Todos somos el Piojo: así cambió ‘El crack’ el thriller español

La primera entrega de la trilogía de José Luis Garci cumple 40 años, y es una buena ocasión para explorar su importancia.
Alfredo Landa como Germán Areta en 'El crack'
Alfredo Landa como Germán Areta en 'El crack'

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE 'EL CRACK' Y 'EL CRACK DOS']

En octubre de 2011 el cantautor asturiano Nacho Vegas publicó Cómo hacer crac. El título hacía referencia tanto a una canción como a la maqueta que la incluía, y asaltaba un debate especialmente agitado al hilo del 15M, que había tenido lugar pocos meses antes sin que pudiéramos entonces empezar a entrever sus efectos. Vegas se hacía eco del malestar generacional de la juventud española, de su desafección hacia la clase política, recurriendo a una onomatopeya tan sencilla como “crac”. Haciendo referencia a una ruptura. A un punto de inflexión tras el cual nada volvería a ser lo mismo.

Es poco habitual relacionar esta concepción furiosamente politizada de la palabra “crac” con la saga que José Luis Garci ha dirigido entre 1981 y 2019. De hecho, y acorde con la simpatía que El crack siempre ha ostentado entre el público, es más habitual despachar el sentido último del título con otra acepción, que identificaría a Germán Areta, protagonista de la trilogía, como un tipo fabuloso. Escandalosamente bueno en lo que hace. Y sí, sin duda encaja, pero el propio Garci contaba en los años 80 que esa no era su intención fundamental, puesto que el propósito (al igual que el de Nacho Vegas) era encapsular dentro de su sonoridad una coyuntura política muy concreta.

El crack se estrenó el 6 de abril de 1981, hace ya cuarenta años. Llegó a los cines también pocos meses después de un histórico acontecimiento (el golpe de estado del 23 de febrero), y buscando enmarcarse en la Transición que debía llevar al país de la dictadura franquista a la democracia. Garci aseguraba que su película quería impregnarse del sentir de su época, desarrollándose a horcajadas de una España en proceso de cambio y distanciamiento de un pasado traumático.

Sin embargo, y haciendo honor como siempre ha hecho a sus filias, Garci quiso que el discurso de El crack se levantara sobre una comparación extramuros. La fijación de un objetivo al que parecerse, podría decirse, que Garci asociaba inequívocamente con los EE.UU. que habían parido a sus grandes ídolos. ¿Cómo podemos interpretar, entonces, la compleja españolidad de El crack y sus dos entregas posteriores?

Alfredo Landa es Germán Areta
Alfredo Landa

El espíritu de la Transición

Los años 80 fueron una buena época para José Luis Garci. En un corto periodo de tiempo, el cineasta madrileño fue nominado hasta en tres ocasiones al Oscar a Mejor película de habla no inglesa, ganándolo por Volver a empezar en el 82. Entre todas estas películas oscarizables dirigió tanto El crack como El crack dos, sosteniendo con ellas una particular visión de lo que sucedía en España entonces. Resulta llamativo, sin ir más lejos, el caso de Volver a empezar, que Garci rodó entre cracks y recibió unas críticas bastante tibias en España, contrastando con la celebración estadounidense.

Volver a empezar también hablaba de un crac, y lo acometía de un modo más directo que los thrillers aledaños. Garci trataba la historia de un escritor exiliado que volvía a su Gijón natal para retomar el contacto con sus amigos y el amor de su vida, y la película dejaba clara una postura política ante la contemporaneidad de entonces. El director quería dedicarle el film a todos aquéllos cuyas vidas fueron interrumpidas por la Guerra Civil y la dictadura franquista, y en última instancia se lo agradecía a quien él consideraba como principal responsable de que el agua hubiera vuelto a su cauce: el emérito rey Juan Carlos I.

Encarna Paso y Antonio Ferrandis en 'Volver a empezar'
Encarna Paso y Antonio Ferrandis en 'Volver a empezar'

En una escena atropellada totalmente por el tiempo, Antonio Ferrandis sugería que Juan Carlos merecía el Nobel de la Paz por su trabajo durante la Transición y, en concreto (aunque no lo dijera directamente), durante el 23F. Volver a empezar se imbuía, así, en una satisfecha asunción de que todo marchaba bien, de que España afrontaba un futuro luminoso gracias a las mañas de unos cuantos grandes hombres. Dicha visión ya sonaba trasnochada entonces (Juan Antonio Bardem había dirigido 7 días de enero tres años antes, al fin y al cabo) pero refrendaba una narrativa muy extendida hasta nuestros días, que a medida que ha pasado el tiempo ha ido topándose con más voces disidentes.

Es curioso, en cualquier caso, que Garci firmara una película tan ingenua como Volver a empezar entre El crack y El crack dos, a las que solo le unía su apego al presente y la mitomanía hacia la imaginería estadounidense. Garci veía en EE.UU. el modelo a seguir, tanto desde el punto de vista político como el cultural, y de esto último partía la historia de Germán Areta, detective privado afincado en la Gran Vía madrileña. El crack se levantaba, en efecto, sobre la admiración de Garci por la ficción noir americana, y no dudaba en endosar como dedicatoria “a Dashiell Hammett” en el primer plano. No obstante, la película distaba mucho de ser un simple homenaje.

José Luis Garci junto a los actores de 'Volver a empezar' y su Oscar
José Luis Garci junto a los actores de 'Volver a empezar' y su Oscar

Garci, acompañado de su coguionista Horacio Valcárcel, diseñó para El crack un complejo andamiaje de iconos deconstruidos o en proceso de serlo. Ya de por sí era revulsivo elegir a Alfredo Landa como sobrio protagonista; los productores temían que su adscripción al landismo echara a perder la seriedad que cimentaba El crack, pero el empeño de Garci logró asentar una suerte de autodescubrimiento interpretativo que el propio Landa había empezado a suscribir a partir de El puente de 1977, donde el citado Bardem desarrollaba una feroz sátira sobre todo lo malo que haber alumbrado el landismo decía de nosotros como sociedad. Landa no se parecía mucho a Humphrey Bogart, a excepción de la baja estatura, pero Garci sabía que sería un Areta perfecto.

Más allá de su confrontación con el cine picaresco/casposo del que provenía Landa, Garci pretendía que su homenaje noir nunca perdiera de vista en qué país se estaba desarrollando. Uniendo estas directrices con el ya citado compromiso con la realidad española, El crack acabó siendo una película mucho más importante de lo que sus artífices habían previsto.

Póster de 'El crack'
Póster de 'El crack'

“Mi trabajo es como otro cualquiera: duermo poco, ando mucho y lo que veo no me gusta”

El crack da comienzo en un restaurante donde irrumpen dos atracadores. El escenario es sucio y sumamente reconocible; la cámara de Garci se recrea en su austera normalidad, y en un señor con bigote que disfruta tranquilamente de un plato combinado. Germán Areta no se inmuta mientras los atracadores amenazan al camarero y requieren el dinero de los clientes, pero cuando se acercan a su mesa y le amenazan reacciona con rapidez. La radio, entretanto, no deja de sonar. Areta ni siquiera tiene que levantarse de la mesa para reducir a los delincuentes, y a continuación seguir degustando su plato.

El camarero se acerca a darle las gracias entre grandes sofocos pero Areta, cortante, le pregunta qué hay de postre. Por último le dice que el dinero que hay sobre la mesa, y ha caído de las manos de uno de los atracadores, es suyo. Luego sigue su camino.

La presentación del protagonista de El crack transmite un sentimiento tan badass como sereno; parece que ni el propio Garci es consciente de lo molón que ha sido ver a Germán Areta (a quien apodan "el Piojo") en acción por primera vez. Su espectacularidad, la aspereza de las frases del personaje de Alfredo Landa, remite por supuesto al carisma de un Sam Spade o a la juguetona temeridad de Harry el sucio, pero nadie es directamente consciente de esto. Y mucho menos Areta, cuya rutina laboral empezamos a conocer en los siguientes minutos.

Si hay una palabra que defina a Germán Areta, con permiso de Manuel Manquiña, esa es “profesional”. El responsable de Areta Investigación es alguien que se limita a hacer su trabajo, que en términos cívicos también pasa por ser, en el sentido más heroico, “lo que hay que hacer”. Descubrimos así su ética laboral, su permanente semblante de no estar para coñas y poco a poco, si como Garci hemos sido asiduos al cine negro de Hollywood de los años 40, reparamos en algo que diferencia enormemente al protagonista frente a las criaturas de Humphrey Bogart: Germán Areta no es para nada un cínico.

Miguel Rellán como el Moro
Miguel Rellán como el Moro

Dice frases ingeniosas, sí, pero todas parecen emanar de la emergencia, del cabreo y de la consciencia de que no vive la mejor de las vidas. Abandonó el cuerpo de policía por un problema que intuimos de índole moral, y ahora se abre paso por las calles del Madrid ochentero con total disciplina, dejando las charlatanerías al mínimo. Por supuesto, tiene un sidekick de carácter diametralmente opuesto: el Moro, a quien interpreta Miguel Rellán. Sus interacciones son divertidas, pero también están llamadas al drama por puro imperativo psicológico.

El crack está sembrada de referencias literarias y cinéfilas, pero todas ellas forman parte de los diálogos y prácticamente se articulan de forma ajena a Areta. No es ya solo que el protagonista carezca de la ambigüedad moral de sus homólogos norteamericanos, es que siente un deseo honesto y abrasador por mejorar su vida, habiendo encontrado el mejor modo de conseguirlo en las figuras de Carmen (María Casanova, actriz habitual de Garci) y Maite (Mónica Emilió). Cuando alterna con esta madre soltera y su hija, Areta cambia totalmente. Es un hombre amable, elocuente, cariñoso. La luz invade su mirada.

María Casanova junto a Alfredo Landa
María Casanova junto a Alfredo Landa

Carmen no es una femme fatale, solo una enfermera que le conoció durante una convalecencia de Areta en el hospital. Y, si como hemos defendido la personalidad de Areta no tiene claroscuros, ¿puede que las referencias culteranas, casi reducidas a la verborrea de un amigo de Areta (el peluquero Rocky, interpretado por Manuel Lorenzo), sean solo cosméticas? De hecho, y siguiendo en esta línea, no sería descabellado vincular El crack con la tradición clásica de cine policíaco español, que en películas como Brigada criminal (1950) o A tiro limpio (1963) lidió con la censura franquista mediante artefactos sumamente moralistas que jamás negaban la integridad de los agentes del orden.

Hurgando en esta genealogía, Areta tampoco tiene mucho que ver con el fondo inquietante de Pepe Carvallho o el protagonista de El misterio de la cripta embrujada, que Manuel Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza habían creado a finales de los años 70 para sus novelas. Y sin embargo, El crack acaba abocándose a este abismo ético mientras avanza la trama y el carácter de Areta ha de lidiar con una serie de presiones fruto de hurgar durante su investigación en asuntos que lo superan. Provocando traiciones cercanas e incluso la muerte de seres queridos, que desembocarán en unos minutos finales sorprendentemente sombríos.

Manuel Lorenzo es Rocky amigo de Areta
Manuel Lorenzo es Rocky amigo de Areta

Es posible, después de todo, que El crack hable de la imposibilidad de ser buena persona en el mundo que habitamos. El código de Areta, tan poco dado a los exhibicionismos y solo consagrado al ejercicio profesional, es desafiado a lo largo de su metraje, y le otorga nuevos significados a ese “crack” que supuestamente lo ha apodado. Que la película de Garci acabe con un viaje relámpago a Nueva York (donde el equipo de rodaje no tenía permisos y se las vio y deseó para rodar en lugares como la Quinta Avenida y el aeropuerto) durante el cual Areta se venga a sangre fría de uno de sus enemigos no certifica únicamente un descenso a los infiernos; también parece cuestionar el progreso, y la conveniencia de admirar un escenario como EE.UU.

Claro que también puede deberse simplemente a la afición de Garci por las tragedias y el romanticismo derivado, encantado con la perspectiva de indagar en una historia tan básica como un hombre bueno que se ve obligado a hacer cosas malas. Ya que un año después dirigió Volver a empezar, y más tarde una película considerablemente más luminosa como El crack dos, vamos a quedarnos con esta segunda hipótesis.

Areta no se vende

Para qué negarlo, Garci adora la estética de la tristeza. Es algo que se comprende bien avanzado el metraje de El crack, cuando resulta que la divertidísima escena introductoria solo ha sido una chillona puerta de entrada a un mundo decadente y hastiado, en el que el director de Asignatura pendiente se regodea de forma profusa. La música de Jesús Glück, los largos planos recurso de la Gran Vía y sus cines (casi colindantes con los paréntesis de Yasujiro Ozu), las conversaciones largas y de caligrafía tan impecable como artificiosa… todo en El crack remite a un estado de ánimo caracterizado por una melancolía que tiene poco de dinámica, pero sí mucho de seductora.

Luego de la escaramuza en Nueva York, El crack concluía con un Madrid decorado con motivo de las fechas navideñas que parecía más agreste que nunca, en sintonía al ánimo derrotado de Areta. Es el ánimo, por mucho que abra con otra escena desternillante (esta vez con un bidón de gasolina falsa  involucrado) que también impera en El crack dos (y que, por cierto, está disponible en FlixOlé) Pese a la tragedia que los golpeó en la anterior película, Areta y Carmen han seguido juntos, y comparten una agradable vida en pareja. Pese a la circunspección del protagonista, sabemos que ha logrado ser feliz.

Fotograma de 'El crack dos'
Fotograma de 'El crack dos'

Una escena, complementando esto, ilustra lo bien que Garci ha absorbido y regurgitado ciertos elementos de su tan amado noir. Los horarios de la pareja son incompatibles entre semana, y han de comunicarse con una pizarra que han colocado en el salón. Una noche que vuelve a casa a las tantas, Areta se encuentra con un bonito mensaje de Carmen, y lo borra para dar una respuesta. “Eres lo mejor que me ha pasado”, escribe entonces. Luego se lo piensa mejor, y vuelve a borrar.

El romanticismo de El crack dos parte de una ingenuidad expresiva que Garci pudo explotar del todo en Volver a empezar, y que en el caso de esta secuela funciona mucho mejor gracias a que el espectador conoce de primera mano las desgracias que han asolado a la pareja en el pasado. Los principios de Areta han sido golpeados de forma irreparable, y el protagonista solo puede limitarse a seguir caminado, haciendo lo que mejor sabe pero cada vez más convencido de que no es lo que debería hacer. Volver a trabajar con el Moro luego de su traición parece también un signo de esta derrota; Areta ha asumido que en su trabajo no puede hacer más que sobreponerse a las contradicciones.

En este caso, la trama detectivesca vuelve a girar en torno a millonarios corruptos de las altas esferas, y concretamente a una pareja homosexual cuya aparición en pantalla fue bastante comentada en la época. Nuevamente, como en El crack, es lo de menos: El crack dos incide en la importancia de las relaciones de Areta, y curiosamente acaba encontrando en ellas una forma de afrontar el vacío al que le ha conducido su profesión. Es, en fin, una hermosa película de reencuentros y reconciliaciones, como ya lo era Volver a empezar, y su parentesco con el film oscarizado es tan palpable que incluso recurre directamente a algunos de sus trucos.

El crack dos marca un camino de degradación similar a El crack, pero lo traza en un espacio considerablemente menos opresivo gracias a quienes lo pueblan. El Moro logra redimirse de anteriores imposturas gracias a la nueva intriga. El Abuelo (José Bódalo), luego de precipitar la salida del Piojo del cuerpo de policía, demuestra su lealtad en los últimos compases del film. Y todo termina por decidirse en tanto a la relación de Areta y Carmen: las pesquisas del protagonista le llevan a ser chantajeado primero, y a que le sea ofrecido un sustancioso trabajo después. Don Gregorio (Arturo Fernández en un fichaje tan transgresor como ya lo fuera el de Landa en su día) le tienta. Le ofrece dar definitivamente la espalda a sus principios.

Areta rechazando la oferta de Don Gregorio
Areta rechazando la oferta de Don Gregorio

Areta se niega, por supuesto, pero mientras lo hace descubre que ya está harto. Sobreviene entonces la que puede ser una de las escenas de clausura más arrebatadoras que ha originado el cine español, cuando el protagonista vuelve a su agencia para echar el cierre y se topa con Carmen, quien minutos antes la había abandonado. Ambos se miran, sopesan todos los sinsabores que les ha dado la vida. Específicamente, los provocados por el trabajo de Areta.

Suena la Cantata 147 de Bach, en una incursión de la música clásica tan torticera como fue la del Canon de Pachelbel en Volver a empezar… pero también furiosamente efectiva. Las exultantes notas de Bach inyectan alivio, celebración a la sonrisa que comparten, y El crack dos concluye con un avión que tripula la pareja para disfrutar del viaje de novios tan largamente pospuesto. Rumbo a Italia. Fuera de España.

La huella del Piojo

La huida de Areta, si convenimos en llamarla así, es una huida en pos del puro escapismo y, específicamente, del cine. Bajo ese prisma podemos incluso ver el clímax en Nueva York de El crack con otros ojos: esa ciudad donde Areta descendía a los infiernos no tenía mucho que ver con el Nueva York fabulado, el que había protagonizado las novelas y películas favoritas de Garci, porque estaba mancillada por la realidad. El Piojo/Garci comprendían en El crack dos que preferían habitar el mundo rindiéndole cuentas exclusivamente al cine, y esta conclusión es la que marcó El crack Cero, aunque tuvieran que pasar 36 años para que el cineasta se pusiera con ella.

Al estreno de El crack Cero en 2019 muchas voces hicieron notar lo desfasada que parecía, y llamaban la atención sobre el empleo del blanco y negro para poner en pie esta tercera entrega. Lo cierto es que este formato era la vía más razonable ante la claudicación existencial que había supuesto El crack dos: una vez abandonado a la memoria cinéfila, sin mundo real o España real que le importara lo más mínimo, a Garci solo le cabía ser autocomplaciente. Solo podía volver al mundo de Areta cuando este fuera aún más antiguo (sí, era una precuela, y se ambientaba en 1975) y exhibiera un adecuado blanco y negro.

El crack Cero está, pues, comprometida precisamente con aquello que le afeó la crítica: ser el producto de una época pretérita, tan poco consciente de sí misma que ni siquiera cabría hablar de nostalgia. Garci vive en ese Madrid, es inseparable de la memoria que vertebran todos esos cines extintos de la Gran Vía, y el ensueño que antaño hubo de vehicularse con el optimista espíritu de la Transición (ya parcialmente desmantelado) es un ensueño aún más ensimismado. El sueño por el sueño. Por eso es una película tan interesante como, en última instancia, impermeable a ojos contemporáneos.

La película donde Carlos Santos interpreta a un Areta que acaba de abandonar la policía (y se dispone a enfrentar unos dilemas idénticos a los tratados en El crack y El crack dos) es, por todo ello, una isla. Un espacio ajeno al paso del tiempo donde entra dentro de lo posible sentirse cómodo, pero solo en una mínima parte de lo cómodo que se siente el propio cineasta. ¿Podemos afearle a Garci, por tanto, este desinterés por el presente comparándolo con la ferocidad de las películas anteriores? Quizá, pero tampoco sería muy de recibo, porque lo que importa es que Areta ya ha hecho su trabajo.

Miguel Ángel Muñoz y Carlos Santos son los nuevos 'Moro' y 'Piojo'
Miguel Ángel Muñoz y Carlos Santos son los nuevos 'Moro' y 'Piojo'

El crack fue un rotundo éxito de taquilla en 1981, proyectando a la memoria popular un personaje de gran carisma y arraigo en una sensibilidad puramente patria. La posible pedantería inmersa en su creación, tan pendiente de la cinefilia académica, no logró que el público le diera la espalda, como tampoco que la radiografía del cosmos español pareciera de pronto un caldo de cultivo perfecto para desarrollar un thriller policíaco auténticamente estimulante, lejos de las imposiciones del franquismo. La paulatina perdición de Areta, hombre de otro tiempo condenado a darle la espalda a sus ideales, allanó el camino para que la ambigüedad moral, tan estadounidense, absorbiera poco a poco nuestras coordenadas e impulsara el género, poco a poco, a su total madurez.

El cine quinqui ya había recogido el guante de Garci y fue acotando un entorno tan enfurecido como politizado, por el que podían dejarse caer personajes en el mismo estado mental que Germán Areta durante los últimos minutos de El crack. En 1991, Enrique Urbizu bebió de todas estas influencias para Todo por la pasta, e inauguró una carrera consagrada al policíaco sin olvidar nunca cuál había sido su impulso primigenio. Hasta el punto de que en 2011, fresco el triunfo de No habrá paz para los malvados, no quiso callarse que el Leiva de Juanjo Artero estaba inspirado en Germán Areta.

Fotograma de 'No habrá paz para los malvados'
Fotograma de 'No habrá paz para los malvados'

Ha costado trabajo, pero ahora el thriller policíaco es el género estrella del cine español, con nombres como Alberto Rodríguez, Rodrigo Sorogoyen o Daniel Calparsoro habiendo despuntado en los últimos años con sus aproximaciones a un cine lleno de posibilidades. Cuando hace un par de semanas Lluis Quílez estrenó Bajocero en Netflix, de hecho, la cantinela “qué buenos thrillers se hacen en España” volvió a circundar muchas de sus reacciones. España ha hecho suyo el policíaco, en definitiva, y a Garci solo le queda disfrutar de lo logrado mientras permanece plácidamente sumergido en su erudición.

Vaya, que Germán Areta sí que supo después de todo cómo hacer crac. Aunque no lo hiciera en el sentido original del término.

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