[Crónica Sundance 2014] Esperar juntos; visionar solos

La organización ha desatado las hostilidades entre los representantes de la prensa al dar por finalizados los pases especialmente concebidos para ellos. Toca buscarse la vida con o sin las amistades perdidas. Por VÍCTOR ESQUIROL
[Crónica Sundance 2014] Esperar juntos; visionar solos
[Crónica Sundance 2014] Esperar juntos; visionar solos

“Y hasta aquí hemos llegado. Un placer conocerle y haberle servido en todo lo que estuviera en mi mano.”; “¿Tan pronto nos despedimos? ¡Pero si todavía quedan tres días de festival!”; “A mí que registren... sólo soy un voluntario. Además, me ha llegado que era usted el que resoplaba con el video de Lady Gaga.”; “Sí, pero...”. Pero nada. Se acabó, y punto. Los miembros acreditados de la prensa y la industria nos hemos quedado, de un día para otro, sin pases exclusivos. Nada que no estuviera previsto en el programa designado por la organización del festival, quien a buen seguro debía dar por asumido que a estas alturas ya habríamos visto todo lo que merecía ser visto. El caso es que siempre hay alumnos que se dejan algunos deberes para el último día. “No hagas hoy lo que puedas hacer mañana". Y con el problema del trabajo acumulado nos topamos.

A partir de ahí, las enseñanzas de Perdidos entran una vez más en nuestra vida. En la Isla, los había que defendían el “Vivir juntos; morir solos” y lo que por el contrario se posicionaban a favor del “Cada hombre por su cuenta”. En Park City hasta hoy reinaba lo primero. El buen rollo. Nos cedíamos, los unos a los otros, el sitio en las colas de espera: “Por favor, ha llegado usted antes”; “¡Ni hablar! He visto cómo estaba usted primero. ¡Insisto!” Sonrisas, reverencias y bromas de complicidad... hasta que nos quedamos sin privilegios, y si te he visto, no me acuerdo: “¡Ni te acerques a mi sitio, completo desconocido!”. Como con Suzanne Collins, resulta que las alianzas que habías ibo cosechando durante todos estos días han servido sólo para tener más cerca al pardillo al que le vas a clavar la puñalada trapera.

Con lo bien que parecíamos llevarnos... y con lo bien que nos habría ido la compañía al menos en la primera película de esta jornada. I Origins es el esperado segundo largometraje de Mike Cahill, director que en su debut titulado Another Earth nos demostró, efectivamente, que el cine es sobre todo una experiencia hecha para ser compartida. Para ser desmenuzada, diseccionada, analizada... comentada en familia. Donde no llegue mi intelecto (con respecto al de Mr. Cahill, se entiende) llegará el mío sumado al de mi amigo. Y donde no lleguen las teorías de ambos, lo harán las nuestras sumadas al de que aquel otro conocido que también ha visto la película.

Con esta sensación te dejaba aquella imperfecta y aun así estimulante película en la que se descubría la existencia de un planeta idéntico al nuestro. Las posibilidades, dentro de la sinopsis, eran casi infinitas; las interpretaciones (las nuestras, claro) que surgían después del visionado, también. Está por ver si, después de habernos peleado un poco los unos con los otros, de haber trazado nuevos pactos a ultimísima hora y de haber trampeado con los sistemas de seguridad de los cines de Park City, vamos a tener la mente debidamente preparada para el reto que se le viene encima.

Sin más tiempo para la especulación y los codazos, empieza por fin I Origins, y lo hace de la manera que preveíamos. Mike Cahill, que ahora está solo en las tareas de guionista, cede al estilo (en su acepción más o menos vacía) el protagonismo a la hora de proceder con las presentaciones. Un científico (Michael Pitt) con una algo inquietante fijación por los ojos conoce en una fiesta a una extraña enmascarada (la catalana Àstrid Bergès-Frisbey) de la que se enamorará perdidamente. Antes, por cierto, nos ha pedido que prestemos atención a unos globos oculares que podrían cambiar el destino de toda la humanidad. No es para menos, pues los ojos (sobre todo los humanos) son directamente como el universo. Todo cabe en ellos: todas las formas y colores imaginables, todas las identidades únicas y, quizás por todo esto, todas las vidas habidas y por haber.

¿Se entiende? ¿No? Que no cunda el pánico, la verdad es que no importa demasiado. Al menos durante la primera mitad del filme, en que la ciencia, como era de esperar, no es el objetivo, sino la vía para llegar a algo de alcance / comprensión mucho más, precisamente, universal. La primera hora de I Origins desconcierta en el mal sentido: los mecanismos del cine romántico más previsible toman las riendas: chico conoce a chica; la pierde de vista pero la vuelve a recuperar (nada de spoilers, palabra) gracias a una imposible alineación de astros. El mundo entero parece depender de los dos tortolitos, y el espectador, haya acudido acompañado o solo a la cita, va comprendiendo que lo que está viendo, por muy misticismo con el que se haya querido recubrir, es exactamente lo que parece. La fachada como único elemento del edificio...

... Hasta que el personaje de Brit Marling (quién si no) toma protagonismo y se rompe el continuo espacio-tiempo. El factor científico, usado hasta el momento como mera cháchara de cara a la galería, muta en ciencia-ficción, usada ahora como motor espiritual del producto. De la paja (mental, también) al alma. Hasta la primera parte del filme parece recobrar sentido. Una serie de giros argumentales propician un cambio radical en las preferencias de Cahill, y en estas nuevas, el cineasta de New Haven, saca el mejor partido de su cine. De nuevo, se establece un interrogatorio (cuyo tema principal no es otro que la fe, casi nada) entre artista y receptor. El primero suministra con pasión contagiosa las herramientas y las pistas; el segundo las usa como mejor se adecuen a su estado de ánimo que, por supuesto, en parte viene determinado por lo que está viendo. Y la experiencia fílmica vuelve a compartirse, quizás no con el de al lado, pero sin duda con lo de enfrente, cerrándose así un círculo casi perfecto.

Antes de retomar la Competición toca pararse en Next, donde aparte de aguardar -avancémoslo ya- una de las sorpresas más agradables de este 30º Sundance (y a juzgar por la recepción en el Marc Theatre, firme candidata a la hora de alzarse con el Premio del Público), lo hace también la certeza de que, a la hora de caminar por este paisaje al que llamamos “vida”, no hay nada mejor que una buena compañía. La voz del santurrón Jack Shephard vuelve a resonar en el coco: “Si no vivimos juntos... vamos a morir solos”. Me cago en la conciencia... En Land Ho!, dos ex-cuñados muy entraditos en edad (presentados por dos directores aparentemente tan dispares como Aaron Katz y Martha Stephens) se reúnen después de mucho tiempo para ponerse al día. Lo que pasa es que uno de ellos considera que no hay mejor lugar / momento para ello que un viaje a Islandia, esa isla de la que van a descubrir que no estaba tan devastada como habían querido creer.

Cuando estábamos acabando de reponernos de la winterbottomada de The Trip to Italy, aparece este último garbeo (?) en versión nórdica, sólo que en esta ocasión el protagonismo no está al otro lado de la cámara, sino delante de ella, donde dos personajes ficticios adquieren con asombrosa categoría de “reales-como-la-vida-misma.” Estamos pues mucho más cerca del Entre copas de Alexander Payne. Entre Paul Eenhoorn y Earl Lynn Nelson se establece una química sólo quebrantable por alguna que otra bronca ocasional... que no hará sino reforzar el vínculo que les une. Los diálogos, situaciones y pruebas a las que se verán sometidos fluyen con una naturalidad, y con un aprovechamiento del entorno que consigue que, en más de una ocasión, nos olvidemos de que estamos viendo una película. Porque más que una buddy movie, estamos ante lo que es un -merecidísimo- homenaje a una etapa vital; a un invierno mucho más cálido y agradable de lo que nos habían querido vender. El trono de productor ejecutivo en esta pequeña gema indie lo ocupa, por cierto, el divertido, tierno y marcianito David Gordon Green... y todo cobra aun más sentido.

Desde luego mucho más que Jamie Marks is Dead, nuevo trabajo de uno de los protegidos del Instituto Sundance. Carter Smith deja atrás el -buen- recuerdo (por así llmarlo) de la ya casi olvidada Las ruinas, pasando del terror más cafre (pertenece a aquella película uno de los grandes logros, en forma de angustiosa amputación, de la historia del gore) al más sugerente. Esta adaptación del texto original de Christopher Barzak, nos lleva, una vez más en este Sundance, a la América interior que, esta vez sí, prescinde de imposturas y se muestra como lo que seguramente es: un violento atolladero levantado sobre los cadáveres de las víctimas de las que nadie quiere oír ni media palabra.

La película empieza haciendo justicia a su título. El cuerpo inerte de Jamie Marks, un alumno de instituto víctima del acoso escolar, es encontrado en las afueras de su pueblo natal. No es un relato negro, o tal vez sí. Tampoco es una teenage movie, ¿o...? Lo que sí es seguro es que tiene el tratamiento de un cuento de fantasmas que tampoco acaba de manifestarse como sugiera su naturaleza más obvia. Los esquemas que dicta el manual son dejados de lado para concebir una extraña obra de arte dotada de una lógica única... tanto que a veces cuesta demasiado entrar en su juego. Para entendernos, no es terror porque no pretende serlo... y porque a veces el resultado final es ridículamente desconcertante. Es, seguro, la demostración de que a día de hoy, siguen existiendo caminos alternativos para llegar a los sitios que creemos (y sólo creemos) conocer.

Por último, la parada obligatoria en el reino de la no-ficción la encontramos en The Internet’s Own Boy: The Story of Aaron Swartz. El documentalista Brian Knappenberger sigue ahondado en su propio retrato de la red de redes, sólo para darnos cuenta de la magnitud casi inabarcable del monstruo, lo cual es sin duda uno de los objetivos de esta película que podría haberse titulado también Aaron Swartz is Dead, o incluso ¿Quién mató a Aaron Swartz? La fugaz pero intensísima vida de uno de los cofundadores de Reddit (así como uno de los mayores defensores de la propiedad intelectual de dominio público) es desmenuzada a lo largo de poco más de hora y media (y con un plan de viaje poco innovador pero efectivo), primero para comprender el fondo humano del protagonista, y después (y ahí viene lo interesante), para que nos horripilemos, no del gobierno que llevó al chaval literalmente al límite, sino de unos tiempos ofuscados por su propia codicia y, peor aún, estupidez. Es, al menos sobre el papel, uno de los capítulos más imprescindibles de la también imprescindible historia de internet, reflejo aterrador e híper-preciso de las luces y sombras de nuestra era.

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Crónica 8: Insomnio

Crónica 7: Descargando tensión

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