El cine de los peces fuera del agua

El caso real de un chino al que habían robado la cartera en Alemania y que acabó en un campo de refugiados nos lleva a hablar de otros cinematográficos peces fuera del agua.
El cine de los peces fuera del agua
El cine de los peces fuera del agua

¿Quién no ha dudado en un control de aduanas ante una simple pregunta? ¿Propósito de su visita: negocios o placer? Si se la hiciesen a uno en su lengua... Pero en otro idioma, a toda velocidad y con acento imposible, entra el temblor. Al ciudadano chino de 31 años que había llegado a Stuttgart en un avión que también transportaba numerosos refugiados, y que había perdido la cartera con su documentación, seguramente también le hicieron preguntas. Aunque, claro, en alemán; quizá en inglés. Pero él sólo hablaba mandarín. Y en lugar de denunciar el robo de su cartera, acabó rellenando un formulario de petición de asilo en Alemania.

A Viktor Navorski, el protagonista de La terminal (Steven Spielberg, 2004) también le hicieron preguntas. Y él se había aprendido de memoria las respuestas, incluso llevaba una chuleta. Pero, como en aquellos exámenes en los que no tocaba la lotería de lo estudiado, no le hacían las cuestiones que él quería.

- ¿Cuál es exactamente el motivo de su viaje?

- Taxi amarillo, por favor. Lléveme al Ramada Inn, 161 Lexington.

Y las repreguntas en el sala de interrogatorios de la aduana:

-¿Entonces se alojará en el Ramada Inn?

-Quédese con el cambio.

Mientras Navorski volaba, se había producido un golpe de estado en su país, el ficticio Krakhozia. Su pasaporte no tenía validez mientras no se reconociera la nueva situación. Era un hombre sin país, así que entretanto le permitían quedarse en una pequeña zona del aeropuerto de Nueva York. "Bienvenido a los Estados Unidos. Casi", le decía el director del departamento. "Bienvenido a Europa. Casi", le debieron decir al chino, que, sin embargo, fue trasladado primero a un albergue de Heildeberg, después a dos más en Dortmund y Dülmen, y así hasta dos semanas junto a otros refugiados. Cuentan las crónicas que nunca perdió la calma y que intentaba llamar la atención "amablemente". Como el Navorski interpretado por Tom Hanks, siempre con la media sonrisa, que de vez en cuando soltaba otra de sus frases aprendidas: "¿Dónde puedo comprar unas Nike?".

Sin referencias concretas a los atentados del 11-S, y con ese espíritu Capra tan propio de Spielberg, la película circulaba por el camino de la simpatía. Si se hiciera otra sobre el chino, ése podría ser también el tono: el del absurdo de la burocracia, la nostalgia de una tierra lejana, la media sonrisa y la estupefacción. Incluso, parafraseando aquella película de Philippe de Broca con Jean-Paul Belmondo, titularse Las tribulaciones de un chino fuera de China. No como en Cuando naces ya no puedes esconderte (Marco Tullio Giordana, 2005), en la que se subrayaba el drama de tesis aleccionadora. En ésta, un crío de 12 años vivía algo parecido a lo del ciudadano chino, con una mezcla de mala suerte e instinto de supervivencia.

Hijo de un empresario de Bérgamo, el niño acababa en el agua desde un viaje en yate con su padre, de noche y sin que nadie viera la caída. Cerca de las islas griegas (Lesbos, memoria dominante de la actualidad), era recogido por una pequeña y destartalada embarcación llena de personas. De inmigrantes. Un gran cayuco controlado por las mafias, que dudaban entre devolverlo al mar o pedir un rescate a su familia. Justo el momento en el que otros chavales inmigrantes (de verdad) lo sacaban del atolladero con una mentira salvadora, al menos por un tiempo: era kurdo, como ellos. Así que acababa viviendo el rescate del barco por parte de la Cruz Roja y de la policía. Y el día a día en un campo de refugiados, hasta la salida del túnel con el abrazo familiar. Era entonces cuando su madre decía a su padre una frase que podría ejercer de colofón cómico a una película sobre el chino: "¿Es que no ves que ha aprendido a salir adelante sin nosotros?".

En realidad estamos en el mismo territorio de otras películas de peces fuera del agua, metáfora de todo esto, y en principio en las antípodas de género: E. T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) y Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990). Seres perdidos, abandonados por una nave de otro planeta que debe escapar y por un inventor que se muere a destiempo, dejándolos a la intemperie en, al primero, un maravilloso universo infantil y, al segundo, un pueblo de colores donde acaba convirtiéndose en genio de la peluquería y de la jardinería artística. Con la ayuda de una bola del mundo y de una enciclopedia del espacio, E. T. lograba decir dónde estaba su casa y que quería llamar por teléfono. Al treintañero chino quizá le sobró paciencia y le faltaron recursos de biblioteca.

Lo curioso que, descubierto el fatal error en la historia real gracias a un avispado trabajador de Cruz Roja y a la ayuda como traductor del cocinero de un restaurante chino cercano al albergue de refugiados (la comedia que sigue), el ciudadano oriental, cuyo nombre no ha trascendido, no quisiera salir volando en el primer avión posible a Pekín. "Quiero seguir viendo Europa. Me voy a Italia", dicen que dijo. Como la princesa de Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), que tras una jornada de farra con Gregory Peck de buena gana no hubiese vuelto nunca a su trono.

"A casa", decía por fin Viktor Naborsky en La terminal, libre, montado en un taxi. "No sé cómo despedirme, no encuentro palabras", decía la princesa Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. Es posible que el chino dijera cualquiera de estas dos cosas.

O al menos que las pensara.

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