[BCN Film Fest 2019] 'La tragedia de Peterloo': Manchester, la ciudad masacrada

En su última película, el británico Mike Leigh se convierte en un austero profesor para dar una lección de Historia que necesitaría, quizás, algo más de brío narrativo
[BCN Film Fest 2019] 'La tragedia de Peterloo': Manchester, la ciudad masacrada
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El 16 de agosto de 1819, en Manchester, varias decenas de miles de personas, la mayor parte obreros y gente humilde, se congregaron para pedir el sufragio universal (un hombre, un voto, y representación de su ciudad en las estructuras de poder), la reducción de impuestos y la derogación de las leyes de maíz que les estaban matando de hambre. Era el resultado de un movimiento popular creciente, mayoritariamente pacífico, que aterrorizaba, ante la posibilidad de perder sus privilegios, a gobierno, burócratas, terratenientes y monarquía. Inglaterra acababa de derrotar a las fuerzas napoleónicas en la batalla de Waterloo; y no vivir algo parecido a la no tan lejana Revolución Francesa sería un nuevo puñetazo en la mesa. La represiva respuesta a la manifestación fue contundente, y casi una veintena de asistentes fueron asesinados por el ejército y la policía. Aquella matanza acabaría siendo un punto de inflexión en el devenir de la democracia inglesa.

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Consciente de que esos hechos no son todo lo conocidos que debieran, Mike Leigh se pone el traje de profesor de Historia para impartir su lección. Marcada por un academicismo excesivo, probablemente empujado por la búsqueda del máximo rigor, en sus dos horas y media de duración abundan las secuencias en las que unos y otros imponen su punto de vista: políticos, militares y jueces, por un lado, se llenan la boca de expresiones como tranquilidad social, voluntad insurrecta, sedición, turba impía. Por otra parte, los oradores encargados de transmitir el mensaje reformador, los activistas y las familias de obreros movidos por el hambre, reclaman la necesidad de cambios inmediatos. Pese a la ausencia de grises en el discurso (no hay duda de qué partido toma Leigh), esa decisión narrativa favorece la comprensión de un conflicto al que se le pueden encontrar fácilmente reflejos más cercanos en el tiempo. Pero también es un lastre para el ritmo del conjunto, que pide a gritos algún que otro recurso que se salga de lo previsto.

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Quizás otro de los problemas de La tragedia de Peterlooresida en la construcción de los personajes. Aunque un puñado de ellos (el petulante orador Henry Hunt, reformista con el bolsillo lleno; el repugnante príncipe regente, o la familia que, de algún modo, se erige como representante del pueblo llano) tengan más importancia que el resto, carecen de cuerpo y de alma, no son más que instrumentos para la clase magistral que nos imparte Mike Leigh. Y aún reconociendo sus virtudes (la presentación de los severos jueces, a la postre responsables directos del desastre final; o la escena definitiva, el dispérsense convertido en matanza indiscriminada, que enlaza cerrando el círculo con la batalla de Waterloo que abre el filme), el espectador convertido en alumno acaba mirando el reloj con ganas de salir al recreo.

La tragedia de Peterloo se estrena el 10 de mayo.

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