admiración en Paul Thomas; Star Wars, del segundo, se halla entre los filmes favoritos de Wes).

Así, el componente lúdico del cine como un gran espectáculo inmersivo resulta, para ambos cineastas, inseparable de la mirada decididamente personal que arrojan sobre el mundo a través de la escritura y la puesta en escena de sus películas; es un constante tira y afloja entre inmersión y distanciamiento, entre narración clásica y disgregación narrativa, lo que define sus particulares poéticas.

El motel de Hard Eight (Paul Thomas Anderson, 1996)
El motel de Hard Eight (Paul Thomas Anderson, 1996)
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Paul Thomas Anderson cuenta una anécdota que se antoja plasmación perfecta de esta forma de entender la cinefilia, tan presente en los autores de su generación: cuando entró en la escuela de cine de la Universidad de Nueva York, que abandonaría literalmente a los dos días, se topó con un metodología académica desalentadora.

El motel de Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
El motel de Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
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"El primer día que entré en clase se nos recomendó ver El acorazado Potemkin, y el profesor dijo: “Si alguno de ustedes quiere escribir Terminator 2, váyase”. Tal vez haya algún joven que quiera escribir Terminator 2, y ¿cómo se le desafía a que comience con El acorazado Potemkin? ¿Por qué no empezar con Terminator 2 e ir hacia atrás? Para mí esa es la forma de aprender. Así conocí yo el cine: Yo veía Toro Salvaje y pensaba: “¿En quién estaba pensando Scorsese?” Luego veía las películas de Elia Kazan, analizaba profundamente las películas de Max Ophuls, veía Centauros del Desierto…"

“¡De mayor quiero ser director de cine!”

1988. Un joven Wes Anderson comienza a estudiar Filosofía en la Universidad de Texas, en Austin. Al mismo tiempo, a 2000 km de distancia, un aún más joven Paul Thomas Anderson se prepara para dirigir su primer cortometraje, The Dirk Diggler Story.

Antes del vídeo, Paul Thomas había experimentado, siendo chiquillo, con cámaras de 8 y 16 mm, regalo de su padre. El de Wes también había obsequiado a su hijo con el placer de “jugar” al registro de imágenes en movimiento: una Super 8, en caso del texano, con la que, a la edad de 8 años, el joven cineasta en potencia filmaría una serie de pequeñas películas mudas, echando mano de sus hermanos y mejores amigos como técnicos e intérpretes.

1990. En los pasillos de la Universidad de Texas, Wes conoce a un tal Owen –de apellido Wilson–, un chico con el que coincide en la clase de dramaturgia. Sin haberse dirigido la palabra nunca antes, desde su primera toma de contacto se harán inseparables, comenzando a compartir piso e ideando el que será el primer corto de Wes, Bottle Rocket. Por su parte, Paul Thomas, mal estudiante en la adolescencia, abandona el Emerson College de la Universidad de Nueva York para entrar en la Escuela de Cine, abandonándola a los dos días. Decidido a rodar, opta por hacer uso del dinero que a priori pensaba invertir en la Escuela de Cine para financiar su primer corto “profesional”, Cigarettes and Coffee.

La presencia de los diners en Hard Eight (Paul Thomas Anderson, 1996)
La presencia de los diners en Hard Eight (Paul Thomas Anderson, 1996)
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1993. Paul Thomas Anderson y Wes Anderson debutan con sus humildes cortometrajes en el Festival de Sundance. Bottle Rocket y Cigarettes and Coffee resultan ampliamente laureados: el de Wes llama la atención del cineasta y productor James L. Brooks, quien le ayudará a convertir la historia en un largometraje; el de Paul Thomas, por su parte, le abre las puertas de un Taller de Guion y Dirección impartido por el Instituto Sundance con el objetivo de promocionar a nuevos cineastas que busquen llevar a cabo su ópera prima.

'Bottle Rocket' y 'Hard Eight': El debut de dos niños prodigio

Las óperas primas de los Anderson asientan ya, en buena medida, las constantes temáticas y estilísticas de todo su cine. Ambos filmes, de tono y estilo muy distintos entre sí pero hijos de un mismo tiempo y una forma similar de entender la cinefilia, tienen muchos más puntos en común de lo que a simple vista podría parecer.

La presencia de los diners en Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
La presencia de los diners en Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
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Hard Eight narra la historia de Sydney, un hombre entrado en años que, por alguna razón que nos es ocultada hasta el clímax de la película, se decide a ayudar a John, un joven desesperado al que conoce en un dinner de carretera, enseñándole a ganar dinero fácil en los Casinos. En Bottle Rocket, el joven Anthony se “fuga” de un hospital psiquiátrico para, junto a su colega Dignan, convertirse en unos importantes ladrones y llamar así la atención de Mr. Henry, un jefe mafioso.

Ambos filmes se constituyen, a la manera de cada cineasta, como personalísimas reformulaciones del género negro: tal como reseña José Francisco Montero en su libro sobre el director de Pozos de ambición, “según Anderson, la idea de partida de Hard Eight era que el típico gánster de tantas películas de los años treinta y cuarenta no hubiera muerto al final de cualquiera de ellas, y años después tuviera que enfrentarse a su pasado”.

Partiendo de la mitología del cine negro –en lo que a ambientes sórdidos y personajes derrotados se refiere, así como en lo relativo a su desarrollo dramático, de índole fatalista–, P. T. Anderson apela en Hard Eight a la estructura propia del western para, desde esta simbiosis genérica, articular un filme que –aderezado con unas gotas de melodrama– traza puentes entre los dos géneros por excelencia del clasicismo cinematográfico estadounidense y la reformulación que de estos propuso el cineasta francés Jean-Pierre Melville: el propio Anderson ha apuntado Bob Le Flambeur (1955) como influencia capital en aquella, su ópera prima.

De igual manera que el debut de P. T. Anderson, el de Wes rebosa cinefilia por todos los costados. En su caso, el texano juega a la deconstrucción del género negro desde su sobrerrepresentación, mediante un humor a caballo entre lo absurdo y lo melancólico, situando en el centro del filme a dos personajes abatidos y perdedores cuya aspiración es convertirse en temidos delincuentes.

Familias “sustitutivas” en medio de ninguna parte en Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
Familias “sustitutivas” en medio de ninguna parte en Bottle Rocket (Wes Anderson, 1996)
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Dignan, el personaje interpretado por Owen Wilson, demuestra en todo momento admirar ya no a los grandes ladrones, sino a la representación que de estos y de su “oficio” se ha hecho en las ficciones cinematográficas. Así, a la hora de empuñar un arma, a la hora de afrontar la huida tras un robo, a la hora de mostrarse a sí mismo como respetado “jefe de una banda”, Dignan juega a la repetición de esos cánones que forman parte del imaginario colectivo, como un niño vestido de vaquero que sopla el cañón de su pistola de plástico tras “disparar” a su mejor amigo en el patio del colegio –y a la manera en que Jean-Paul Belmondo y Anna Karina jugaban al género en la muy admirada por Anderson Pierrot le Fou (1965), de Jean-Luc Godard–.

Esta idea de la “vida como escenificación” se halla en el centro también de Hard Eight: Sydney, protagonista del filme, organiza a su alrededor una gran farsa, un teatrillo con el que pretende ocultar la trágica realidad de un pasado imborrable (decir más sería spoilear el debut de Paul Thomas Anderson), acogiendo a John y a la joven Clementine bajo su ala y dando forma así a su particular nueva familia, buscando ahuyentar, aunque sea de forma ilusoria, la soledad.

Como el primer filme de Paul Thomas, Bottle Rocket no deja de ser, en el fondo, también un relato sobre criaturas desarraigadas y solitarias que, con la idea de huir de su fracaso y encontrar un lugar en el mundo, tratan de construir una familia de la que sentirse parte, articulando para ello una continua escenificación que se halla permanentemente al borde del derrumbe.

El motivo visual del motel, espacio en el que tienen lugar algunas de las más importantes secuencias de ambos filmes, da muestra, en tanto que “no-lugar”, de ese continuo deambular solitario de aquellos que no logran encontrar su sitio. Los dinners de carretera, lugares de paso impersonales en los que tampoco se deja huella, funcionan en la misma dirección.

Familias “sustitutivas” en medio de ninguna parte en Hard Eight (Paul Thomas Anderson, 1996)
Familias “sustitutivas” en medio de ninguna parte en Hard Eight (P. Thomas Anderson, 1996)
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Y es que las familias disfuncionales y las relaciones paterno-filiales conflictivas –cuando no traumáticas y tormentosas– están en el centro dramático de todos los films de ambos directores. Algo que parece atender a un difícil episodio que los dos cineastas atravesaron siendo niños y que ejerció en ellos un fuerte impacto emocional: la separación de sus padres y la difícil reconstrucción del entorno familiar. En el caso de Wes, fue su padre, Melver Leonard Anderson, quien abandonó el hogar cuando él tenía tan solo ocho años; en el de Paul Thomas, sería su madre, Edwina Gough, con quien a día de hoy apenas tiene trato, quien se fue de casa.

“No quiero hacer otra película sobre la familia pero, haga la película que haga, en el fondo siempre termina siéndolo”, señaló Paul Thomas Anderson en una entrevista. Wes Anderson piensa lo mismo al respecto: “Quiero tratar de no repetirme, pero lo hago continuamente en mis películas”.

Veinticinco años después

A sus cincuenta años, Wes y Paul Thomas Anderson son dos de los cineastas norteamericanos más reputados del cine actual. Repasar sus primeras películas permite corroborar su genio temprano, su cinefilia apasionada, su ánimo constante de –aun asegurando ellos mismos repetirse– transitar territorios nuevos y explorar la narrativa y las posibilidades del medio cinematográfico; también sorprenderse ante los numerosos elementos comunes –temáticos, formales, genéricos– que reúnen dos cineastas a priori tan dispares, hijos de un mismo tiempo y una muy similar forma de cinefilia.

Los Anderson de Bottle Rocket y Hard Eight: dos niños prodigio que, a mediados de los noventa, recién nacidos cinematográficamente hablando, aún tenían tanto por regalarnos. Y lo que todavía está por venir. 

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