'He Dreams of Giants': Así sobrevivió Terry Gilliam a Don Quijote

Filmin estrena el documental de Keith Fulton y Louis Pepe sobre cómo la película más accidentada de la historia se convirtió en realidad. Nosotros recordamos nuestra a visita a su rodaje (y cómo Adam Driver nos echó una bronca).
Olga Kurylenko, Adam Driver y Terry Gilliam rodando 'El hombre que mató a Don Quijote'.
Olga Kurylenko, Adam Driver y Terry Gilliam rodando 'El hombre que mató a Don Quijote'.
Cinemanía

A los periodistas nos encanta contar historias, y también darnos un poco el pisto con ellas. Qué se le va a hacer: si no, seríamos peritos agrónomos. De modo que disculpen a quien firma esto si, puestos a elegir un epitafio, se queda con "Estuvo en un rodaje de Terry Gilliam y vivió para contarlo". No en cualquier rodaje, además, sino en el de El hombre que mató a Don Quijote, esa película que el ex Monty Python tardó 30 años en terminar y cuyos infortunios son leyenda. 

La primera versión del filme, esa que iba a tener de protagonistas a Johnny Depp y Jean Rochefort, pertenece por derecho propio a la gran antología de desastres cinematográficos. Como prueba de ello queda Perdidos en La Mancha, el documental de Keith Fulton y Louis Pepe (2002) que registró una suma casi cómica de cataclismos, incluyendo esa tromba de agua en el desierto de las Bardenas Reales (300 mm de lluvia al año... salvo cuando Gilliam anda cerca). 

Pero por una vez, y sin que sirva de precedente, Fulton y Pepe han vuelto a encontrarse con Terry Gilliam para darle a su historia un final feliz. He Dreams of Giants es el título del documental, estrenado en España por Filmin, que narra cómo el cineasta pudo por fin rodar su cinta y lanzarla en 2018… aunque para ello tuvo que sortear las zancadillas del productor Paulo Branco, quien trató de sabotear su rodaje y su estreno.

Los sinsabores derivados de este nuevo rodaje, y de las turbulencias posteriores, hicieron que Gilliam sufriera un colapso. El cual (nada extraño, tratándose de él) fue interpretado como un infarto cerebral por periodistas deseosos de un final de traca para esta historia tan tremebunda. 

Sin embargo, el Gilliam que recibió a la prensa en 2017, durante el rodaje en un paraje madrileño llamado Boca del Asno, estaba de un humor excelente. Nada que ver con ese ogro comeniños al que sufrió Sarah Polley en Las aventuras del Barón Münchausen: sentado en la tradicional silla de tijera, el director logró desarmar a los emisarios de la canallesca, quienes nos congregamos en torno a él como en torno a un abuelo. 

El influjo de esta imagen entrañable puede endulzar la imagen de aquella jornada, que por lo demás estuvo tan llena de caos y tiempos muertos como cualquier visita de rodaje. Aun así, es inevitable una chispa de ternura al recordar cómo uno de los técnicos (veterano del desastre en las Bardenas) se dirigía al productor Gerardo Herrero con un "¡Esta vez sí! ¡Esta vez sí que lo vamos a hacer!". 

Uno también sonríe cuando piensa en esa mezcla de temor y esperanza que le asaltó al poner pie en un rodaje de Terry Gilliam. No solo por la fama de gafe del director, sino también por el amor de este por los efectos prácticos y las puestas en escena disparatadas. Aquí, sin embargo, hubo decepción: el panorama que uno se imaginaba poblado de samuráis gigantes, dragones de trapo y llamaradas de varios metros de altura resultó estar habitado por cámaras, sonidistas y otros currantes esperando la hora del bocadillo.

En cuanto a star power, eso sí, la cosa tuvo su aquel. Más allá de las entrevistas con Jonathan Pryce (el protagonista de Brazil, aquí intérprete del Ingenioso Hidalgo) y con Olga Kurylenko, nuestra mayor comunión con los misterios de Hollywood fue… recibir una bronca de Adam Driver. 

Bueno, aquí exageramos. En realidad, Driver (que interpretaba el rol asignado a Johnny Depp en el rodaje original) ni siquiera se molestó en mandarnos al guano, sino que ordenó al regidor que lo hiciese por él con modales propios de Kylo Ren cuando Rey le cierra el ForceTime en los morros. Daisy Ridley, que tampoco es famosa por su simpatía, dejó un recuerdo más agradable en la memoria de quien suscribe, pero el Lado Oscuro, ya se sabe. 

Malos pasos aparte, El hombre que mató a Don Quijote pudo estrenarse por fin… y, cuando la vimos, descubrimos que no era nada del otro jueves. Seguramente el cambio de su guion original (mucho más fantástico, con viajes en el tiempo y todo) y el desgaste de las tres décadas que costó sacarla adelante (Gilliam empezó a escribirla en 1989) se cobraron su precio. 

Pero, a pesar de todo esto, a uno nunca le abandonará el recuerdo de un Terry Gilliam (el director, recordemos, de Brazil, Doce monos y El rey pescador) sonriente y hablador pese al peso de la edad, echando pestes de Donald Trump y emparentándose a sí mismo con esos personajes que siempre son "niños o lunáticos que no ven el mundo tal como es". 

Todas las películas que he rodado durante estos 25 años las he hecho porque no podía hacer mi Quijote", resumió Gilliam mientras los periodistas le mirábamos con una mezcla de curiosidad y arrobamiento. "Así que ya veis: soy un estúpido. Nunca aprendo”, concluyó. Nosotros tampoco, Terry: menos mal.

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